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No puedo vs. no quiero

septiembre 4, 2012 — by Gabriella0

Una de las cosas más importantes que he aprendido realmente en este último par de años es que existe una diferencia muy grande entre el “no puedo” y el “no quiero”. A primera vista la diferencia está muy clara, pero solo hace poco tiempo que he aprendido a realmente asumir la distancia tan grande que hay entre una cosa y otra.

“No puedo” solía ser mi excusa favorita. No puedo perder peso, mi metabolismo es lento y mierdoso (que lo es, pero ya veis que eso no ha sido impedimento suficiente). Con frecuencia tendía a asociar los obstáculos grandes con la imposibilidad. Esto implica demasiado esfuerzo, ergo no es posible. Mi metabolismo es lento y mierdoso, ergo no puedo perder peso.

Como dicen los ingleses, caca de vaca. Tengo más difícil que otras personas perder peso, sí. Con las calorías que ingiero un alto porcentaje de la población habría perdido el doble de peso que yo. Hasta me han hecho pruebas por si tenía problemas de tiroides (¡pero no!). Mi metabolismo está tan hartico de tanta dieta milagrosa y cambios repentinos de alimentación que ya no se fía, y cada caloría que entra la hace durar, la guarda con recelo por si vienen nuevos tiempos de carestía. Cada atracón es grasa que hay que acumular para cuando llegue la dieta estricta de nuevo. Mi cuerpo no piensa en estar esbelto, piensa en no morirse de hambre, y guarda todo lo que puede. No digo que esta sea una explicación científica fiable al 100%, pero es una teoría que utilizan algunos dietistas para explicar las dificultades que tienen algunos para adelgazar cuando llevan muchos años cambiando de peso y de alimentación de manera continua. No sé si será cierta pero me parece muy divertida.

En cualquier caso, no es que no pudiera perder peso. Es que no me daba la gana. No quería sacrificarme, cambiar mis hábitos, tener que pararme a pensar en otras maneras de aliviar el estrés y la ansiedad que no fuera comiendo a mansalva. Porque esa es otra, si aparte de modificar nuestros hábitos de alimentación tenemos que pararnos a pensar en toda la carga emocional que hay detrás de lo que comemos, mejor apaga y vámonos, que tenemos para escribir varios libros.

Con el alcohol, más de lo mismo. No puedo dejar de beber. Claro que puedes, lo que pasa es que no quieres. En el fondo lo disfrutas demasiado, te niegas a dejarlo ir. Darme cuenta de eso fue bastante duro, os lo aseguro. Es más fácil pensar que tienes un problema, una condición, a que eres una inútil sin fuerza de voluntad.

Aplíquese a cualquier faceta de tu vida. No puedo decirle esto a esa persona, aunque es necesario (claro que puedes, lo que pasa es que estás acojonada y eres una cobarde). No puedo decirle que no a este proyecto aunque lo odie y me esté asfixiando (claro que puedes, lo que pasa es que consideras que necesitas el dinero y no quieres). No puedo dejar Facebook y Twitter de lado para aprovechar mi día (esta es complicada, lo sé, pero es posible si tiras de programas que bloquean determinadas webs en los horarios que les marques, como hace Chrome Nanny). No puedo deshacerme de todas estas cosas que no me hacen falta porque… ¿y si me hacen falta? Con frecuencia la distancia entre la potencia y la acción es tan inmensa que parece inabarcable. Pero ya hay bastantes límites, bastantes cortapisas a nuestro alrededor para todo para que encima pongamos también los nuestros. A veces es como si quisiéramos que el poco control que tenemos sobre nuestra vida fuera entregado a fuerzas etéreas y poderosas, para que sean ellas las que se responsabilicen de nuestras acciones. No puedo ir al cine hoy porque Pinkie Pie me lo impide. ¿A que suena ridículo? Hmm.

Hay que ser realista, claro. No puedo tirarme de un decimoctavo piso y sobrevivir. Eso ya no es cuestión de querer, es que hay leyes físicas y tal. Pero conforme le vas cogiendo el truco es sorprendente la cantidad de veces en que te das cuenta que puedes sustituir ese “no puedo” por “no quiero”. Y oye, decir de vez en cuando “no es que no pueda, es que no me apetece nada” tampoco tiene nada de malo, siempre que no sea algo habitual (y no hablemos ya del “no es que no pueda, es que no me interesa”, que obtiene puntos dobles por sinceridad y por clutterfuck emocional; ni del “no debo”, que ya es otro tema completamente distinto). Por lo menos estás reconociendo que la limitación es tuya. Y si los obstáculos grandes pueden cambiarse por otros pequeños, es recomendable hacerlo. Ante todo, conciencia y responsabilidad. Menos excusas. Hazlo ahora. Hazlo ya. Porque puedes.

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Imagen por cortesía de wakefielddavid en Flickr mediante licencia Creative Commons.

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