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26 consejos para escritores a los que no deberías hacer (mucho) caso

abril 14, 2015 — by Gabriella42

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consejos para escritores

Si empezáramos a contar los blogs y webs que dan consejos para escritores, contaríamos durante un rato muy largo.

Yo misma recopilé una lista de 100 consejos. Es uno de los artículos más visitados de esta web.

Todos esos consejos son útiles. Solo hay un problema. La escritura es una habilidad/arte/técnica compleja, con muchos niveles de maestría. Como es evidente, no tiene las mismas necesidades alguien que lleva escribiendo tres días y alguien que lleva escribiendo treinta años. Por esto, muchos consejos que suelen darse a autores que empiezan son risibles para personas que llevan toda la vida publicando. Y determinados consejos técnicos que son de provecho para escritores consagrados son dañinos para personas que empiezan a escribir.

Con esto en mente, he reunido veintiséis consejos que escucho y leo a menudo y que considero que pueden ser perjudiciales para algunos (o incluso lo han sido para mí). Todos tienen un germen de verdad. Pero llevarlos hasta sus últimas consecuencias puede ser negativo.

Y creo que este primero es de los más nefastos:

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20 preguntas salvavidas para hacerse antes, durante y después de escribir

marzo 17, 2015 — by Gabriella30

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Escribir. Esa cosa en la que te sientas delante de una cosa y creas palabras y escribes cosas.

¿Veis? Fácil.

Y lo cierto es que es así de simple. Coges un papel y un boli, escribes palabras. Abres el Word, tecleas palabras. Haces frases. Las frases se unen a frases y haces párrafos. Repita una y otra vez hasta tener el número adecuado de palabras/frases/páginas/caligramas dieciochescos.

Y a la vez, no lo es. Es horriblemente complicado.

¿Y si esas frases son topicazos aburridos? ¿Y si mis palabras son más feas que el culo de algún babuino cuyo nombre exacto en latín te diré ahora mismo en cuanto lo mire en Wikipedia y me pierda por un agujero virtual del que no saldré en las siguientes tres horas en vez de estar escribiendo?

Al final de la videoconferencia con Gigamesh, me hicieron algunas preguntas. Una de las más interesantes fue: si trabajo 40 horas a la semana, ¿cómo puedo escribir en serio? (o algo así).

He hablado muchas veces de la productividad, de las prioridades y de cómo robarle segundos a las horas para escribir. Pero hoy me gustaría ir un poco más allá. Hoy voy a intentar ofreceros una lista de preguntas, un checklist que podéis utilizar para sacarle el máximo rendimiento (en tiempo y calidad) a vuestra sesión de escritura. Ya sabéis que soy muy aficionada a probar técnicas de todo tipo, y estas son las preguntas que a mí, personalmente, me resultan más útiles. Tal vez para vosotros sean otras. Pero no perdéis nada probando.

20 preguntas salvavidas

5 preguntas para antes de escribir

1. ¿Qué he leído hoy?

Leer no es solo el segundo mandamiento del escritor (el primero es, como repetiré hasta la saciedad, escribir), es una buena forma de meternos en tarea. Leer un poco (aunque solo sean diez minutos) de algo muy bueno, justo antes de empezar la sesión de escritura, nos inspira y nos mete en el cerebro patrones y formas de los que son maestros en su oficio.

2. ¿He eliminado posibles distracciones?

Internet es el mal, amigos. Internet es el enemigo número uno de cualquier escritor. Elimínalo. Enfoca. Cierra la puerta y atrinchérate en tu mesa de trabajo. Desconecta el wifi. Apaga el teléfono. Regálale a tus hijos el GTA V. Lo que haga falta.

3. ¿Cuánto voy a escribir hoy?

Para aquellos que escribimos formatos largos (novela, novela breve), la cuenta de palabras puede ser un modo útil de eliminar la ansiedad que produce embarcarse en un proyecto cuya finalización no es a ojos vista. Las palabras suman, la novela avanza. Tener un número de palabras planificado por sesión no solo nos proporciona una sensación de progreso, sino que nos hace escribir más deprisa y entrar con mayor rapidez en ese estado de flow o zen o como queráis llamarlo que nos trae de vez en cuando la bendita musa. Nos da un objetivo que alcanzar, y la sensación de orgullo que proporciona alcanzar esa meta es altamente adictiva, tanto que queremos obtenerla una y otra vez.

4. ¿Sobre qué voy a escribir hoy?

Hacerse un pequeño guion antes de empezar la sesión de escritura puede parecer una pérdida de tiempo, pero a la larga es una buena inversión. No solo eliminará posibles tropiezos y bloqueos mientras escribimos, acabará con el temido síndrome de la página en blanco y nos ayudará a ordenar mentalmente de la forma más efectiva aquello que queremos expresar. No es obligatorio luego seguir el guion, pero tendremos un punto de partida y un sitio al que volver si nos perdemos.

5. ¿He apagado a mi editor interno?

Miedo. Perfeccionismo. Autocrítica. Duda. No hay sitio para ninguna de estas cosas ahora mismo. Tú lo que vienes es a escribir. Ya editarás, te quejarás y criticarás después. Este momento es solo para ti y para tu increíblemente alucinante talento creativo.

10 preguntas mientras escribes

1. ¿Esto de qué va?

La narración no debe ser como un riachuelo con meandros, metiéndose entre las rocas y por todas partes sin tener ni idea de a dónde va. No. Nuestra narración debe ser más como un río poderoso, de donde pueden salir afluentes igualmente interesantes, pero que tiene muy claro dónde está el mar y cuál es el que le toca, aunque sea un terrible océano de sehnsucht y fastidio vital que no tenga absolutamente ningún sentido para nadie excepto para nosotros. Porque…

2. ¿Estoy escribiendo para mí?

Ahora mismo no estás escribiendo para mujeres pelirrojas carpinteras de Wisconsin de entre 35 y 35,6 años de edad. No, esto que estás escribiendo es solo para ti. Luego ya editarás, te llevarás las manos a la cabeza y te gritarás “¡idiota!”. Ahora mismo tienes que estar escribiendo aquello que te hace reír, llorar, gemir, emocionarte en general  (pero excitarte no. Eso es importante. Una vez un editor de una revista erótica me dijo que uno no debe tocarse mientras escribe. Creedme, es un gran consejo). Si tú te emocionas, hay más posibilidades de que tu lector se emocione. Lo cual nos lleva a la siguiente pregunta.

3. ¿Me estoy divirtiendo?

Vale, tal vez escribir la muerte por decapitación de tu personaje favorito no sea tu idea de diversión, pero sabéis a qué me refiero. Si lo estás viviendo, si te estás involucrando con la narración, te lo estarás pasando pipa. Si te estás aburriendo muchísimo, piensa en lo que se va a aburrir tu lector. Yo antes pensaba que había partes que había que escribir por narices. Ya sabéis, descripciones de la luz dorada del atardecer sobre las hojas, o de los colores de las lavanderas en las plazas mientras charlan animadamente con sus dieciocho tipos diferentes de tablas de lavar que a continuación describiremos en exquisito detalle… etc. Fue toda una revelación descubrir que no hay absolutamente ninguna obligación en absolutamente ningún manual sagrado de escritura para hacer ese tipo de cosas. Así que es el momento de meter un robot de 18 metros, o una nube con forma de pene, o un altavoz minúsculo y rosa que reproduce canciones de Miley Cyrus mientras todas las lavanderas se contonean con sensualidad. Lo que sea. No hay más límites que los de la coherencia interior del mundo que has creado.

Ojo: también habrá veces en las que será difícil escribir algo, no por aburrimiento sino por puro reto técnico. Estas son las partes a las que deberemos entregarnos sin dudarlo, ya que ahí aprenderemos a velocidades supersónicas.

 4. ¿Qué quieren los personajes?

A no ser que estés escribiendo un tratado de mil páginas sobre cómo comerse una magdalena o la insoportable abulia de ser un adolescente en la América de Salinger, tus personajes tienen que querer algo. Puedes sentarlos en un banco a charlar sobre supuestas intrascendencias, pero están esperando a Godot, quieren que llegue ya el muy petardo. Siempre buscan, necesitan, desean, y eso es lo que los hace diferentes, interesantes.

5. ¿Hay conflicto?

Precisamente porque los personajes quieren cosas, aunque solo sea un vaso de Fanta, va a haber conflicto. Igual yo quiero tu vaso de Fanta, y voy a hacer todo lo posible para robártelo. Igual tengo tal necesidad de tomarme un vaso de Fanta que voy a prostituirme para poder pagarlo, o atracar bancos, o asaltar carruajes en un mundo épico-western retrofuturista. Si no hay conflicto, la narración no avanza. Y eso suele considerarse aburrido, a no ser que seas, no sé, Joyce o Foster Wallace.

Al personaje le tienen que pasar cosas. Y si son cosas malas, engancha más. El ser humano es así, morboso por naturaleza.

6. ¿Cuál es el tema real?

¿Qué es lo que se esconde debajo de tu texto? ¿De qué va realmente? Y me diréis, con razón: “Gabriella, cómo te repites, eso ya lo has preguntado antes”. Pero llega el momento de pensarlo de nuevo. Antes nos hemos preguntado de qué va nuestro texto en apariencia, cuál es la trama. Tal vez la novela sea sobre la necesidad de tirar un anillo por un monte para salvar al mundo, pero por debajo de todo eso encontramos una historia sobre la amistad, el valor y el sacrificio. Si tienes muy claro cuál es el tema real que subyace a tu historia, tendrás mucho más claro cómo escribirla. Y te saldrán cosas más profundas, con más niveles de sentido y todo eso de lo que nos encanta hablar a los aspirantes a narratólogos.

7. ¿Esta escena sirve de algo?

Esto se une a lo de aburrirse y a las descripciones de las lavanderas. ¿Aporta algo esta parte que estoy escribiendo? ¿Tiene sentido dentro del texto? ¿Está haciendo que la narración avance? Si la respuesta a estas tres preguntas es no, es hora de pasar a la parte interesante.

8. ¿Estoy guardando mi documento?

No solo deberías estar guardando tu documento cada poco tiempo (de hecho, deberías configurar la función de autoguardado del procesador de texto que uses para guardar a intervalos cortos), sino que deberías estar guardándolo en muchos sitios distintos. En la nube, en un pendrive, en post-its rosas pegados a la nevera… en todos los sitios posibles. Escribir 36000 palabras para luego perderlas en el terrible vacío de un ordenador humeante o de un disco duro corrupto es una sensación que muchos escritores describirían como “morir a cámara lenta”.

9. ¿Estoy bloqueado, paralizado?

Si la respuesta es sí, puedes probar alguna de las siguientes técnicas:

  • Cambia de actividad (puedes escribir otra cosa; o hacer algo de ejercicio o darte un baño o una ducha caliente. Todas son cosas que suelen ayudar a relajarnos y eliminar la frustración y desesperación que suele acompañar al bloqueo y bloquearnos más entoavía). Pero no hagas nada que te aleje ya para el resto del día de tu texto, como jugar al Candy Crush o pelear con leopardos por dinero.
  • Prueba un poco de escritura libre. Tú sigue escribiendo, aunque sea la frase “sin dinero y sin cerveza, el escritor pierde la cabeza” una y otra vez. Tu mujer, tus hijos y ese hotel encantado en el que te has encerrado a escribir te lo agradecerán.
  • Utiliza lo aleatorio. Vete a la Wikipedia y dale al artículo aleatorio, o busca un generador de palabras aleatorias como el que tiene The Free Dictionary (en este enlace tenéis la versión española). O simplemente abre un diccionario un par de veces al azar. Mezcla las palabras que nada tienen que ver unas con otras, o los conceptos que has encontrado sin querer. No solo es un método genial para desbloquearse, sino que se te ocurrirán ideas muy originales, que de otra forma nunca te habrían venido a la cabeza.

10. ¿Estoy en un momento genial, en una escena importante donde pasan muchas cosas? Es hora de dejarlo

Ya lo decía Hemingway. La mejor manera de coger con ganas un texto al día siguiente es meterse de lleno en este en un momento crucial. Hay escritores que necesitan cerrar una sesión (recuerdo que Iria G. Parente dijo en una ocasión que necesitaba terminar un capítulo antes de dejar de escribir, que no podía dejarlo a medias. Pero Iria viene del país mágico de los duendecillos hiperproductivos de novelas largas, está hecha de purpurina y saliva de unicornio y no debéis hacerle ningún caso).

Si quieres terminar la escena que estás escribiendo, adelante. Pero si la dejas abierta, al día siguiente la cogerás con muchísimas más ganas. Y recuerda: lo más difícil de escribir es ponerse.

5 preguntas para después de escribir

1. ¿Qué tal ha ido la sesión?

Una vez has terminado, es el momento de pararte a analizar qué tal ha ido. ¿Has estado despejado, concentrado, han fluido las ideas? ¿O has estado cansado, luchando contra viento y marea para escribir una sola frase? Ten en cuenta que el entorno y la hora del día influyen mucho en tu estado mental y creativo. Cuando adoptas la costumbre de analizar cada sesión, enseguida comienzas a distinguir patrones, y comprenderás qué momentos y circunstancias son mejores para sentarte a escribir.

Ahora también es un buen instante para preparar un pequeño guion de lo que te gustaría hacer en la sesión siguiente; es bueno anotar cualquier obviedad que queda por continuar, porque por mucha obviedad que parezca ahora, mañana es posible que se te haya olvidado.

2. ¿me he perdido?

Relee lo escrito y pregúntate si tiene sentido, o si parece que has dado más vueltas que alguien buscando aparcamiento en Fuengirola un sábado noche. Ahora es el momento de analizar la estructura y reajustar lo necesario para el guion previo del día siguiente.

3. ¿Hay algo que pueda recortar?

Esta es una pregunta un poco trampa, porque la respuesta siempre es sí. Ni todo lo que has escrito es genial ni es necesario. De hecho, es muy probable que la mayoría sea más bien mediocre. Todos producimos mierda. Mete tijera sin miedo.

También es el momento de añadir: detalles que se te habían escapado, la ornamentación justa y necesaria, intervenciones de diálogo que se han quedado cojas, etc. Y conflicto, claro. Si en las últimas 3000 palabras no ha pasado absolutamente nada, es hora de meter alienígenas. O una guerra nuclear. O un espectáculo de ratones bailarines. O lo que sea.

4. ¿Cometo mogoYón de faltas?

Otra pregunta con trampa: sí, sí, las cometes. Ni los correctores se libran de meter la gamba (seguro que en este artículo la he metido unas cuantas veces. Pero sí, el mogoyón era intencionado; muy mal si justo estabas abriendo el apartado de comentarios para echármelo en cara). Revisa con conciencia: busca faltas de ortografía y de gramática, pero busca también fallos de coherencia y de contenido. Edita, edita, edita, sin merced. Este texto ya no es tuyo, es de un inútil que no sabe escribir y al que tienes que salvar como sea. Más tijera y a ponerse el sombrero de corrector sin piedad. Todavía tendrás que darle unas cuantas vueltas más al texto, pero ahora es un buen momento para darle ese primer repaso.

Si necesitáis ayuda con eso de corregir, os recuerdo que escribí una pequeña guía útil que igual os viene bien.

5. ¿Lo que he escrito está bien o es una porquería muy grande?

Sí, ahora es el momento de hacerse esta pregunta. Si la respuesta tira más por el lado de la porquería: no borres, por lo menos no todavía. Si hay párrafos que no te convencen, corta y pégalos en otro documento. Más adelante, con la frialdad del tiempo y el juicio menos nublado, pueden ser útiles.

Y esto es todo, por ahora. 20 preguntas que pueden ayudarnos a sacarle el máximo rendimiento a una sesión de escritura. ¿Pero qué preguntas creéis que faltan aquí? ¿Qué interrogantes os hacéis vosotros antes, después y mientras escribís? Contádmelo en los comentarios.

 


Esta parte ya os la sabéis, pero la voy a decir otra vez, porque vuestro dinero es lo que me permite comprar zapatos. Y tengo un problema con los zapatos:

Mi librito de corrección básica para escritores ya está disponible en papel. Si quieres tenerlo en tus manitas, para subrayarlo y guarrearlo como debe ser, tienes dos opciones:

a) Comprarlo directamente en Amazon aquí: http://mybook.to/70trucos o…

b) Escribir a gabriella@gabriellaliteraria.com si quieres comprarlo dedicado y caligrafiado.

¡OS PROMETO QUE HA QUEDADO MONÍSIMO! Hasta tiene un unicornio en la contraportada, lo cual imagino que no os sorprenderá en absoluto:

Puedes ver más libros míos aquí. Y sí, también tengo una lista de correo. Allí te llegará, cada dos o tres semanas, un articulito que no sale en el blog. Y puedes darte de baja cuando quieras.

 

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3 sencillos consejos para escribir el doble de rápido

diciembre 16, 2014 — by Gabriella38

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Como os contaba a algunos ayer en la lista de correo, este mes hace dos años que he estado escribiendo todos los días, sin fallar ni un día. Para mí ha sido un gran logro, y se lo recomiendo a todo el que quiera darse a esto de la escritura.

La creación del hábito de escribir es, sin duda, el primer paso más importante para cualquiera que quiera tomarse en serio lo de ser autor. Puedes leer todos los libros que quieras e ir a todos los talleres que quieras: si no pones en práctica lo aprendido, tu progreso será mínimo.

Yo diría que hay dos formas de pensar en lo que se refiere a escribir. Están los que creen que debes dedicarle años a un libro hasta obtener una gran obra de arte, y aquellos que creen que debes producir todo lo que puedas en el menor tiempo posible.

Aunque lo lógico sería pensar que es el primer grupo el que tiene la razón (y en un mundo ideal la tendría), la realidad del asunto es que casi todos los escritores que están en movimiento, que publican y que son leídos, se acercan más a la segunda categoría. Y es que hay dos pequeños secretos a voces en la industria, dos puntos que, aunque al principio me chocaban, veo en las recomendaciones de autores de éxito una y otra vez:

Se aprende más escribiendo cinco libros en cinco años que un libro en cinco años (más sobre ese tema en este artículo); y

la mejor manera de vender todos tus libros es tener una novedad en el mercado.

Claro que hay grandes autores con un solo libro publicado que se han hecho de oro (lo cual no quita que tengan dieciocho manuscritos rechazados en el cajón), pero son las excepciones. Digamos que hay que terminar, cerrar un proyecto, para poder aplicar en condiciones todo lo aprendido en el siguiente. Y hay que tener varios libros en movimiento para que las ventas se acumulen y retroalimenten.

Esto no quita que determinadas obras y géneros necesiten de cinco, diez o treinta años de trabajo, claro. Una buena documentación puede ser imprescindible y tiene lo suyo. Pero hablamos del acto mismo de escribir, de producir material. Hablamos de autores que (¡dioses!) reciben ingresos por sus obras. La triste realidad del mercado es que puedes producir una maravilla en la que has invertido diez años de tu vida, pero:

Habrás aprendido menos que si hubieras escrito cinco libros en ese tiempo y

2ºSi el libro fracasa (que, desde un punto de vista estadístico, es lo más probable), no tienes otras obras que puedan proporcionarte ventas, público, etc.

3ºAdemás, te obsesionas con esa obra. Se convierte en tu hijo adorado. Cuando escribes mucho, aprendes a desligarte emocionalmente de tu obra una vez terminada, con lo que puedes aplicar mejor las críticas y seguir bregando pese a los inevitables miles y miles de rechazos.

Con esto no estoy abogando por hacer y publicar churros, por supuesto. El tiempo de corrección y edición es innegociable. Pero sí que podemos acelerar (y por mucho) nuestro tiempo de producción de material.

Hace poco leí un libro llamado 2k to 10k: Writing Faster, Writing Better, and Writing More of What You Love, de la autora Rachel Aaron. Cuando empecé con lo de la escritura diaria, me comprometí a escribir un mínimo de 200 palabras. Con el tiempo esa cantidad fue ascendiendo a 500. Y últimamente solía escribir unas 800-1000 palabras, según el día y el tiempo que tuviera disponible. Además de dar muy buenos consejos sobre cómo planificar un libro y cómo editarlo y corregirlo, Aaron propone tres pequeños trucos para duplicar nuestra velocidad de escritura. No puedo hablar por todo el mundo, desde luego, pero a mí me están funcionando a las mil maravillas. He pasado a las 2000-3000 palabras diarias* y, sobre todo, ha aumentado mi capacidad de disfrutar de lo que estoy haciendo. Y es que, como dice Aaron, “si para ti escribir es como si te sacaran una muela, es que lo estás haciendo mal”. No pretendo llegar a los niveles bestias de Aaron, que se escribe una novela de 90000 palabras en 12 días (de los cuales dedica 3 a la planificación), pero tampoco puedo permitirme las 7 horas diarias que ella le dedica a escribir. Y sí, antes de que pongáis el grito en el cielo (¡mercantilismo! ¡Estáis reduciendo el arte a números y mediocridad!), repito que se trata de producir un borrador en el menor tiempo posible con la máxima eficiencia posible (Aaron luego dedica bastante tiempo a la edición y corrección, aunque también tiene optimizado este proceso). En definitiva, no se trata de sacrificar nuestro arte, sino de ser más eficaces.

Así que, aunque entiendo que a muchos de los que soléis leerme todo esto os puede producir desconfianza, os animo a probar los tres trucos de Aaron (y si leéis en inglés, leed su libro; no os arrepentiréis). No solo por lo de escribir más rápido, sino por lo de escribir de forma más ordenada y eficiente.

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El único consejo que realmente necesitas para escribir

diciembre 2, 2014 — by Gabriella24

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Muchos recordaréis mi lista interminable de consejos para escritores. Incluí más de 100 consejos de muchas fuentes diferentes y podría haber incluido muchos más.

Todos estos consejos son útiles. Pero 100 consejos son muchos consejos, ¿por dónde empezar siquiera?

Podría deciros que tenéis que analizar seriamente vuestros objetivos y prioridades. ¿Escribís por placer? ¿Escribís para mejorar? ¿Escribís para vender?

Y probablemente eso ayude bastante.

Pero tras mucho leer e investigar al respecto, veo que hay una opinión que se repite entre expertos. El único consejo indispensable para que crezcas como escritor es el siguiente:

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Cómo escribir mejor: la lista DEFINITIVA. Más de 100 consejos para escritores

noviembre 17, 2014 — by Gabriella47

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¿Cuántos artículos sobre escritura habéis leído en el último año?

woman-41201_1280No sé vosotros, yo he perdido la cuenta.

Están las listas de consejos de escritores famosos.

Están las listas de consejos de escritores no tan famosos.

Están las listas de los profesores de talleres de escritura creativa.

Está lo que opinan tu cuñado y el vecino del quinto. Y etc.

Otro día hablaré de cómo conseguir aplicar todos los mejores consejos para escribir mejor sin volvernos locos (sobre todo si tenemos en cuenta que algunos pueden ser contradictorios), pero por ahora lo que vengo a ofreceros es una lista larguísima de recursos. La lista (casi) definitiva para escritores. Y digo casi porque nuestra habilidad para decirle a los demás lo que tienen que hacer es infinita, así que esta lista nunca estará completa.

Y de tal modo, al igual que ahora mismo me estoy dando cuenta de que me he dejado consejos fuera, os animo a ofrecer más en los comentarios.

(Recuerda, si te ves agobiado/a con tantos consejos, si no sabes dónde empezar, aquí te dejo el único consejo que realmente te hará falta para escribir).

Allá van:

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Queremos siempre lo mismo: las razones por las que todas las portadas son iguales

octubre 3, 2014 — by Gabriella9

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Hace tiempo leí un ensayo que explicaba por qué triunfa la música pop. Por lo visto, al cerebro le encanta adelantarse a patrones. Si sabemos cómo va a ir un estribillo, eso (a la mayoría) nos produce una sensación de placer. Es como si le dijéramos al cerebro que es inteligente, que es listo y por tanto sabe lo que va a pasar. Por la misma razón, los spoilers de películas o libros no son tan malos como nos creemos; por esa razón nos suele gustar la música reconocible, la que podemos identificar con rapidez; por esa razón nos gusta que las portadas de los libros sean todas iguales. O por lo menos eso le pasa a la mayoría. A algunos pocos, a los que nos llama lo diferente, lo alternativo, nos debe de funcionar el cerebro de una forma muy distinta, pero en estos momentos no voy a entrar en la razón de eso (si es genético, si se produce por una mayor asimilación de patrones distintos, si se debe a una mayor capacidad de aprendizaje, si simplemente estamos enfermos o etc.). Y aun nosotros estamos, queramos o no, atrapados por la igualdad del sistema, de una forma u otra. No hay más remedio si queremos movernos dentro de él. Podemos escribir en cuneiforme, por ejemplo, pero eso sería, como he comentado en otros artículos, el Arte por el Arte y etc.

Si no me creéis con lo de las portadas, bueno… Yo tampoco lo creía. No tiene sentido. Si en una estantería todos los libros son azules, va a destacar por narices el que tenga la portada roja, ¿no? Pues parece ser que no.

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18. I love Lucy (relato breve)

julio 21, 2014 — by Gabriella4

descargaNos reencontramos en el centro de ciclistas que hacía esquina en la avenida Michigan.Yo no iba a alquilar bici, sino a ver a Lucy, mi prometida, que trabajaba en el bar vendiendo zumos, sándwiches vegetales y otras migas de vida sana, sustento de personas que iban en dos ruedas a trabajar. Lo mismo de todos los miércoles de todas las semanas, desde hacía cuatro años. Pero ese miércoles vi a Clea, mi antigua compañera de banca del instituto.

Tardé un poco en reconocerla, el tiempo no la había tratado con afecto. Estaba muy delgada, reseca, la piel estropeada por el sol. Llevaba el pelo decolorado, teñido de un rubio que hacía daño a la vista, con raíces oscuras ya largas, de un par de centímetros. La carne, fibrosa y pegada al hueso, larga y dura, difería mucho de los contornos suaves que recordaba de las clases de Matemáticas con el sr. Winston, cuando nos reíamos de sus gazapos en la pizarra y nuestros muslos se rozaban casi sin querer. Recordaba muy bien aquella blandura, la suavidad de su vello rubio contra mi piel. Ahora no quedaba vello por ninguna parte. Casi ni tenía cejas, solo dos líneas mal dibujadas que se movían con su frente.

Su sonrisa también había cambiado. Ahora era cerrada, los dientes tan apretados como su carne. Tardé unos segundos en saber quién me hablaba; fue ella la que se acercó a mí, quien con un leve chillido agudo y emocionado me comunicó que aquella mujer había sido, en otros tiempos muy distintos, alguien a quien yo había conocido. Sus manos, largas y nerviosas, gesticulaban mientras me hablaba. Creo que fue así como la reconocí, por las manos. Las manos que me habían hecho una paja en el servicio de chicos hacía quince años, en silencio y con eficiencia rápida. Me había maravillado no tener siquiera que pedírselo, que bajara los dedos hacia la bragueta y la abriera con soltura. Tras quince años de relaciones más o menos estables, entendía que aquella masturbación veloz y práctica no había sido más que una maniobra cumplidora, sin mayor deseo ni interés. A pesar de ser compañeros de banca, yo no era más que uno de la lista, otro peón en los diminutos juegos de poder que se enredaban entre los cerebros bronceados de sus amigas. Pero eso no quitaba que aquel fuera uno de los momentos más interesantes de mi despertar sexual, un grito de fervorosa aclamación de la pubertad. Miraba ahora a Clea con lástima. «Es que he estado enferma», me dijo, como si se disculpara por no estar a la altura de mis recuerdos.

No sé por qué tuve la sospecha. Clea podía ser víctima de la suerte o de sus propias malas decisiones. No tenía por qué ser por las razones de siempre. Cuando la dejé, con la promesa de llamar y una despedida triste en sus ojos, fui a llevarle el almuerzo a Lucy. Aunque trabajaba en un puesto de comida, seguía empeñada en comer de lo que yo le cocinaba en casa. A otra persona tal vez le parecería abusivo, pero a mí me resultaba halagador; nadie antes se había tomado tan en serio mi comida. Para ser sincero, nadie antes se había tomado tan en serio mi persona.

—He visto a Clea. ¿Recuerdas a Clea? —Lucy asintió—. No tenía muy buen aspecto. Dice que ha estado enferma.

Lucy dejó de pasarle un trapo a la barra y me miró, seria.

—Estoy segura de que se lo merece.

Me marché, sin despedirme. Tenía que llegar al apartamento lo antes posible. No era la primera vez. Ese camino en metro de regreso se me hizo interminable; cada parada era una meta a superar para llegar a mi destino, un obstáculo sobre el que saltar para satisfacer mi curiosidad malsana. No tenía por qué hacerlo, no tenía por qué abrir su armario y revolver en sus cajones. No tenía que buscar ese doble fondo en su joyero grande, aquel que había abierto ya tres veces. Dicen que a la tercera va la vencida, pero tal vez esta cuarta sería la que me haría cambiar de opinión, la que me obligaría a abandonar a Lucy para siempre. Sabía lo que encontraría, y aun así no pude evitar que me recorriera un escalofrío cuando saqué el pequeño muñeco de tela, con sus diminutos mechones de cabello humano primorosamente cosidos a su cabeza, con esos tres alfileres que atravesaban de parte a parte su exterior de saco, relleno de algodón. De las punzadas de los alfileres asomaban pequeños hilos rojos, atados con delicadeza como si fuera regueros exquisitos de sangre. No tuve valor siquiera de retirarlos, ¿qué valor tendría entonces para dejarla, para dejar aquel piso y emprender una vida a solas? Para emprender una vida sin mi prometida, sin un muñeco que se parecía, con sus diminutas y exactas vestimentas, sospechosamente a Clea.

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17. Vacaciones (relato breve)

julio 6, 2014 — by Gabriella6

ID-100195643Como todos los veranos, llegó Gala desde Córdoba y nos fuimos juntas, como ya era tradición, a comprarnos un bañador a la tienda de la señora Carmen. A mi abuela no le gustaba que fuéramos a la playa del matadero a tomar el sol; decía que lo único más asqueroso que ver bajar la sangre hacia el océano era que dos señoritas se vistieran como fulanas. En aquellos años todavía no decían nada de cáncer de piel ni de cremas solares, y nosotras, una blanca como la leche y la otra cubierta de lunares, nos tumbábamos en la arena a partir de las cinco, que era la hora buena, en la que hacía menos calor y no te ponías langosta después de diez minutos.

No recuerdo por qué elegíamos aquella playa. La de la Herradura, que estaba más cerca de mi casa, era más grande y bonita. Seguramente era porque nadie quería ir a la del matadero y casi siempre estaba vacía. Nadie quería ver el reguero interminable que se arrastraba hasta el agua, ni escuchar el grito de los cerdos. También por eso íbamos por las tardes, cuando los animales ya no se quejaban y, ya muertos, le ofrecían su sangre a las olas y su carne a las tiendas de la ciudad.

Recuerdo que lo primero que nos venía al cuerpo era el olor, esa peste a orgánico y violencia. Creo que hoy en día no podría soportarlo, pero nosotras nos encogíamos de hombros, tendíamos nuestras toallas en la arena y corríamos a remojarnos los pies en el agua, aquí transparente, donde todavía no llegaba el rojo. Era como tener una playa privada; ocultas por las rocas, grandes y resplandecientes por el beso del agua. A veces nos bajábamos el bañador para enseñar nuestros pezones asustados al sol, tal y como habíamos visto hacer a las nórdicas en la playa del Jurel. Ahora que lo pienso, creo que ese fue el primer acto transgresor que llevó a lo otro, pero en ese momento era inocente, desvinculado de la llamada del matadero.

Ocurrió al cabo de dos semanas. No entiendo la diferencia, ya que llevábamos cuatro años visitando aquella calita. Tal vez fue el calor, que aquel agosto era pegajoso y lento, como si solo por pisar la calle la tensión ya fuera descendiendo poco a poco, hasta dejarnos inertes sobre nuestras toallas, para luego ir activándonos conforme el sol se despedía. Ese día el agua tenía un brillo especial, como si reaccionara con gusto a la luz. La sangre olía más que de costumbre y también relucía de un modo distinto, extrañamente hipnótico.

Y yo no sé cómo empezó todo. El calor, las chiribitas del sol sobre el carmesí, el blanco de la piel de Gala que ahora empezaba a dorarse, y el rosa de la carne descubierta. Por primera vez nos acercamos a la sangre desde la orilla, la miramos confundidas, como si la viéramos por primera vez. Gala hizo lo impensable e introdujo un pie en el agua espumosa y encarnada, y se estremeció, aunque no estaba fría. Subió el pie hacia la arena y pronto estaba allí, con los dos pies descalzos metidos de lleno en el río de sangre, y yo con ella. Introdujo la mano y la sacó encendida, viscosa. Dibujó un pequeño círculo alrededor de mi ombligo.

Lo demás que recuerdo es a ráfagas, por imágenes inconexas. Sé que en el resto de mi vida no he sentido nunca nada parecido, nada que se acercase a aquella mezcla de excitación, de desespero. Sé que nos mordimos, que pataleamos y que arañamos, porque cuando llegué a mi casa estaba llena de moratones y heridas. La abuela estaba convencida de que algún hombre me había atacado y me tuvo encerrada en casa el resto del verano. Pero no había sido un hombre, sino Gala, y yo a ella, mientras nos restregamos la una sobre la otra y sobre la sangre y sobre el rojo y gritamos y gemimos y nos quejamos porque hiciéramos lo que hiciéramos sobre la sangre nunca sería suficiente para contener aquella angustia, aquella necesidad animal de morir y gozar al mismo tiempo.

Gala no regresó al verano siguiente. Ni siquiera se explicó por carta; me enteré por su prima Yolanda de que sus padres habían decidido probar suerte en Santa Pola. No me sentí decepcionada, ni enfadada. Yo tampoco quería verla. No podría mirarla a la cara y ver en sus ojos aquella misma fiereza, aquella parte de mí reflejada en sus pupilas.

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16. Black Magic Woman (relato breve)

junio 22, 2014 — by Gabriella6

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Cuando tenía doce años, Irene parió un delfín. Ella no recuerda ahora nada, lo sabe porque se lo han contado sus padres, porque lo presenció media ciudad y porque salió en las noticias de las dos.

Le contaron que aquella mañana de playa se metió en el agua y dio a luz. Gritó, lloró y su madre corrió al mar, asustada. Pero ya había ocurrido: fue rápido y lo vieron los bañistas. Alrededor de Irene la sangre tiñó la superficie de rojo y los peces pequeños nadaron hacia ella, atraídos por el sabor de sus entrañas. De su interior escapó un mamífero plateado y ojos inteligentes, una criatura brillante y sinuosa que surgió de su vientre y se perdió en la bruma y las olas. Nadó lejos, hacia el horizonte, e Irene nunca volvió a verlo. Una chica en bikini rojo lo grabó todo con la cámara de su teléfono móvil, y los medios de comunicación analizaron las imágenes al milímetro.

El mundo científico decidió que era imposible y que debía de tratarse de un aborto natural, acompañado de engañosos efectos ópticos, o de un montaje. Después de todo, las niñas de doce años no dan a luz a delfines.

Irene no recuerda haber estado embarazada. Recuerda haber tenido dolores de estómago, y haber estado un tanto hinchada, como si tuviera gases. Nada sabe ahora del parto en sí, como si fuera un mal sueño olvidado al despertar. Pero la ciudad recuerda. La ciudad lo vio. A los seis meses del incidente, tuvo que dejar el colegio. Hasta su mejor amiga desapareció. Se marchó a otra ciudad, se desvaneció como el delfín. Irene se quedó sola.

Se educó en casa, como pudo. Sus únicos amigos estaban en Internet, personas que no sabían que Irene había parido un delfín. Aun así, cuando conseguía verlos en persona, en ciudades ajenas, en pueblos distantes, con solo mirarla, lo sabían. Sabían que Irene estaba tocada por algo extraordinario. Se excusaban, la abandonaban con cualquier frase insignificante.

Pero ahora es diferente. Ahora ha conocido a Simbad, y algo le dice que este será distinto. Simbad tiene una habitación llena de parafernalia mística, de imágenes de sirenas y centauros. Simbad es asesor financiero, pero sus intereses vuelan con los OVNI y los chemtrails. Simbad no ha parado hasta encontrar a la chica que parió un delfín en una ciudad pequeña, casi desconocida, rodeada de mar y de superstición, de callada irritación hacia la niña bruja que los hizo quedar como mentirosos y farsantes. Ningún hombre la ha tocado desde entonces. ¿Quién puede competir con el hombre que preñó a una niña para que pariera un delfín?  ¿Quién puede competir con un ser diabólico, ya sea de la tierra o los infiernos?

Simbad corteja a una Irene de veinte años, sorprendida y halagada por su interés. Irene es una virgen prohibida, una doncella que no es doncella. A veces se imagina como la dama perfecta, madre e inocente a la vez, y para Simbad es además un objeto de veneración, una María oscura. Lleva a Irene a restaurantes caros, le compra pulsaras Pandora y la cubre de vestidos largos y vaporosos como la mujer-hada que es. A pesar de sus veinte años, Irene es ingenua, carece de experiencia. Y cuando al fin Simbad la invita a su hogar a enseñarle su colección de rarezas, Irene entra confiada, bailando al son de una música imaginaria y el ritmo del primer amor. Simbad la tumba en su cama king-size y la penetra mientras ella niega con la cabeza y le dice que no, que no está preparada. Tal vez nunca estará preparada, pero Simbad jadea encima como un depredador distraído, uno que se alimenta de la presa sin preocuparse siquiera por rematarla antes. Tiene algo de felino, algo de lagarto. Tiene un par extra de colmillos, que se relame mientras se corre dentro de Irene, mientras le grita palabras arcanas sacadas de algún libro esotérico forrado en piel de raya. Irene es más que una mujer, es un receptáculo. Irene es su experimento, su conjuro, y eso es lo peor. La deja marchar, pero sabe que la semilla sobrevivirá. Tiene que hacerlo.

 

Irene sale al mar, como hace ocho años, con los bolsillos tan llenos de piedras como Virginia Woolf. Ya no volverá a la orilla. De nuevo grita de dolor, su útero se retuerce y la vida busca salir, busca nadar en busca del horizonte, como ya hizo su hermanastro, como hace ocho años. De entre sus piernas surge una estela gris, una criatura angulosa y feroz que se abre paso a dentelladas.

Con veinte años, Irene pare un tiburón. Pero esta vez seguirá a su hijo hasta las profundidades, se perderá para siempre bajo la arena del abismo. Mientras da su última bocanada de aire se pregunta si allí abajo estará el delfín esperándola; si tal vez existe, en una ciudad submarina y olvidada, algún ser mágico que la visitó en su momento, el padre de su primera criatura. Pero no recuerda, no recuerda. Solo sabe que existe entre la tierra y el agua, en ninguna parte, hija de la sal y la nada. Se convierte en espuma de mar, como la sirena de aquel cuento de Christian Andersen.

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15. En el país de los ciegos (relato breve)

junio 12, 2014 — by Gabriella3

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Javier se quitó las gafas y resopló, cansado. Miró el reloj que tictaqueaba encima del estante: las nueve y media. Llevaba desde las tres sin levantarse de aquel banco más que para ir al servicio o servirse más café. Al mediodía solo había comido un trozo de tarta que le había dejado en la nevera Matilda, la asistenta, un pedazo de pastel de chocolate que había sobrado de su cumpleaños. Ahora sus tripas hacían ruidos que prefería ignorar. Por una vez, se alegró de estar a solas en aquel viejo caserón.

Sabía que era hora de dejarlo, de abandonar el trabajo por hoy. Pero cuando miraba aquel ojo perfecto, aquella órbita blanca de iris dorado y pupilas negras como el carbón que rugía ahora en la estufa, le costaba levantarse. Aquella era, posiblemente, su mejor creación. Había fabricado ya corazones, pulmones, riñones e hígados, todos de una belleza sublime, de una precisión imposible. Pero nada como aquel ojo blanco, negro y dorado. Nada como aquella córnea, aquel cristalino y esa retina, esa retina que le había llevado meses componer. Los materiales eran difíciles de conseguir, y había peleado por carta, teléfono y telegrama con sus proveedores habituales, hasta dar con una pequeña empresa china que tenía un material lo bastante flexible. Una vez conectado el nervio óptico al cuerpo del huésped, aquel ojo sería útil para cualquiera.

Pero no era para cualquiera, no. Este ojo era para Rebeca, la hija del posadero. Desde el primer momento en que había posado la vista en ella, supo que era la única mujer que amaría. Javier no había amado nunca, así que fue todo un escándalo para su sistema, todo un desencuentro en su psique y su cuerpo que tardó bastante en identificar. De primeras pensó que había caído presa de alguna enfermedad exótica, de esas que tanto le gustaba investigar en sus grandes manuales y compendios de medicina. Tal vez, de tanto pensar en ello, se había manifestado una ceroidolipofuscinosis, o se había gafado a sí mismo de tanto leer acerca del Síndrome de Churg-Strauss. Mas, como buen científico, tras una labor exhaustiva de deducción y frecuentes visitas a la posada del padre de Rebeca, fue descartando opciones y tuvo que enfrentarse a la terrible verdad: ¡él, un hombre meticuloso, objetivo y racional, había caído en las redes de una mujer! Y no de una mujer cualquiera, no. Rebeca era amable, inteligente, sensata y bien parecida; todo lo que no eran otras jóvenes de su edad, que se reunían en la plaza y se reían del pobre fabricante de órganos cuando paseaba por allí con su bata sucia y raída de loco de laboratorio. Rebeca era radiante como el sol de una mañana tras la tormenta, hermosa como una explosión de luz y color. El único defecto físico de Rebeca, la única tara en su lindura de tabernera de cuento, era que había nacido con un solo ojo. Siempre llevaba un parche negro para ocultar su cuenca vacía, para no asustar a los clientes de la taberna. A Javier le habría gustado ver ese agujero, esa ausencia, entender cómo encajarlo a la perfección con su nervio artificial, pero nunca se había atrevido a pedírselo.

Y hoy, emocionado, atravesaba la plaza corriendo, entraba a pasos largos en la taberna y le presentaba su regalo. Ahora que lo veía de nuevo, frente a ella, entendía que era perfecto. Pese al color diferente del iris, este ojo era el ojo ideal para Rebeca. Supo que encajaría como una pieza precisa de relojería, que sería lo que la haría feliz, lo que la haría completa. Esperó unos segundos, analizó la mirada de la hija del posadero, a la espera de gritos, felicidad y agradecimiento entusiasmado.

Pero su reacción no fue así, en absoluto. Rebeca suspiró, irritada.

―Javier ―le dijo―. Me caes bien. A diferencia de otros, creo que eres una buena persona, a tu manera. Y no hay duda de que eres un hombre listo, muy listo. Pero de hombres listos está el mundo lleno.

Le hizo un gesto para que la siguiera, y él obedeció, decepcionado por un lado por su indiferencia; curioso por otro por lo que tendría que enseñarle. Ella abrió una puerta en la parte trasera de la posada y lo condujo por unas escaleras que bajaban al sótano. Javier la siguió, con cuidado de no rozar las paredes mohosas y húmedas, de no tropezar con barriles de cerveza y cajas sueltas. Al final de aquel subsuelo, abrió Rebeca una segunda puerta, pequeña, que conducía a un nuevo almacén. Este era más espacioso, y las cuatro paredes vestían de estantería.

Todos los estantes crujían bajo el peso de incontables cajas, urnas y recipientes de todo tipo. Rebeca le indicó que se sirviera, y Javier abrió una cajita al azar, un joyero de madera tallada con gusto exquisito. Dentro había un precioso ojo de cristal, cuyo iris estaba hecho de zafiros y cuya pupila era de precioso ónice. Contrariado, Javier siguió abriendo recipientes. En una urna, flotando en un líquido amarillento, un ojo perfectamente orgánico, una muestra biológica sin parangón, lo observaba con curiosidad. En otra, un ojo robótico giraba su cámara para enfocarlo mejor.

―Son ojos ―dijo él, maravillado―. ¡Cientos y cientos de ojos!

―Lo siento mucho, Javier ―le dijo Rebeca, y la lástima en su voz parecía sincera, aunque hubiera pronunciado aquellas mismas palabras cientos y cientos de veces―. Pero tus intentos son en vano. Sé muy bien de qué hombre me enamoraré, tal vez el hombre con el que acabe por casarme.

―¿Y quién será ese hombre? ―le preguntó Javier. Su estómago, encogido por los celos, había olvidado el hambre, había olvidado todo lo que no fuera aquel momento de humillación y envidia.

―Aquel que me quiera con un solo ojo ―respondió ella. Con elegancia y dignidad, dio media vuelta y salió de nuevo a la posada, lista para servir cerveza y estofado de ternera a los clientes de siempre.

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