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14. Un romance eléctrico (relato breve)

junio 4, 2014 — by Gabriella0

ID-10042254

Sobre la peluca rosa de Marie se eleva una escena de lucha naval. Dos grandes buques, de 120 cañones cada uno, batallan sobre olas de algodón. Entre las diminutas figuritas que se sostienen a bordo, destaca una que representa a Louis Antoine de Bougainville,  el primer francés en dar la vuelta al mundo, y el origen del nombre de la planta buganvilla. Y son pétalos rosas y rojas y púrpuras las que decoran los bajos de la peluca, sobre la frente y las orejas de la dama.

Marie porta la peluca más alta y majestuosa, incluso más que la reina, y sospecha que ese será el principio de su fin, de permanecer más tiempo en la corte. Pero no importa; no tiene intención de quedarse más que esta noche. Tiene sus credenciales, sus influencias y sus contactos y, ante todo, tiene su corpiño escotado, su gran falda de Rose Bertin con encaje de Bruselas y su peluca teatral. Todo lo importante.

Los ojos de los asistentes al baile están puestos en su cabeza, en ella y en su elaborado aspecto de cortesana con tierras. Lleva trabajándose la corte ya desde hace meses: el título, la reputación, la dignidad y la belleza. Y mientras, sin dejar de intervenir. Un empujoncito aquí, una palabra suelta allá. Pequeñas inserciones y vacíos en la máquina. Ruedas y engranajes que encajan a la perfección.  Y hoy será su última intervención, el final de su cometido, hora de regresar a casa, todo listo y finiquitado. Solo un par de pequeños movimientos más, un par de codazos metafóricos y golpeteos precisos con el martillo de la diplomacia útil. Solo un par de minúsculas calibraciones, de ajustes necesarios. Y todo encauzado, todo bien.

Todo menos este dichoso factor inconstante. El marqués de Sévigné. Maldito, entrometido y disoluto marqués. Según sus cálculos, tendría que estar en Vichy, acompañando a su anciana madre a los baños termales. Pero no, está aquí. Tiende a hacer este tipo de estropicio, es como un virus inesperado, un bug en la programación, un irritante quebradero de cabeza. Es una pieza cuadrada en una maquinaria redonda y perfecta.

En cuanto lo ve en la sala sabe que tendrá problemas. Se dirige aprisa hacia la condesa de la Bahía, pero no llega a tiempo. Sévigné la intercepta. Su mirada es escalofriante, llena de determinación y tozudez. La maldita pieza cuadrada, vestida de pies a cabeza con ostentación elegante, sus zapatos suaves en punta sobre los pequeños tacones de Marie.

—Me es indispensable hablar con vos, Marie —le susurra el marqués al oído. La llama por su nombre de pila, y esa es una inesperada, y por tanto mala, noticia.

—Ahora mismo no es posible, debo ver a… —Marie intenta zafarse de su voz cálida y peligrosa, pero no lo consigue.

—¡No lo entendéis! Mi vida depende de ello.

Marie enarca una ceja rosa, teñida, peinada y recortada a la perfección. ¿Su vida? ¿Cuánto información se le ha escapado con este ser irruptor, esta criatura empeñada en el desorden y el caos?

—Os escucho —le dice. Debe averiguar qué ocurre, comenzar a trabajar de inmediato en control de daños. La mano, insegura, le tiembla entre los suaves dedos del marqués.

—Debo decíroslo, porque ni duermo ni como ni vivo si no consigo librar mi pecho de esta obsesión que me corroe.

Marie parpadea, sorprendida. ¿Tendrá el marqués un problema de alcoholismo, se habrá aficionado a algún opiáceo o a alguna droga que desconoce? Sus pupilas son ahora enormes, sin duda señal de que está bajo los efectos de alguna sustancia excitante. Algo va mal, de eso está segura. Quiere detenerlo, pero el marqués prosigue:

—No lo entendéis, Marie. No sabéis verlo, pero lo cierto es que mi corazón solo late por vos. Os habéis convertido en mi señora, en la diosa a la que rezo y por la que seguramente iré al infierno, si es que no me hallo ya en algún círculo dantesco, víctima de vuestra indiferencia cruel.

Marie traga saliva de golpe. ¿Qué es esto? ¡Esto no estaba previsto, no estaba programado! Indiferente a las miradas sorprendidas de los que los rodean, el marqués, impulsivo, agarra a Marie y le planta un beso apasionado, fruto de semanas de deseo no expresado, amor lírico y penuria romántica. Marie siente un calor extraordinario, que se inicia con el recorrido de la lengua del marqués en su boca y baja hasta su estómago. Es un calor líquido, desconocido y letal.

Poco a poco, Marie comienza a deshacerse. Las sinapsis de su cerebro de metal se aceleran, hasta provocar cortocircuitos, y el humo comienza a salirle de las orejas. Sus dedos caen al suelo, largas piezas de porcelana recubierta de piel sintética, que se quiebran al chocar contra el mármol. Sus tobillos se astillan y pierde el equilibrio, arrastrando con ella a un sorprendido y horrorizado marqués. De sus muñecas abiertas ruedan engranajes, ruedecillas, muelles, contrapesos y microchips. Marie se vacía. Su procesador explota y las llamas prenden en el encaje de su corpiño. Un desagradable olor a plástico quemado inunda la sala de las arañas de cristal.

Una de las tuercas rueda hasta el pie del duque de Buckingham, donde finalmente se detiene. Boquiabiertos, los presentes están inmóviles, sin saber si gritar es lo adecuado, si responde al protocolo de la corte. El único movimiento está ahora en los dos buques de la peluca de Marie, cuyos cañones siguen disparándose, inmersos en una batalla que ya a nadie le importa.

 

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Imagen por cortesía de Nutdanai Apikhomboonwaroot / FreeDigitalPhotos.net

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