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8 atajos para recuperar la motivación (y otros recortes literarios)

septiembre 4, 2015 — by Gabriella6

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Aburrimiento. Indecisión. Sin metas fijas, sin ilusiones. Sin saber hacia dónde tirar. Sin motivación.

¿Te suena de algo?

La motivación no es determinante para conseguir algo: lo determinante es el trabajo diario y para eso nunca hay motivación suficiente. Aun así la perseguimos, a la busca de la nueva emoción, de ese subidón que nos da comenzar un nuevo proyecto o leer un libro que nos restaura la fe en nosotros mismos.

Hay detonantes, trucos que nos permiten volver a ponernos en el camino adecuado o, por lo menos, en el camino menos nefasto (ese que conduce a la abulia y a la desesperanza). Atajos para recuperar la ilusión.

De eso quiero hablaros hoy.

A riesgo de pisarme con mi artículo sobre cómo volver a enamorarte de la escritura, creo que merece la pena comentar los hacks para recuperar la motivación que propone Steve Pavlina. Más que nada porque no solo sirven para darle un acelerón a tu escritura, sino también a tu vida en general.

Pavlina es un ser polémico y yo misma desconfío de mucho de lo que escribe. En el último par de años se ha vuelto un poco demagógico para mi gusto y tiene salidas new age que a veces huelen a pseudociencia y a espiritualismo exacerbado. Pero eso no quita que, cuando no está hablando de talleres de crecimiento personal, de subjetivismo extremo y de su comunión con el mundo, siga proporcionando contenidos realmente buenos. Recomiendo su blog también por sus experimentos variados, desde el sueño polifásico hasta el poliamor y el BDSM. No se corta un pelo y personalmente admiro mucho su valentía a la hora de enfrentarse a supuestos fundamentos de nuestra vida diaria.

Pero vamos a lo que vamos. Hace poco publicó en su blog un artículo con atajos para volver a encender la chispa de la motivación. Aquí los traigo, calentitos:

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¿Realmente no tienes tiempo para escribir? (Y otros recortes literarios)

agosto 8, 2015 — by Gabriella15

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Empecé este artículo con un detallado análisis del evento del siglo, que fue mi cumpleaños.

Os hablé de las incontables maravillas, de las gestas inconmensurables, de los momentos que bardos y telecomentaristas narrarán por los milenios de los milenios, hasta que no seamos más que polvo de estrellas en un universo nuevo. Y aun ese polvo recordará, recordará acerca de lo que aconteció el 6 de agosto de 2015.

Pero entonces fui a guardar el borrador en WordPress y me salió una página de error.

Y todo se perdió para siempre.

Así que mejor hablo de literatura y de escribir, que es para lo que habéis venido.

Barr y lo que realmente hacemos con nuestro tiempo

Cuando hablo de productividad, de lo primero que hablo es de prioridades. Si no tienes claro qué es lo más importante para ti, de poco servirán mil técnicas de productividad. No sirve de nada hacer la mayor cantidad de trabajo en la menor cantidad de tiempo si tu trabajo no vale para nada, si no te aporta nada. Si no le aporta nada a los demás.

Si analizamos a lo que dedicamos nuestros días, nos sorprende lo que descubrimos. Pasamos mucho tiempo apagando fuegos en lugar de pasarlo construyendo casas resistentes. Si nuestras casas son de papel, nuestra vida se limita a lidiar con incendios.

Una amiga me preguntó el otro día si no encontraba que, por muchos sistemas de productividad que implementase, había un tiempo limitado al día y sencillamente todo NO se podía hacer. Por supuesto que sí. Me pasa constantemente. Por eso tengo que estar preguntándome siempre qué sobra. Y cuando te deshaces de lo que te sobra llegas, muy poco a poco, a lo importante. Importancia por eliminación.

No es una revelación que venga de golpe, que te cambie la existencia. No es algo que haga que ya puedas recostarte en tu tumbona y olvidarte de todo, feliz con tu nueva vida perfecta.

Antes de nada, como dice Corbett Barr, tenemos que ponernos serios. Tenemos que analizar a qué le estamos dedicando nuestro tiempo.

¿Cuántas veces habéis oído lo de “es que no tengo tiempo para escribir”? O lo habéis pensado. Oh, cuántas veces lo hemos pensado. Y sí, es cierto, muchos no tenemos tiempo para escribir (yo anteayer escribí a las tantas de la mañana, unas líneas zigzagueantes a boli en la libreta, borracha de celebración cumpleañera. Y de alcohol, de alcohol también). Últimamente tengo la sensación de que le robo tiempo al tiempo para ciertas cosas.  Y es bonito (y cómodo) refugiarse en eso. En pensar: “qué agobio, es que no tengo tiempo para nada”.

Hasta que, como también dice Barr, empiezas a medir:

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Me encantaría ponerme en forma, o aprender a tocar la guitarra, o pasar más tiempo con mis niños o aprender otro idioma, pero es que estoy demasiado ocupado.

¿En serio? ¿Cuántas horas de televisión has visto esta semana? ¿Cuánto tiempo has pasado navegando por internet de manera inconsecuente?

Cuando pienso en lo ocupada que estoy, pienso en las veces que me he caído por un agujero Facebook, Twitter o Wikipedia. Ups.

Claro que necesitamos distracciones. Pero creo que deben ser distracciones elegidas. Yo juego al Hay Day en mi tablet. En los tiempos y horarios que yo elijo. Es un juego completamente idiota, sin necesidad de grandes estrategias ni emociones. Me limpia la mente. Lo que no me limpia la mente es andar abriendo y cerrando pestañas y leyendo tonterías, pinchando en clickbait que nada aporta a mi salud mental, metiéndome en guilds del WoW donde se me exigen cinco horas diarias para ir de mazmorras. Dicen que el cerebro necesita 20 minutos para volver a concentrarse en una tarea, una vez lo has interrumpido. No sé si es cierto, me parece un poco exagerado. ¿Pero y si fuera verdad? Da miedo pensarlo. Cada vez que pinchas sin pensar en la pestaña de Facebook, son 20 minutos de tu trabajo que has perdido.

Si crees que estás demasiado ocupado/a para escribir, y crees que realmente quieres escribir, usa RescueTime para analizar tu uso de programas, aplicaciones e internet. Somos optimistas al pensar en nuestros progresos y a lo que dedicamos nuestro tiempo. La realidad suele ser una buena llamada de atención. Y medir lo que hacemos, como dice James Clear, es una suerte de estetoscopio para ser más conscientes del latido de nuestra propia pereza y distractibili… distraccionabili… habilidad para distraernos.

Y repito lo de ¿realmente quieres escribir? Cómo cualquier otra habilidad o afición, hay tres razones para practicarla:

  1. Para divertirte y pasar el rato.
  2. Para divertirte y pasar el rato y ser el mejor escritor de todos los tiempos.
  3. Para ligar.

Si buscas el 2, lo siento mucho. Tendrás que eliminar todo aquello que no sea primordial. Todo aquello que no te haga mejor escritor/a, de forma directa o indirecta. Y eso es duro.

(El 3 también funciona, pero tienes que ser muy bueno también. Copiar a Bécquer o escribir horteradas en el muro de Facebook de tu amada no sirve).

¿Suena muy extremo? Entonces quédate con el 1. Pero no vengas quejándote porque nadie te publica/nadie te lee/el mundo es injusto y otros escritores han llegado más lejos que tú. Los demás estamos demasiado ocupados intentando ser el mejor escritor de todos los tiempos (o ligando) como para hacerle mucho caso a tu lloriqueo.

Por cierto, una de las cosas que más tiempo quitan a un escritor son las giras: las lecturas, presentaciones y etc. Independientemente de que sirvan de algo o no, pueden dar anécdotas curiosas. John Williams ha recopilado unas cuantas para el New York Times, y esto fue, para mí, lo mejor:

Gary Shteyngart y la importancia de cada lector

Al principio, cuando somos nadie, cada lector es un descubrimiento, un milagro. Luego, si las ventas crecen un poco, si tenemos la suerte de dar con distribución nacional o alguna barbaridad de esas, los lectores se convierten en algo más informe, una masa lectora y crítica con la que mantenemos una extraña relación de amor y odio. Por eso me gustó esta cita de Shteyngart. Habló de sus terribles experiencias leyendo su libro ante grandes salones vacíos, inmensas estancias llenas de sillas y vacías de personas. Eso es algo que se le ha quedado grabado a lo largo de su carrera literaria:

Gary Shteyngart

La lección que aprendí de inmediato fue que si estás lo bastante loco como para querer escribir ficción literaria, tienes que adorar a tus lectores, no al revés. Hoy veo a cada uno de mis lectores como un unicornio dorado con un cronut colgándole del cuerno. Firmo mis libros, me hago un selfie con el unicornio y regreso a mi hotel con lágrimas en los ojos, porque sé que alguien en este universo todavía tiene tiempo para lo que hago.

Antes había una imagen del autor como entidad lejana, intocable, casi mesiánica. Hoy en día creo que tener cierta cercanía con tus lectores es indispensable. No tanto cercanía del tipo “¿sabes cuánto tiempo estuve metida en el baño ayer después de comer?”, sino cercanía a la hora de expresar agradecimiento, de mantener un contacto mínimo, de enseñar a los que te leen que para ellos su participación en el proceso comunicativo de tu obra es importante. Y ese proceso se realiza al leer tu libro. Un blog, por ejemplo, permite una interacción rápida, fugaz. Uno puede leer un artículo, decir “ah, está bien”, pero no volver nunca. Pero si alguien lee un libro invierte horas, invierte una serie de emociones (¡aunque sean de asco y aburrimiento, son emociones!) y esfuerzo en comunicarse con la historia que le ofreces. Eso no tiene precio.

Si ese lector además disfruta de tu libro, mejor que mejor. Y una buena forma de que se involucre es mediante un tipo de personaje que personalmente me encanta: el antihéroe.

 Wenstrom y cómo construir un gran antihéroe

Emily Wenstrom se dio un atracón de Dexter y comenzó a plantearse por qué le caía tan bien un tipo que se dedicaba a torturar y asesinar a la gente. Dio con unas cuantas claves:

  1. Los antihéroes siguen su propio código moral. Para que nos caiga bien el antihéroe, tiene que tener un aspecto redentor, un código moral que, por lo menos a sus ojos, lo redima de sus acciones.
  2. Los antihéroes son expertos en algún campo. A los mejores antihéroes se les suele dar algo excepcionalmente bien, y esto los hace más interesantes; tendemos a admirar a los que tienen grandes habilidades, aunque sean para hacer cosas horribles.
  3. Los antihéroes tienen su lado tierno. Serán asesinos, mentirosos compulsivos o ladrones de guante blanco, pero tienen un lado humano, una debilidad. Puede tratarse de un familiar, de una mascota, pero lo que más nos gusta, sospecho, es que se enamoren.
  4. Cuando los antihéroes son malos, son lo peor. Cuando realmente se les va la olla, se les va de verdad. Y eso nos gusta: nos gusta que nos horroricen, que cometan actos terribles, porque durante un tiempo nos engañaron con lo del código moral y el lado humano y se nos olvidó que estábamos ante un monstruo.

El buen antihéroe es, ante todo, un ser hecho de paradoja. Como dice Wenstrom:

emily wenstrom

Un buen antihéroe tiene un propósito doble para sus fans. Deja salir nuestro lado oscuro, al mismo tiempo que resalta el abismo que queda entre nosotros y el monstruo, lo que reafirma nuestra humanidad.

Para poder hacer esto de un modo que sea empático y atractivo, un antihéroe debe ser a la vez humano y monstruo.

Y por esto nos gustan tanto los monstruos simpáticos, tiernos; los villanos con sentido del humor y los asesinos en serie que solo matan a asesinos. Si estabas planteándote meter un malo interesante en tu obra, o un héroe que no es tan héroe, échale un ojo a los principios que he mencionado. Le darás mucho más cuerpo y volumen.

Un buen sitio donde meter a antihéroes es en un escenario apocalíptico, por ejemplo. Cogemos a seres humanos normales y los ponemos en situaciones tan extremas que acaban cometiendo barbaridades que nunca considerarían en un entorno normal. ¿Pero serán diferentes los actos, y diferentes las narraciones, si ese escenario lo describen autores masculinos y femeninos?

Crosley y el apocalipsis femenino

De nuevo encontré una joya en el New York Times: el análisis que hace Sloane Crosley sobre qué diferencias hay en las narraciones apocalípticas realizadas por hombres y mujeres. Según Crosley, haberlas haylas, y suelen tener una separación muy clara. No se trata de que las mujeres sean menos violentas (al fin y al cabo, muchas mujeres han escrito sobre violencia), pero parece ser que, mientras que los hombres se centran en la violencia en sí: canibalismo, violación, tortura, todo en nombre de la supervivencia o de la crueldad inherente de seres que ya no están civilizados, las mujeres se enfrentan a otro tipo de amenaza: la pérdida de la memoria, de la identidad.

Dice Margaret Atwood que lo que las mujeres más temen es a la violencia y los hombres a lo que más temen es a la humillación. No sé si esto es cierto, pero a nivel biológico y genético podría tener sentido: las mujeres temen a las violaciones, por ejemplo, porque a nivel biológico es una catástrofe tremenda ser invadidas por el material genético de alguien a quien no han elegido (de manera inconsciente, elegimos a las personas que genéticamente son mejores para tener descendencia con ellas; una violación no es solo un trauma psicológico, es un trauma genético); los hombres temen a la humillación porque los hace descender en la escala de deseabilidad como machos alfa: perjudica su posición en la jerarquía social y por tanto pierden posibilidades de procrear con las mejores hembras. Si lo vemos todo desde una óptica de procreación y supervivencia genética, estaría de acuerdo con Atwood.

Siguiendo la teoría de Atwood, y si partiéramos de la base de que al concebir situaciones extremas colocamos a los seres humanos en las situaciones que a nosotros más nos repelen, las que nos parecen peores, tiene cierto sentido que los hombres escriban sobre tortura, violación y canibalismo. No van a hablar de humillación, porque eso es a lo que están acostumbrados a temer; eso es lo que viven día a día. Una situación apocalíptica es extraordinaria y exige miedos extraordinarios, desconocidos, diferentes. De la misma manera, las mujeres no van a hablar de violación y abuso porque eso es para ellas un temor constante, también un hecho cotidiano. Por tanto, buscan miedos diferentes, a gran escala: el miedo a perder la identidad. No es el miedo a la violación física, sino al vacío que queda para poder olvidar esa violación. El vacío que queda en una sociedad cuando ha tenido que enfrentarse a lo terrible.

Dice Crosley:

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Al presentar el peligro de violencia como algo que se da por hecho y no como el evento principal de la historia, estas autoras pueden mover los focos a otros lugares, pueden crear historias multicapa. Después de todo, cuando venga el apocalipsis, es posible que tengas o no tengas que matar (o ser matado/a), pero desde luego tendrás que ser tú. Y estas novelas se preocupan del cómo. “Hay una parte de nuestra historia que no sabemos cómo contarnos —teoriza Joy en Find Me—, y procuraremos ignorar su existencia durante tanto tiempo que finalmente nuestro cerebro acepta un pacto: yo te permitiré olvidar esto, pero ya nunca te sentirás completa“.

Imagino que la realidad del asunto será mucho más compleja; al fin y al cabo entran en juego muchísimos factores biológicos y culturales dentro de la percepción del hombre y de la mujer cuando se detienen a crear arte (y seguro que viene alguien en los comentarios a explicármelo todo; como siempre ocurre en cualquier artículo en que se hable de escritura femenina o de escritura sobre mujeres). Pero como teoría me parece curiosa y quería compartirla con vosotros.

También quiero compartir esto:

el fin de los sueños

Sí, es un lienzo de mil por mil de la portada de El fin de los sueños. La proporción no queda muy clara en la foto: solo os digo que es casi tan alto como yo.

Ya os dije que el cumpleaños fue épico.

 


Si te ha gustado este artículo, acuérdate de compartirlo. Y si te gusta el contenido del blog en general, prueba a leer alguno de mis libros:

Lectores aéreos gabriella campbellLectores aéreos (relatos con toques de fantasía tenebrosa): Disponible en Amazon y Lektu (¡solo 2,99 €!). Puedes leer un avance gratuito (para ver si te gusta el estilo y tipo de relato) aquí.

 

el fin de los sueñosEl fin de los sueños (novela posapocalíptica de ci-fi/fantasía juvenil): Disponible en digital y en papel en la página de la editorial (y puede pedirse en cualquier librería).

 

 

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¿Eres un escritor pasivo o agresivo? (Y otros recortes literarios)

julio 24, 2015 — by Gabriella23

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La mayoría de la gente que conozco es muy de enfrentamientos.

No es gente violenta, por lo menos no a nivel físico. Es solo que a los humanos nos encanta agarrarnos a opiniones extremas, sentencias indiscutibles, y enfrentarlas a otras. Somos dualistas y duelistas. Es más fácil que intentar entender, qué sé yo, la teoría de los polisistemas o la gestalt expresada por Ted Chiang en su relato Understand,  o el tao o cualquier filosofía integradora.

Los que escribimos también somos muy de enfrentamientos. Entre nosotros, entre nosotros y el establishment, entre nosotros y nuestra metodología.

Cuantos más artículos y libros leo sobre la escritura, más me parece intuir una diferenciación entre dos escuelas de pensamiento.

Los escritores, como tantos artistas, tenemos opiniones muy claras y enfáticas acerca del hecho de escribir. Blanco o negro, parece ser. Enemigos de unos procedimientos; mejores amigos de otros. Esto está bien, porque solo mediante nuestra propia experiencia podemos saber qué funciona para nosotros y qué no. Lo malo es cuando intentamos aplicar nuestras propias experiencias a todos los demás.

Probablemente yo también lo haga y por ello pido disculpas. Probablemente seguiré haciéndolo, porque soy muy despistada y se me va a olvidar enseguida que ese no es mi cometido.

Mi cometido, por lo menos hoy, es hablaros de algunos asuntos que espero que os produzcan tantas chispas en el cerebro como a mí.

Altucher, la escritura pasiva y la escritura agresiva

Las dos escuelas de pensamiento de las que hablaba, y que veo reflejadas no solo en artículos y libros y en reflexiones directas, sino en todos los comentarios que veo en redes sociales, foros y grupos de escritura, las expresa muy bien James Altucher aquí.

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Hay dos maneras de aprender: pasiva y agresivamente.

Pasivamente es cuando analizas tus errores, lees la historia de aquello que estás estudiando, te relacionas con otros del sector, encuentras tu “tribu”, buscas un mentor, etc.

Agresivamente es cuando estás metido de lleno. Estás hasta el cuello, y te llega la pelota de frente: ¿qué vas a hacer?

Pasivamente está en tu cabeza. Agresivamente es notarlo AHORA MISMO y actuar.

Lo que ocurre en tu cabeza es importante. Pero es la ACCIÓN la que crea héroes.

Altucher no habla aquí de escribir, habla de cualquier habilidad que requiere de un proceso de aprendizaje, pero creo que podemos aplicarnos el cuento (nunca mejor dicho. Qué ingeniosa soy).

¿Eres un escritor pasivo? ¿Consideras que la mejor forma de aprender es leyendo y estudiando todo lo que hay que saber sobre la escritura?

¿O eres un escritor agresivo? ¿Crees que solo se puede aprender escribiendo y que todos esos estudios son una pérdida de tiempo?

Si habéis respondido que sí a una de las dos preguntas, es posible que os estéis perdiendo buenas oportunidades en vuestro camino.

En todo el tiempo que he trabajado con escritores, he observado que estos dos tipos, en un estado más o menos puro, progresan a un ritmo lento. Hay escritores que dedican tanto tiempo a estudiar su oficio que este estudio se convierte en procrastinación, en una forma de pereza y cobardía. Y hasta que no apliques los conocimientos a la práctica, hasta que no te hinches de escribir, de poco te servirán esos conocimientos.

Sin embargo, también hay escritores que, con cinco, ocho o veintitrés libros a cuestas, siguen produciendo obras muy mejorables. ¿Por qué? Porque no se han molestado en aprender de los posibles errores que están cometiendo, y por tanto siguen cometiéndolos, una y otra vez.

Dicen que necesitamos 10000 horas de práctica para ser los mejores, 1000 para hacer un trabajo decente. Pero no sirven de nada si no se acompañan de horas de análisis, de deliberación, de conocimiento de nuestro arte. Como dice David Burkus, en un artículo para Forbes:

david burkus

Así que, ¿estás desperdiciando tus 10000 horas? Depende. Aunque el número exacto de horas necesitado para alcanzar un rendimiento experto es algo sobre lo que se sigue debatiendo, lo que nunca se ha debatido es el papel de la práctica deliberada. ¿Estás dedicando tu tiempo a rutinas que ya conoces o experimentas con nuevas técnicas y estudias para desarrollar nuevas habilidades? ¿Estás jugando dentro de tu zona de confort o diseñas ejercicios y proyectos que te impulsan a crecer? Si no estás comprometido con una práctica reflexiva, entonces, con casi toda seguridad, estás desperdiciando tus 10000 horas.

Habrá excepciones, por supuesto. Habrá personas que dediquen toda su vida a estudiar y luego produzcan la obra de arte perfecta. Habrá quienes solo actúen y por intuición vayan desarrollando un estilo perfecto. Pero esto es lo que yo he observado. Considero que uno no debe ser un escritor pasivo ni un escritor agresivo. Considero que uno debe ser esa mediocritas dorada aristotélica y saber integrar ambas facetas en su proceso de aprendizaje, en sus 10000 horas o más. Ya sabéis que ese proceso no acaba nunca.

Además, hay otra parte del proceso que con frecuencia se nos olvida: fuera de la actividad de escribir, y fuera del conocimiento sobre el tema, hay otro elemento importante: desarrollar una mirada de artista y saber darle buen uso.

Penn, Van Gogh y la importancia de saber mirar (y anotar)

Anoche, dando vueltas en la cama, tuve una idea brillante sobre cómo empezar el artículo de hoy. Era ocurrente, inteligente y divertida, o al menos a mí me lo parecía (seguro que también vosotros habéis tenido alguna vez esa sensación, efímera pero seductora —y taaaan mentirosa— de que moláis). Era tan buena mi idea que sabía que era imposible que la olvidara.

Por supuesto, cuando me desperté esta mañana no conseguía recordarla.

Apuntad todas vuestras ideas.

Ya lo dice Joanna Penn:
 joanna penn
No creo en el bloqueo del escritor. Creo que es un síntoma de haber dejado que el pozo de las ideas se seque. Ve a llenarlo, emociónate de nuevo y luego regresa a la página.
Muchas de nuestras ideas nacen del estudio, de la lectura y de la reflexión. Algunas son diminutas explosiones, susurros de musa en el mundo exterior, cuando caminamos y recibimos lo que la vida tiene que ofrecernos. ¿Y si pudiéramos desarrollar la habilidad de mirar, de buscar esos susurros de manera intencionada?
Leí hace poco una reseña que realizó Julian Barnes (si no habéis leído El sentido de un final, os lo recomiendo con todas mis ganas) sobre un par de libros que analizaban la figura de Van Gogh. Barnes siempre es una lectura más que agradable, pero hubo un texto que comentó, un extracto de los papeles del pintor (que escribía, y mucho, entre cartas, diarios y demás), que me llamó especialmente la atención:
van gogh
La gente de aquí lleva, por instinto, el azul más hermoso que he visto nunca. Es un lino tosco que tejen ellos mismos, urdimbre negra, trama azul, que crea un patrón de rayas negras y azules. Cuando pierde intensidad por el viento y el clima, es un tono infinitamente apacible, sutil, que hace resaltar los colores carne. En resumen, lo bastante azul como para reaccionar con todos los colores donde haya tonos naranjas ocultos y lo bastante apagado como para no desentonar.
El texto muestra no solo la sensibilidad del artista, su obsesión por sus materiales de trabajo (los colores), sino la habilidad de un escritor. Si queremos transmitir a los demás, tenemos que aprender a ver mejor que nadie, a mirar con ojos distintos. Van Gogh habla de colores, pero es nuestra responsabilidad asimilar con los cinco sentidos, para poder luego saber cómo expresar todas esas sensaciones y crear textos de gran riqueza.
Es además curioso cómo no hace falta utilizar todo lo que percibimos para transmitir esa riqueza al lector: no tenemos que hablar de absolutamente todos los olores que nos rodean; con expresar algunos en particular ofrecemos detalles que ayudan al lector a reconstruir todo lo demás; escribimos con mayor confianza y seguridad en el entorno que estamos creando. Esto se relaciona con teorías como la del iceberg de Hemingway, por la que no tenemos que compartir todos los detalles de una historia, pero sí debemos conocerlos nosotros, para crear esa multiplicación de sentido que suele encontrarse en los textos realmente buenos.
Es difícil eso de mirar. A mí me cuesta muchísimo. Tengo la cabeza siempre tan llena de cosas que no me fijo en lo que me rodea. Ayuda practicar alguna actividad que nos obligue a centrarnos en el momento, desde actividades chorras como apuntar todas las cosas azules que vemos yendo de paseo, hasta las prácticas de más largo alcance, como la meditación o el ejercicio físico, que nos obliga a centrarnos en el silencio, en el ahora de nuestra mente o cuerpo.
Hagáis lo que hagáis, no olvidéis llevar vuestra libreta/app de notas.
No seáis como yo. No dejéis escapar la idea perfecta.
Y recordad que esa mirada de artista tenéis que llevarla a todas partes. Incluso a la lectura. Porque leer es abrir los cerrojos de la mente, como explica Tim Parks.

Parks y la lectura como cerradura y llave

En un artículo reciente del siempre elocuente Tim Parks para el New York Review of Books, presenta una metáfora muy reveladora sobre el acto de leer. Leer es la llave para abrir una nueva cerradura en que se ha convertido nuestro cerebro. Mirad:
tim parks
Cuando percibimos algo por primera vez no llegamos realmente a percibirlo, porque carecemos de la estructura apropiada que nos permite hacerlo. Nuestro cerebro es como un artesano de cerraduras que crea una cerradura cuando decide que una llave es lo bastante interesante para ello. Pero cuando encontramos una llave por primera vez (por ejemplo, un poema nuevo, o una especie animal nueva), no existe una cerradura lista todavía para tal llave. O, para ser precisos, la llave no es siquiera una llave, ya que todavía no abre nada. Es una llave en potencia. No obstante, el encuentro entre el cerebro y esta llave potencial hace que comience la creación de una cerradura. La siguiente vez en que nos encontremos o percibamos el objeto/llave, abrirá la cerradura preparada a tal efecto en el cerebro.
Esta teoría es del filósofo y psicólogo Riccardo Manzotti, pero Parks la aplica a la lectura de un tipo de libro nuevo, revolucionario. Por eso es tan importante la relectura: solo una vez que se ha fabricado la cerradura, puede la llave abrirnos la puerta a un mundo desconocido de sensaciones e ideas. Con la música ocurre también: pensad en vuestra canción favorita. Es probable que la primera vez no os entusiasmara. A lo mejor pensasteis que era bonita, poco más. Sin saberlo, vuestro cerebro estaba ya creando la cerradura. A la siguiente escucha (o a la siguiente, o a la siguiente), la llave hizo clic, dio vuelta en su agujero y el placer llegó a inundaros.
Así, también, son las buenas lecturas. Nadie puede apreciar en toda su belleza la poesía de Lorca en una primera lectura (a mí me llevó años, mucho odio y unos cuantos cursos especializados). Nadie puede apreciar en todo su sentido el extravagante mareo sensorial y semiótico de Solaris, de Lem. Las buenas lecturas están hechas para rehacerse. No por ansia de control, por manía pedante, por obsesión por desentrañar los misterios de la escritura (así era un poco Nabokov, dice Parks), sino para poder, finalmente, capturar todo lo que no estábamos preparados para capturar.
Lo cual me recuerda que tengo que volver a leer Solaris.
Pero antes quiero hablaros de Derakhshan.

Derakhshan y la internet que tenemos que salvar

Creo que el artículo de Hossein Derakhshan, un bloguero que estuvo años en una cárcel iraní debido, en gran medida, a expresarse libremente en su página web, es de lo mejor que he leído en los últimos tiempos. Su texto es demoledor: tras seis años sin conexión, de repente se ve sumergido en un nuevo mundo virtual que no conoce: un mundo de Facebook y Twitter, donde la expresión escrita se ha vuelto cada vez más visual y más rápida. Seis años no son muchos, pero lo son cuando los ves desde la óptica de un hombre que alcanzó notoriedad ayudando a todo tipo de blogueros iraníes desde su web, cuyas palabras eran leídas y comentadas por personas incontables, y que ahora se lamenta de apenas poder conseguir cuatro o cinco “me gusta” desde su página de Facebook.
A raíz de algunos comentarios y sugerencias, estas últimas semanas he estado pensando en recortar un poco mis artículos. A veces han llegado a superar las 4000 palabras. Esas son muchas palabras para leer por internet.
Pero ¿lo son? ¿O es que estamos tan acostumbrados al formato rápido, a la lectura por encima, al clickbait, al SEO que ofrece frases básicas, casi sin sentido, que cualquier narrativa que nos obligue a dedicar más de dos minutos de nuestro tiempo nos resulta insoportable?
En las webs culturales anglosajonas noto cada vez más preferencia por el longform, por el artículo largo largo, como en un ataque meditado contra la velocidad del crecimiento del culo de Kim Kardashian y los extractos veloces, llenos de gifs animados, de Grey. Aquí, en España, algo vemos, pero incluso los grandes suplementos de cultura parecen querer restringirse a ese consumo limitado, a las-1000-palabras-ya-son-muchas. Más de una vez he leído un artículo de revistas supuestamente de alta vanguardia y he pensado: “Qué buenas ideas; lástima que parece que le ha costado hasta rellenar 500 palabras”.
Y, sí, 500 palabras cuestan cuando hablas del pijama de Belén Esteban. ¿Pero qué pasó con el análisis, con querer ir más allá de lo superficial? Lo sé: al ritmo que hay que publicar contenidos (¡y las tarifas a las que se pagan!), parece que no queda más remedio. Y hay que ofrecer contenidos que no cansen al pobre lector, a ese pobre lector saturado de información y estímulo.
Abogo por decir: “No”. Quiero contenidos de calidad, que se metan en materia. Quiero artículos como el de Derakhshan, como el de Parks, como el de Barnes, como los de Popova o Manson. El truco no es tanto la longitud (se pueden decir grandes verdades con brevedad, que se lo digan a Gracián), sino el no tener miedo a profundizar, a pensar, a analizar y a intentar presentar ideas que sean algo más que un copypaste de lo que están gritando en todas las demás redes de tu sector.
La brevedad es buena y necesaria. Es entretenida. Los artículos cortos, bien hechos, son perfectos para determinadas necesidades y tiempos. Pero démosle también nuestra atención a otro tipo de lectura. El entretenimiento y la inmediatez son elementos que nos distraen también de lo importante, de lo profundo, como diría Morozov (o Bradbury). Vamos a detenernos, a consumir despacio, sin prisa. Recuperemos la internet de antes. Recuperemos los blogs de antes. Decidamos a qué le dedicaremos nuestra lectura en diagonal y a qué le daremos atención plena y lenta. Sobre ello reflexiona Derakhshan:

hossein derakhshan

A veces pienso que igual me estoy haciendo demasiado estricto conforme pasan los años. Puede que esto sea todo una evolución natural de nuestra tecnología. Pero no puedo cerrar los ojos ante lo que está pasando: una pérdida de poder intelectual y de diversidad y todo lo que eso podría significar para estos tiempos tumultuosos. En el pasado, la red era lo bastante poderosa y seria como para que acabaras en la cárcel. Hoy no parece mucho más que entretenimiento. Tanto que incluso Irán no se toma algunas redes lo bastante en serio (Instagram, por ejemplo) como para bloquearlas.

Echo de menos la época en que la gente podía estar expuesta a diferentes opiniones, cuando se molestaban en leer más de un párrafo o 140 caracteres. Echo de menos los días en los que podía escribir algo en mi blog, publicarlo en mi propio dominio, sin tener que tomarme el mismo tiempo para promocionarlo en numerosas redes sociales; cuando a nadie le importaba lo del “me gusta” o “compartir”.

Esa es la red que recuerdo de antes de ir a la cárcel. Esa es la red que tenemos que salvar.

Y, ya que estamos, salvémonos también del leer por leer, de las acumulaciones de títulos leídos porque sí, de las lecturas obligatorias:

Varios autores y los grandes libros que no han leído

En un ejercicio cuyo objetivo se me escapa, un buen puñado de autores de renombre confesaron qué grandes libros nunca se habían leído. Y digo confesaron porque los mencionaban con una especie de culpa que no termino de entender:

libros no leídos

O, para ponerlo de forma más clara: somos nosotros, no él. No es culpa del autor o del texto; es culpa del lector. Alexander Chee comentó que se había mantenido alejado de otro clásico de (Gabriel García) Márquez en parte por su popularidad, que es la misma razón por la que uno de nosotros evita libros recientes que tienen cuentas de Twitter y de los que se habla en el mundillo literario; a veces, es simplemente mejor esperar a que los cumplidos disminuyan, para que el libro pueda leerse en el silencio de los pensamientos de uno.

Estoy de acuerdo con lo de los libros populares. Como ocurre con cualquier elemento mainstream, a veces se nos quitan las ganas de leer un libro precisamente porque todo el mundo habla de él. Pero comprendo las autoacusaciones: “He de confesar que no he leído…”, “me avergúenza decir que…”. Los propios redactores del artículo parecen enorgullecerse de que algunos grandes escritores sean tan humanos como ellos: ¡tampoco se han leído Cómo matar a un ruiseñor! Puede que este artículo sea el equivalente literario a ver que esa modelo o actriz perfecta que tanto envidiamos acaba de salir en la portada de Cuore con las tetas caídas y los muslos llenos de celulitis.

Creo que algunas obras son importantes; leer obras importantes es necesario en nuestro desarrollo como escritores y lectores. Pero si leyéramos todos los grandes libros, no tendríamos tiempo para leer los libros pequeños, aquellos que nos proporcionan el placer de lectura que nos impulsa a seguir abriendo libros. J. K. Rowling y Laura Gallego no pasarán a los anales de la historia como las mejores escritoras de nuestra generación, pero considero que han hecho más por la lectura en general que muchos de los integrados en el canon de Bloom, en el canon de cualquiera que se crea con derecho a decirnos qué debe permanecer en nuestro inconsciente cultural y qué no.

Si estabas leyendo a Harry Potter en vez de a Harper Lee, bien por ti. Bien por todos nosotros. No dejes la buena lectura de lado, ni la que está oficialmente reconocida como tal ni la que no lo está.

Hay que leer a los grandes. En ellos descubrimos lo más espléndido y lo más terrible del espíritu humano. Pero, por favor, que se acabe esta vergüenza por los libros que no hemos leído y las películas que no hemos visto y los discos que no hemos escuchado, como si la vida fuera una lista que hubiera que ir tachando para quedar bien en nuestros círculos habituales.

Así que hoy vamos a enfocarlo de otra forma:

¿Qué supuestos grandes libros no habéis leído y no sentís la más mínima culpa por ello?

 


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¿Es posible escribir demasiado? (Y otros recortes literarios)

mayo 15, 2015 — by Gabriella12

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Voy a empezar este artículo de viernes hablando de mí.

Sí, voy a hablar de mis libros. No os vayáis, os aseguro que esto viene a cuento.

Quiero hablar del peligro de escribir demasiado.

Porque, qué le vamos a hacer, creo que soy un buen ejemplo de eso. Soy un ejemplo de que sí, es posible escribir demasiado. Sobre todo si no corriges a la par.

Todos los que lleváis un tiempo siguiendo el blog sabéis que llevo meses trabajando en mi siguiente libro: un compendio de relatos llamado Lectores aéreos*.

Lectores aéreos ha superado por fin su fase última de corrección y ahora está a la espera de una última revisión por parte de mi muy sufrido lector cero absoluto (ya sabéis, la temperatura a la que mueren todo ser vivo y las ilusiones de un escritor). Está ya en la parte divertida de empezar a lidiar con la conversión a ebook, una parte que voy a llamar, simplemente, “problemas técnicos”.

Puede parecer que este libro lleva mucho tiempo en preparación y así es. Las correcciones son ratos de trabajo que robo de entre los entresijos de la nada que es mi tiempo libre. Una vez escrito un texto, puedo pasar muchos meses intentando darle todas las revisiones y reescrituras que necesita.

La revisión es peligrosa. Primero, porque soy correctora y eso hace que sea mucho más obsesiva con la forma de lo que lo son muchos de los escritores que conozco (esto también me convierte en una lectora insufrible. Creo que por eso leo tanto en inglés, por no tener que atizarme con la tablet en la cabeza cada vez que veo un gerundio mal usado o una metáfora sin sentido). Segundo, porque escribo demasiado.

¿Se puede escribir demasiado? Sí, se puede.

En los momentos en que redacto esto, mientras Lectores aéreos espera sus últimas anotaciones, estoy en el proceso de corrección de una novela cuyo borrador terminé el año pasado, tal vez antes. Tengo escritas y sin corregir dos novelas cortas más. Además, llevo más de 40000 palabras de otra novela nueva. (Ah, no os he hablado de otra novela terminada que está dando vueltas por editoriales, ni de otro borrador terminado y… mejor paro).

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Vende tu libro en 30 segundos (y otros recortes de la semana)

mayo 8, 2015 — by Gabriella15

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vende tu novela

Alguna vez os he hablado del elevator pitch (conocido en nuestro idioma, a veces, como el discurso del ascensor). Es un término que suelo ver asociado a la industria del cine, pero últimamente se usa mucho para la presentación de ideas y proyectos ante posibles inversores (inversores que cuentan con poco tiempo y menos paciencia).

Intentas convencer a alguien de que invierta (de forma personal o financiera) en tu producto o idea, en el mismo tiempo que tendrías si coincidieras con esa persona en el ascensor. Unos treinta segundos.

Puesto de otro modo (y este es el ejemplo que se suele mencionar): si te encontraras con Spielberg en el ascensor y tuvieras treinta segundos para convencerlo de que llevara tu libro al cine, ¿qué le dirías?

Angone y tres preguntas para un ascensor

Hace poco leí un artículo del escritor Paul Angone donde hablaba de su experiencia a la hora de enviar su libro a editoriales. Angone insistía en que no es el editor el único que decide a la hora de publicarse tu libro: entran también profesionales financieros y de mercadeo (por lo menos en las editoriales grandes). Por esto, por desgracia, ya no basta con escribir un buen libro, ahora además tenemos que tener claras las respuestas a las siguientes preguntas y saber dárselas a los profesionales de los números y las ventas:

paul angone

¿Puedes decirme en treinta segundos qué credibilidad tienes, de qué va tu libro y por qué es necesario? Y entonces, cuando te pregunte más acerca de esa “necesidad dramática”, puedes probarla?

Angone trabaja con libros de no ficción, y creo que esa “necesidad dramática” va más acorde con el ensayo que con lo literario, donde la necesidad dramática puede ser simplemente diversión, evasión, reflexión o cualquier otra razón por la que leamos lo ficticio. Pero creo que sus demás preguntas son válidas. Hoy en día ese “qué credibilidad tienes” no se refiere tanto a si tienes un título de nutricionista para que nos tomemos en serio tu libro de dietas, sino a si tienes una plataforma, un seguimiento en el que podemos invertir. Las editoriales ya no solo buscan una buena historia, sino la prueba de que tienes una interacción constante con lectores potenciales y reales, una presencia que pueden confirmar y que, con suerte, se traducirá en ventas.

Tal vez nuestra “venta de ascensor” para un libro de ficción sería: a) una sinopsis muy atractiva y emocionante de nuestra obra; b) una muestra de nuestra presencia/plataforma; c) qué público querrá nuestro libro y por qué. Y, muy importante, d) un contacto en común con tu compi de ascensor.

Vende tu libro: qué concepto tan extraño para un creador. A mí la simple noción de “vender” mi obra en un ascensor me parece horrible. Odiaría estar en un ascensor y que alguien a quien no conociera de nada comenzara a darme la brasa sobre su libro, por muy interesante que fuera. Pero el equivalente editorial está ahí: editores que tienen que lidiar con cientos de emails con sus correspondientes manuscritos. Tienes menos de treinta segundos de su atención; de hecho, tienes mucho menos. Si puedes enganchar al editor mediante a) un conocimiento previo (hablasteis en una conferencia o conoces personalmente a uno de sus escritores publicados); b) una sinopsis y presentación atractiva, genial. Pero no olvides incluir en tu propuesta todos esos datos que podrían interesarle al personal menos literario.

Y tienes que conseguir todo esto sin mostrarte arrogante (¿sabéis lo difícil que es intentar parecer una inversión atractiva sin parecer un creído tocapelotas?) y mostrando verdadera pasión por tu trabajo.

Es decir, tienes que encontrar el punto medio perfecto entre un plan de empresa y una autobiografía.

Que enganche en menos de treinta segundos.

Suerte.

Gerard y la personalidad pública del escritor

A raíz de todo esto de las plataformas y de las relaciones con los lectores, críticos, y etc., en una entrevista reciente para LitHub la novelista Sarah Gerard reflexionó sobre la diferencia entre ser una escritora desconocida y ser alguien que de repente tiene una imagen pública:

sarah gerard

Mi relación con todo esto de ser una figura pública es dudosa. No me veo como tal, pero sí que me he dado cuenta de que ahora tengo menos tiempo para mí. Cuanto más hablo de Binary Star, menos siento que esa obra es mía. Ahora ya es un monstruo propio, con una vida que a menudo nada tiene que ver conmigo, y con la que estoy intentando estar al día. En esta situación es fácil sentir que estás intentando abarcar demasiado a la vez. La gente se fija en ti, cuando antes ni te miraría. Me siento un poco incómoda con esto, porque no me queda muy claro si están fijándose en mí por primera vez o si están cambiando su opinión sobre mí; ¿pensaban que antes yo era otra persona, alguien con quien no merecía la pena hablar? Y en ese caso, ¿están decidiendo ahora que me he ganado su atención?

Obviamente mi caso es muy distinto al de Sarah, pero hay algo en sus palabras donde me siento identificada. Todos hemos tenido momentos en los que de repente hemos entrado en el campo de visión de alguien, a raíz de hacernos un poquito más públicos, un poquito más visibles. Y muchas veces nos preguntamos: ¿por qué ahora? Yo soy la misma persona. ¿Por qué me haces caso ahora? He estado gritando tu nombre, tantos nombres como el tuyo, y no me escuchabas.

Aquí puse una larga parrafada sobre la experiencia de pasar de la invisibilidad a esta extraña reinvención de una misma, este empezar a figurar en el campo visual de los que antes pasaban de largo. No he tenido más remedio que eliminarlo. Creo que si empiezas a preguntarte las motivaciones detrás de cada interacción, si dejas que el resentimiento empiece a abrirse hueco, siempre te dominará la duda.

¿escribir ensayo ayuda a escribir ficción? Patchett dice que sí

Como dedico mucho tiempo a escribir artículos para el blog, suelo preguntarme si es tiempo que le estoy quitando a la ficción.

No fallo a mi mínimo de 200 palabras diarias dedicadas al cuento o a la novela, y suelen ser bastantes más, pero me pregunto si podrían duplicarse si el blog no existiera. Es como preguntarte si estás pasando demasiado tiempo con un amante ocasional cuando a quien realmente quieres es a otro/a. Pero, a diferencia de lo que ocurre en las relaciones matrimoniales monógamas y convencionales, resulta que dedicarle tiempo tanto a la ficción como a la no ficción puede ser muy bueno para todos. Y Ann Patchett explica aquí muy bien por qué:

ann patchett

En mi cabeza, la ficción y la no ficción se mantenían tan separadas la una de la otra que durante años yo juraría que no tenían mayor relación que la que pueden tener la ficción y la hostelería. Escribir una novela, incluso cuando va bien, me resulta muy difícil, y escribir un artículo, incluso un artículo difícil, es fácil. Creo que la no ficción me resulta fácil precisamente porque la ficción es difícil; siempre preferiría producir un artículo que enfrentarme al siguiente capítulo de mi novela. Pero he llegado a darme cuenta de que mientras que todos esos años de escribir ficción habían mejorado mi capacidad como escritora en general, todos esos años de escribir artículos… me habían convertido en un caballo de tiro, y que esa, a su vez, era una habilidad que yo llevaba de vuelta a mis novelas.

Escribir ficción mejora la capacidad narrativa necesaria para que un artículo sea popular; escribir ensayo crea una disciplina y determinación fundamental para la novela. Creo además que la esencia de lo comunicativo, que se revela en un artículo (sobre todo si este depende de la captación de la atención de lectores potenciales para sobrevivir), se lleva luego a la ficción. Aprendes la importancia de la precisión, de la claridad y de la funcionalidad del texto, algo que los escritores de ficción inexpertos, perdidos en nuestra pirotecnia de supuestos artistas, tendemos a dejar de lado.

El ensayo también tiene una salida económica más inmediata que la ficción. Patchett recurrió a él para poder sobrevivir:

vivir de la escritura

Lo complicado de ser escritor, o de ser cualquier tipo de artista, es que además de crear arte también tienes que vivir de algo. Mis cuentos y novelas siempre le han dado sentido a mi vida, pero, por lo menos durante la primera década de mi carrera, tenían las mismas posibilidades de darme de comer que mi perro. Pero lo que me encanta de las novelas y de los perros es que son maravillosamente ignorantes de nuestras preocupaciones económicas. Les servimos y como recompensa ellos prosperan. No es su responsabilidad averiguar de dónde viene el dinero para el alquiler.

Lo mismo digo. Pero con gatos.

(Fijaos: una década para empezar a conseguir dinero en condiciones, dinero con el que mantenerse. Y Patchett es una de las grandes de la literatura estadounidense).

Es así, qué vamos a hacerle. O le das un enfoque decididamente comercial a lo que creas, o encuentras un trabajo que te mantenga durante el tiempo necesario para que el mundo reconozca tu genio.

Supongo que si encuentras un trabajo que puede ayudarte, mejorar tus habilidades como escritor, mejor que mejor, ¿no?

Tennessee Williams y el lector como testigo

Leí un artículo que era un extracto de Follies of God, el libro de James Grissom sobre el dramaturgo Tennessee Williams, su proceso de trabajo y su relación con sus personajes. El artículo es fascinante, ya que nos permite entrever algo de la asombrosa mente creadora del genio. Pero fue su descripción del lector lo que más me llamó la atención:

Tennessee Williams

¿Cómo sabe la chica guapa que es guapa? Los que la ven atestiguan que es única, que sus semejantes carecen de algo en cuanto a pigmentación o estatura. ¿Cómo podemos saber que tenemos talento hasta que nuestras palabras, o la manera en que las usamos, emocionan a alguien? Hacen que esa persona piense por fuera de las líneas esmirriadas entre las que se ha coloreado a sí misma. No podemos saber que tenemos el poder de romper estas líneas con nuestro pensamiento hasta tener a nuestro primer testigo, aquella persona que nos dice lo que hemos hecho.

Más allá de la belleza del discurso de Williams, uno no puede dejar de considerar lo que tiene de validación este lector, este testigo, como si no pudiéramos escribir, ser escritores, sin él. Los hay que esconden sus manuscritos, hay Kafkas espléndidos por el mundo que o bien no buscan al testigo por confianza y por intimidad, o bien no buscan al testigo por miedo, por miedo a que este atestigue que no hay talento, que el acto de escribir no se ha producido.

Y sigue hablando Williams, con contundencia:

tennessee williams

Así que crecemos gracias a que nos observan y nos sienten, y crecemos por observar a otros, y tenemos que salir luchando de los callejones sin salida que nos creamos al creer que podemos esnifarnos un testigo sobre un espejo o que este pueda residir en la punta de una jeringuilla o salir de la boca de un testigo pagado.

¿Queremos lectores?

Claro.

¿Queremos que nos quieran?

Escribir también puede ser una forma de apagar el dolor, de buscar el placer del subidón, del reconocimiento.

Alguien decía en Facebook hace poco que el acto de escribir era un acto ególatra, que provenía de la necesidad pura del escritor de ser alabado, reconocido, amado. Ese comentario tuvo muchas quejas de muchos escritores. Algunos incluso respondían con insultos.

Yo creo que no se equivocaba mucho. Cada escritor tiene una motivación distinta. Pero la maldición de algunos es que cuando sentimos la punzada del lector que admira, la punzada del lector que siente gracias a nuestras letras, ya no hay vuelta atrás.

Siempre queremos más. Y nunca será suficiente.

 


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70 trucos para sacarle brillo a tu novela70 trucos para sacarle brillo a tu novela: Corrección básica para escritores. ¿Has escrito una novela o un relato y no sabes cómo enfrentarte a la revisión? ¡Yo te ayudo! Disponible en Amazon.

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Anima tu diálogo con la sexposición y una tortilla (y otros recortes literarios)

abril 17, 2015 — by Gabriella0

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Como todos los viernes, tengo mucho que contaros. Así que vamos directos a lo que vamos. A los mejores recortes de esta semana.

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Escribe de lo que sabes (y otros recortes literarios)

marzo 27, 2015 — by Gabriella16

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Felicidad y albricias, pues se acerca el fin de semana.

Y aquí estoy yo, un viernes más, trayendo recortes, anotaciones y comentarios de interés (o no) con el que dejaros meditabundos, reflexivos, cavilosos y ensimismados durante el finde (gracias, oh sapiente Wordreference, por proporcionarnos sinónimos en nuestra hora de necesidad).

Vamos allá. Y empezamos con Le Guin, nada menos:

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Sowden, Domènech, Hessler, Tilsley. Recortes de la semana

marzo 20, 2015 — by Gabriella2

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Esta semana también ha sido movida, pero he conseguido rapiñar algunas notas que creo que son de interés. Para más enlaces y contenidos, ahí tenéis la página de Facebook, donde voy compartiendo todo lo que me llama la atención y que creo que podría gustaros.

Ahí van los extractos de lo que he ido leyendo y rumiando estos últimos días:

Mike Sowden y el horror de que las cosas empiecen a funcionar

Es su artículo en Fevered Mutterings sobre el ciclo de confianza/desconfianza en sí mismo del emprendedor, el escritor de viajes Mike Sowden habla del último punto, aquel donde nos quedamos paralizados por algo imprevisto: la alucinante posibilidad de que algo funcione.

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De repente algo empieza a funcionar, de una manera que no puedes ignorar. Y, enfrentado a esta evidencia, tu corazón lo celebra junto con el resto de tu cuerpo (y empieza a propornerte algunas ideas salvajes, que probablemente deberías apuntar), pero luego, al rato, dice: “Bueno… bueno, vale. Parece que ha pasado. Pero eh, seamos realistas. ¡Es casualidad! Un buen premio de lotería, pero no seas tonto. Huye mientras puedas. CORRE. ¡AHORA! ¡HUYE, IDIOTA!

A veces que las cosas funcionen y vayan bien es tan estresante y difícil de asimilar como cuando van mal. Tenemos miedo. Miedo a confiarnos y a que todo sea una gran broma de los dioses, justo antes de mandarnos ese rayo gigantesco que destruye a nuestra casa y toda nuestra familia.

Ahora que el blog está creciendo de forma exponencial, reconozco que yo también tengo algo de miedo. Miedo a que sea algo casual, a que algo vaya horriblemente mal y desaparezcan las visitas, o a que me pase cualquier cosa que me impida actualizar y todo el mundo se aburra y se marche, a que todo sea una gran pérdida de tiempo y trabajo. Empiezan, como en cualquier página con cierto afluencia, los comentarios desagradables, las críticas sin mucho sentido, mi síndrome del impostor. Hay una voz persistente que murmura que todo esto se va a quedar en nada y que moriré de hambre en una esquina. Pero esa voz nace de muchas experiencias que decidí, en su momento, interpretar como negativas, sin querer verlas desde otra perspectiva mucho más útil: como escalones de aprendizaje por los que poder ir subiendo poco a poco.

y la sabiduría de las moscas

En su excelente análisis de las nuevas formas de prescripción literaria, Bernat reflexiona sobre la media, la estadística, la opinión de la mayoría y la recomendación horizontal. Habla del enfrentamiento entre la potestas, el poder coercitivo de unos pocos, y la auctoritas, la autoridad que otorga una comunidad cuando reconoce en alguien cierta capacidad (en la literatura actual, se trataría de la crítica oficiosa de toda la vida, de periódicos y suplementos culturales, frente al poder de la masa, representada por blogueros, reseñistas de redes literarias y etc.). Bernat se queda con lo segundo; como él dice, el criterio de la mayoría no es infalible (ni mucho menos), pero se acerca más a la media, al cálculo real. Vamos, que mejor un bombardeo de información para que cada uno se haga su opinión propia, que seguir a rajatabla la prescripción de unos pocos, controlados con mano firme por determinados intereses en vertical:

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Peter Hessler y la permanencia frente al cambio

En un artículo brillante sobre su experiencia como escritor publicado en China, el autor Peter Hessler habla de la censura y de sus paradojas, y del rápido cambio de mentalidad en aquel país. El artículo entero no tiene desperdicio, pero tal vez sea este mi párrafo preferido:

Peter Hessler

El tema que una vez me preocupó, aquella representación clara de la pobreza, ya no parecía ser un tema sensible, por la rapidez con la que había cambiado China. “Con la distancia del tiempo ―me escribió Emily, en 2011―, todo lo que había en el libro resulta encantador, incluso esas flores sucias y cansadas”. En la gira que tuve hace poco, los periodistas con frecuencia hablaban de nostalgia, y decían que el paso implacable de la vida en China hacía que fuera difícil documentar este tipo de cosas. “A veces, en China, tienes una sensación de ahogo, y es difícil notar todas estas cosas”, me dijo Zhang Lijiao, un reportero de Beijing para el Diario de la Juventud China. “A lo mejor, como eres extranjero, puedes estar un poco separado. Tal vez es más fácil estar quieto. Tenemos una frase, yi bubian ying wanbian (puedes sobrellevar el cambio si sigues siendo el mismo). Si no te mueves, notas todo lo que se mueve a tu alrededor”.

Hessler también habla de cómo su traductor original (un colega profesor que fue obligado por el gobierno chino a traducir una sección de su libro) se convirtió después, gracias a traducciones posteriores, ya para Hessler, en un traductor de inmenso éxito, debido a que, por su falta de formación profesional como traductor, mantenía la afición por un lenguaje más clásico, menos “rápido”, que encantó a una nueva generación, ilusionada por el futuro pero a la vez nostálgica de lo que sus padres y abuelos habían visto y descrito. Tal vez es esta historia del traductor la que más me emocionó del artículo: de cómo alguien destacó precisamente por su amor y respeto al lenguaje.

La poesía cuántica de Joanna Tilsley

Descubrí a esta bióloga y poeta gracias a un artículo en Brain Pickings, y me declaro muy fan. Una de las cosas que me encanta de Maria Popova, la redactora de Brain Pickings, es su ojo para encontrar a talentos desconocidos, además de saber reinterpretar y analizar a los grandes de siempre. Maria nos cuenta como Tilsley realizó un compendio de 30 poemas (uno por día del mes del NaPoWrimo, como el NaNoWriMo pero con poesía) inspirados por conceptos científicos. Su trabajo artístico, esa recopilación de imágenes antiguas e ilustraciones olvidadas de todo tipo de manuales y científicos, es realmente espectacular. A continuación os dejo un ejemplo, con una muy pobre traducción que no le hace ninguna justicia, pero que os dará una idea de la belleza de las composiciones. Lo he elegido sencillamente porque era el más fácil y rápido de traducir, pero os animo a que le echéis un ojo al resto de los poemas:

Joanna Tilsley

Todo lo demás tiene su yin y su yan

pero tú… ¿qué tienes tú?

Tu singularidad geodésica no da cuartel.

¿Cómo es que eres inifinitamente vasto

e infinitamente pequeño?

¿Es este el punto en el que los magos pierden su cordura?

(XYZ/05 Agujero negro)

Siempre me ha fascinado la combinación de elementos aparentemente fríos y matemáticos con la subjetividad de la poesía, y es algo que estoy intentando aplicar a algunos de mis poemas más recientes, por lo que este libro de Tisley, quien escribe bajó el pseudónimo de xYz, me parece una auténtica maravilla. Los vende en su tienda de Etsy (¡sí, creados a lo casero!). Va derecho a mi lista de los deseos.

Y eso es todo por hoy. Ya sé que hoy he sido más breve, estoy segura de que encontraréis en vuestros corazones un hueco diminuto para perdonarme.

 

 

 

 

 

 

 

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Altucher, Vonnegut, Clear, Eguaras, Berkun, Pratchett. Recortes de la semana.

marzo 13, 2015 — by Gabriella2

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¡Menuda semana!

Creo que no sé ni por dónde empezar.

Así que empecemos por la videoconferencia que di ayer para la Librería Gigamesh. Fue genial ver allí a un buen puñado de asistentes interesados, incluso a alguna cara conocida, como Hugo Camacho, de Orciny Press, esa editorial que ya os he recomendado de sobra. También participaron de todo el embrollo mis amigos de El libro de escritor, gente maja donde la haya, de quienes os hablaré ahora un poquito más. Por supuesto quedo muy agradecida a la Librería Gigamesh y, en concreto, al gran Zeta, mi HQHQLCO ( (Hombre Que Hace Que Las Cosas Ocurran) particular.

Cómo enfrentarse a la hoja en blanco

Toda la conferencia, centrada en técnicas y maneras de superar a la página en blanco y crear el hábito de escritura, se grabó al canal de Youtube de la librería. Si os quedáis con ganas de ampliar conocimientos sobre el tema de la productividad, os recuerdo que en su momento traduje un artículo absolutamente genial de Niall Doherty con una lista de 69 métodos para ser más productivo. Aquí os dejo la charlita. La habitación tan rosa y bonica que se ve al fondo se la robé a mis padres, para que nadie tenga que soportar el fondo de desbarajuste y locura que es mi despacho. Es la primera vez que hago algo así por videoconferencia, y he aprendido cosas tan importantes como que si no se te ven las manos la gente no se da cuenta de que estás gesticulando y lo que parece es que te meneas de atrás adelante como si fueras una loca en camisa de fuerza en una peli mala:

Altucher y la importancia de la pausa

Del artículo de James AltucherThe Ultimate Guide to Changing Your Life:

James Altucher

G) VE MÁS LENTO

Cuando encuentres tu voz, ve más despacio. No hay prisa. De seis billones de personas, tú eres el único con tu voz, tus experiencias, tus ideas, tu sabiduría. No hay competencia para ser tú.

Alguien le hizo un cumplido una vez a Arthur Rubinstein sobre lo bien que tocaba el piano. Él dijo: “No es tocar el piano. No llevo mejor las notas que cualquier otra persona. Son las pausas: ahí es donde reside el arte“.

Cuando empecé a dedicarme a la corrección de una forma periódica, también comencé a darme cuenta de algo que creo que pocos escritores terminan de asimilar del todo: dentro del ritmo de lo escrito, de la música del texto, los reyes son las pausas. En la corrección de estilo estás muy pendiente de las construcciones, del movimiento, y la enunciación se vuelve protagonista. Todas las pausas: las que se producen en los signos de puntuación, los que se esconden detrás de las aliteraciones o junto a un verbo poderoso, los silencios que vienen de tomar aire cuando ocurre algo maravilloso, inspirador… todas esas pausas construyen el texto. Creo que si aprendemos a dominar esos vacíos, a darle al lector momentos para reflexionar, sentir, escuchar nuestra música, habremos dado con una voz realmente propia; con una fluidez magistral.

Vonnegut, Jockers y el hombre en el agujero

Por si no lo sabéis, un científico llamado Matthew L. Jockers está analizando los que él (y sus programas informáticos) consideran que son los seis arquetipos de trama dentro de la narración. Analiza los data points que constituyen una trama y de ahí extrae patrones; parece ser que hay solo seis o, como mucho, siete (para ello asocia acciones y emociones o tensión dramática). Para todo esto partió del famoso gráfico del escritor Kurt Vonnegut, conocido como man in hole, que explica que las historias populares funcionan de la siguiente manera:

Man in holeLo que en el colegio se nos enseña como exposición, nudo y desenlace para Vonnegut sería algo así: exposición (todo va bien, como, por ejemplo: voy andando por el campo), nudo (ocurre algo malo, como, por ejemplo: caerme dentro de un agujero) y desenlace (salgo del agujero). El buen Kurt sugería que las historias que seguían este patrón eran las que mejor se vendían y gustaban al público (aunque no necesariamente son las mejores, como nos demuestra su análisis de los arcos argumentales de Hamlet y La metamorfosis). Ya sabéis. ¿Dinero? Man in hole. ¿Originalidad, autosuperación y la posibilidad de subsistir dentro del canon literario? Tal vez no man in hole, pero, según Jockers, vas a entrar dentro de esos seis (o siete) tramas arquetípicas lo quieras o no.

James Clear y la importancia de practicar

En su artículo Stop Thinking and Start Doing: The Power of Practicing More, James Clear dice lo siguiente:

James Clear

2. Practicar es aprender, pero aprender no es practicar

El aprendizaje pasivo no es una forma de práctica, ya que, aunque adquieres nuevos conocimientos, no estás descubriendo cómo aplicar dichos conocimientos. La práctica activa, sin embargo, es una de las mejores formas de aprender, porque los errores que cometes al practicar te proporcionarán revelaciones importantes.

Y por esto, aunque sea de mucha ayuda leer libros sobre escritura, acudir a talleres literarios o incluso leer artículos como los de este blog (ejem), lo que más ayuda a aprender a escribir es, curiosamente, escribir. Mucho. Muchísimo. Y cuanto más la cagues, mejor. Piensa que, como diría Sturgeon, el 90% de lo que produzcas será mierda. Más te vale ponerte a escribir para quitarte toda esa mierda de encima y llegar al 10% absolumente glorioso.

Mariana Eguaras y la diferencia entre editar y publicar

No es solo una distinción terminológica, es toda una diferencia de intenciones, como nos explica Mariana:

Mariana EguarasTambién habló del problema de libros publicados sin edición la autora de fantasía Virginia Pérez de la Puente, en un artículo donde analiza la diferencia entre autopublicar y autoeditar.

Scott Berkun y el networking para autores

En una entrevista reciente, el autor y conferenciante Scott Berkun insistió en la importancia de las redes de contactos para los escritores:

Scott Berkun

Cualquier red social, profesional o personal, es esencial para los autores. Significa que la gente conoce tu nombre (esperemos que con connotaciones positivas), y que responderá cuando lo solicites. Muchos libros se venden sobre todo por la red y visibilidad que tiene el autor. A los escritores les apena oír esto, pero una persona famosa puede escribir un libro horrible y que venda bien, mientras que un desconocido puede escribir un libro alucinante y apenas vender una docena de ejemplares. El negocio del libro no depende tanto de la buena escritura como a todos nos gustaría.

Lo decimos siempre: ¿cómo puede vender tanto Belén Esteban cuando mi libro ultrafabuloso solo lo han comprado tres personas de mi familia? La diferencia es esa: mal que nos pese, la Esteban tiene establecida una red inmensa, donde los receptores de su “llamada” responden mediante una lealtad apabullante y consumen todos los productos que ofrece, y tu libro solo establece contacto con las tres personas que te admiran y quieren: miembros de tu familia.

Es injusto, pero a la vez sencillo. ¿Cómo puede alguien comprobar la ineludible genialidad de tu obra si no ha oído hablar de ella? Por desgracia, el boca a boca no es suficiente, o un par de personas que yo me sé, alabadísimas por la crítica y sus lectores más fieles, estarían bañándose en fuentes de oro y champán. La red debe ampliarse.

Berkun dice más cosas interesantes sobre la promoción para escritores:

Scott Berkun

Muchos autores me preguntan cuál es el equilibrio adecuado entre promocionar tus obras ya publicadas y producir obras nuevas. Por ejemplo: hay un grupo de autores que dicen que no hay mejor mercadotecnia y promoción que sacar un libro nuevo, y yo estoy más de acuerdo que en desacuerdo con eso, siempre que asumamos que el libro nuevo es una obra de calidad.

De esto creo que hemos hablado también: de la importancia de producir mucho para promocionar lo que tienes en catálogo. Nada vende un libro antiguo como uno nuevo; nada vende uno nuevo como que haya muchos antiguos que la gente haya leído y disfrutado. Y además está la ventaja, claro, de que escribir muchísimo hace que cada vez lo hagas mejor.

Concurso de microrrelatos El libro del escritor

El libro del escritor es una plataforma que está desarrollando una serie de herramientas y aplicaciones orientadas al trabajo del escritor. Desde luego recomiendo que le echéis un vistazo a su proyecto, y en concreto al concurso de microrrelatos que han abierto, cuyos premios serán las mismas aplicaciones que están desarrollando. Me pidieron que fuera miembro del jurado del certamen, y tengo muchas ganas de ver qué se les ocurre a los concursantes. Animaos a participar. Aquí os dejo los requisitos:

  1. Ser mayor de edad y residir en España
  2. Ser seguidor de, como mínimo, una de las dos redes sociales de El Libro del Escritor: @ELDEscritores en Twitter y /ElLibrodelEscritor en Facebook.
  3. Escribir un microrrelato original, en español y de temática libre
  4. Debe contener “pluma naranja”
  5. En Facebook, se escribirá el relato en la pestaña “Tras la pluma naranja” y la extensión máxima es de 1000 caracteres incluyendo el título
  6. En Twitter, la extensión debe ser de un único tuit y debe llevar además el hashtag #AlfaELDE

Se premiarán los siete relatos más originales de cada categoría y a los dos más votados, ya sea con votos en Facebook o con retuits en Twitter.

Y la despedida

Si habéis estado viviendo bajo una piedra las últimas 24 horas, no os habréis enterado de que ha muerto uno de los grandes, sir Terry Pratchett. Pratchett demostró que uno puede escribir algo “no comercial” (lo de la fantasía cómica sí que tiene alguna tradición en el mundo anglosajón, pero no hasta el punto al que la llevó sir Terry) y convertir una literatura de tremenda calidad en un superventas. Las redes están llenas de homenajes y palabras tristes, así que de poco os sirve que os diga que era mi autor favorito, el único escritor al que le he sido fiel desde que tenía apenas 14 años. Me encantó ver como poco a poco iba siendo más conocido y respetado en España, saber que yo ya no era la única que leía esas cosas, la única que creía que la fantasía podía ser graciosa y mordiente a la vez, y la sensación de complicidad que he tenido siempre con otros lectores de su obra.

Como he dicho, ha habido muchos homenajes, de escritores grandes y pequeños; palabras de despedida de fans, admiradores, lectores. Pero para mí el mejor adiós (aparte del de la cuenta del mismo Terry, con esos estremecedores tuits póstumos), ha sido el que le ha dedicado mi amigo Enrique Pedraza, dibujante, periodista, y fan de Terry como yo. Le regalé un boli-pincel hace unos años, y lo usó para realizar este dibujo:

Terry Pratchett

Goodbye, dear Terry, travel well.

recortes

Woolf, Friedman, Altucher, Barry, Gaiman, Godin y Hill. Recortes de la semana

febrero 27, 2015 — by Gabriella9

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Chica leyendo

Esta semana ha estado cargadita de lecturas interesantes, y vengo a traeros mis favoritas. Por lo demás, ya sabéis las novedades:

  • Ayer salió a la venta Amanecer, la novela corta de ciencia ficción de José Antonio Cotrina que os he recomendado ya unas mil veces.
  • Mañana Esta tarde saldrá un email a la lista de correo con el ganador o ganadora del sorteo de este mes. Os recuerdo que sorteo dos ebooks: Clara y la penumbra, de José Carlos Somoza y El final del duelo, de Alejandro Marcos Ortega. Si no te has apuntado todavía a mi lista de correo, igual no llegas ya a tiempo para este sorteo, pero sí para el del mes que viene.

Y ahí van los recortes. Como siempre, las traducciones son mías, y son rápidas e imperfectas, pero servirán:

Virginia Woolf habla de la constante duda del escritor, vía Brain Pickings:

Virginia Woolf

Cualquiera que conozca en lo más mínimo los rigores de la composición no necesitará que le cuente esta historia en detalle; de cómo escribió y parecía bueno; de cómo lo leyó y le pareció horrible; de cómo corrigió y rasgó el papel; recortó; insertó; estuvo en éxtasis; desesperó; tuvo sus noches buenas y sus mañanas malas; se agarró a ciertas ideas y las perdió; vio claramente su libro frente a él y este luego desapareció; interpretó a sus personajes mientras comía; reprodujo sus palabras mientras paseaba; ahora llora; ahora ríe; vaciló entre este estilo y aquel; ahora prefiere lo heroico y pomposo; luego lo claro y sencillo; ahora los valles de Tempe; luego las praderas de Kent o Cornwall; y no pudo decidir si era el genio más divino o el mayor idiota del mundo.

Poco más se puede decir de la tarea de escribir. Creo que Virginia lo resume a la perfección.

Uso del color en las descripciones de American Gods

American Gods

En una habitación de color rojo oscuro ―el color de las paredes se acerca al del hígado crudo― hay una mujer alta vestida de forma caricaturesca, con pantalones cortos de seda apretada, los senos empujados hacia arriba y hacia delante por la blusa amarilla que lleva atada bajo ellos. Su cabello negro se amontona en un nudo alto sobre su cabeza. Junto a ella hay un hombre de baja estatura, con una camiseta aceituna y vaqueros caros y azules.

No hagáis mucho caso del estilo de la traducción (American Gods ya tiene una traducción mucho mejor hecha), solo es un acercamiento rápido para que veáis el uso del color (pongo vaqueros azules, aunque blue jeans en EEUU suele referirse a vaqueros en general, para incluir esa nota cromática en el conjunto). Rojo hígado, amarillo chillón y sedoso, negro (colores fuertes, extravagantes) frente a aceituna, azul elegante (sobriedad, normalidad)…

Gaiman consigue aquí hacer una descripción clásica, tipo retrato, y sin embargo la dota de una vida especial al hacer casi fotográfica su impresión. Ninguno de esos colores está puesto por azar. Es algo que me encanta de la prosa de Gaiman en este libro: una aparente sencillez que esconde mucho más. Como dicen los expertos: conseguir que algo parezca fácil implica muchos, muchos años de práctica.

Seth Godin y por qué gratis no es una obligación de consumo

godinLos bufés (como la vida, organizaciones, proyectos, arte…) no son realmente “todo lo que puedas comer”. Son “todo lo que quieras comer”. Que es algo totalmente distinto. Solo porque puedas tenerlo no significa que quieras. Solo porque hemos pagado por ello no significa que debamos usarlo todo.

Aplíquese a lo que se quiera. A la sal gratis de los restaurantes de comida rápida (el ejemplo que pone Seth), a los ebooks gratuitos que nos descargamos como locos, a todos los canales de televisión disponibles… Prioridades, elección. Tenemos una elección. La libertad puede ser ilusoria, pero ejerzamos la que tenemos.

Esto también se enlaza con el problema del consumo exacerbado, y la adquisición de productos que ni siquiera llegamos a utilizar. Lo cual nos lleva a una producción ridícula para un mercado que ni siquiera compra. Y eso se ve muy bien en los libros, como explica Hoja en blanco al analizar por qué se editan tantos libros si en realidad casi nadie lee.

James Altucher y la importancia de meter la pata

Altucher

Si no estás obsesionado con tus errores, es que no amas tu campo lo suficiente como para mejorar.

Haces preguntas malas: “¿Por qué no sirvo para esto?”, en vez de preguntas buenas: “¿Qué he hecho mal y cómo puedo mejorar?”.

Cuando siempre te haces buenas preguntas acerca de tu trabajo, te haces mejor que las personas que se paralizan a sí mismas con preguntas malas.

Creo que esto se puede aplicar a cualquier campo, pero es fundamental en la escritura. Si en vez de lamentarnos por las cagadas nos preguntamos cómo nos pueden servir para avanzar, aprenderemos y progresaremos a un ritmo mucho más rápido. Me llevó mucho tiempo entender esto, me temo.

Benjamin Mako Hill y el deporte como puente entre clases sociales

Benjamin Mako Hill

Hace unos años, estuve en una charla que dio Michael Albert en el MIT, donde criticó a los intelectuales estadounidenses por lo que él consideraba un desprecio cultivado hacia los deportes profesionales. Albert sugirió que los deportes reflejan un tema al que siempre recurrimos para hacer conversación ligera y para construir comunicación más allá de clase y contexto. Sugirió que casi todas las personas que usaban el término lucha de la clase obrera eran incapaces de tener una charla intrascendente con miembros de la clase obrera, porque, a diferencia de la mayoría de personas de clase obrera (y la mayoría de la gente en general), las personas con estudios cultivan, de forma sistemática, su ignorancia acerca de los deportes.

Esto me ha hecho reflexionar sobre algo que lleva rondándome la mente desde hace tiempo. En España, donde hay una mayor diferenciación entre sexos en lo que se refiere al deporte (en EEUU, por ejemplo, muchas más mujeres disfrutan de la cultura del deporte, pero en España verás muchas menos mujeres que hombres en un partido), parece haber dos lenguajes que sirven de puente entre cualquier tipo de persona: el fútbol (o fórmula uno, o baloncesto, el deporte de tu preferencia, pero sobre todo fútbol) para los hombres, y la moda para las mujeres. Digo moda, y no cotilleos tipo Cuore o Sálvame, la otra opción más evidente, porque estos sí pueden incomodar a una persona de cierta clase social e intelectual. A un porcentaje altísimo de las mujeres nos interesa la moda, ya sea respecto a un bolso comprado en los chinos o a unos zapatos Loboutin. Yo misma, en situaciones sociales  con personas con las que realmente no sé qué temas tratar, sé que puedo llenar el silencio ominoso con un cumplido hacia cualquier prenda que lleve otra de las mujeres (que a su vez llenará el silencio ominoso con una explicación pormenorizada de dónde, cuándo y por qué lo compró), y conozco varios casos de hombres que han cultivado interés en el fútbol para poder mantener conversaciones con personas por las que sienten afecto pero con los que tenían pocas aficiones en común (un padre o un hermano, por ejemplo). Hay una tendencia a despreciar determinados temas de conversación por considerarse de una calidad “inferior”, cuando a su vez son salvavidas que pueden unirnos, mostrarnos un punto de encuentro.

Jane Friedman sobre F. Scott Fitzgerald y escribir borracho

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“Las historias que escribo cuando estoy sobrio son estúpidas… Razonadas, no sentidas”. De la misma forma en que los escritores pueden producir un trabajo mecánico por darle demasiadas vueltas al texto, también podemos llevar vidas mecánicas por pensarnos demasiado nuestras acciones.

En un artículo excelente que cierra el compendio Drinking Diaries, la escritora y ensayista Jane Friedman cita a F. Scott Fitzgerald (autor de El gran Gatsby) respecto a escribir bebido y las ventajas que puede tener para acceder de forma menos controlada a nuestro subconsciente. Podrían ser las excusas de un borracho, claro, pero sí que es cierto que escribir con un par de cervezas o un vaso de vino a mí me ha ayudado a superar bloqueos que ni sabía que tenía (el truco está en saber dónde parar. Escribir borracho no sirve de nada; lo suyo es encontrar ese límite justo donde la censura interna comienza a derrumbarse). Es interesante además el artículo de Friedman en cuanto habla del alcohol como de una herramienta de autoconocimiento, de acceso al verdadero yo, frente a las historias anteriores del compendio, de otras autoras, donde el alcohol tiende a aparecer como un demonio, una tentación terrible que conduce a la miseria.

Y que alguien me explique por qué en ese libro la diferencia de precio entre el papel y el ebook es de poco más de un dólar.

Lynda Barry y escribir sin pensar

Lynda Barry

No traduzco esto, lo que dice es lo de menos. Pongo esta imagen por su mero valor estético.

Ya sabéis lo que es la escritura automática o libre (no esa en la que te posee un fantasma, sino freewriting). Suele implicar una escritura rápida, sin pensar. La viñetista y escritora Lynda Barry hace uso de esa escritura al revés: condenadamente lento. Escribe sus manuscritos con pincel, casi dibujando cada palabra, obligándose a pensar y detenerse en todo lo que hace. No sé si el resultado le servirá (los críticos y lectores dicen que sí), pero el proceso es muy hermoso.

Hay mucho más; ha sido una semana intensa (y muy anglosajona, prometo traeros más textos en español para la próxima). Por ahora os dejo con esto, y ya sabéis que para más enlaces y contenidos no tenéis más que seguirme en Twitter o en Facebook.

¡Feliz fin de semana!


Imagen de chica leyendo de Igor Shin Moromisato, en Flickr.