Hoy me he recorrido medio pueblo/ciudad, como viene siendo costumbre, en relación con una empresa que no mentaré aquí por si es como Candyman y si la menciono demasiado se me aparecerá en forma de contador de la luz. Puedo entender, si bien me parece detestable, la forma en la que muchas empresas intentan disuadirte mediante papeleos absurdos de que te des de baja de su compañía. ¿Pero ponerte mil pegas para que les pagues? Cuando a mí me quieren pagar sonrío mucho y pongo todas facilidades que estén a mi alcance, pero es lo que tiene vivir de lo que hago, y tener esa odiosa costumbre de comer, aunque sea un par de veces al día.

Tal vez sea esta ciudad. La oficina de la Seguridad Social es una pesadilla y convencer a los de la oficina de Correos que como editora tengo derecho a enviar mis libros con las tarifas habituales para libros es una odisea cuyo fin no ha llegado todavía. No sé cómo, pero venceré, como cuando los de la Seguridad Social consiguieron ya por fin cambiarme la dirección y domiciliarme la cuota.

Tendrían que ser todos como Google, que deja a sus empleados llevar a sus mascotas con ellos al trabajo. Aunque nos espíen y utilicen nuestros datos y estadísticas para dominar el mundo.

Escuchando: Sleepwalk, de Liquid Divine
Leyendo: Núbilus, de Fideu, Cifuentes y Ciro.