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11 excusas para no escribir (y cómo demolerlas)

marzo 18, 2016 — by Gabriella55

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Hoy no haré un artículo de recortes normal, como los de viernes normal.

Tal vez este tema de hoy sea un único y gran recorte (gran por lo de extenso; la calidad ya la juzgáis vosotros).

Viene de un artículo que leí hace poco de Yolanda González Mesa, donde reflexionaba sobre los espacios que usamos para crear y de las excusas que utilizamos para procrastinar un poco más. Nos podemos atar tanto a nuestras manías y rituales que nos decimos que sin ellos no podemos trabajar: olvidamos que son herramientas, no razones. Nos mentimos. Es más fácil decir que no tienes el despacho perfecto que decir que no te apetece, que te da miedo, que estás cansado/a y que no ves futuro para este laberinto de dieciocho mil salidas en falso en que te has metido por mucho que tu madre te pregunte por qué. Por qué, hija, por qué.

(Gracias, a todo esto, mamá, por nunca hacer esa pregunta en alto).

El artículo de Yolanda se llama No uses la falta de espacio como excusa.

Hay muchas otras cosas que usamos como excusa. Mi bandeja de correo y mi memoria están llenas de personas que me cuentan, semana tras semana, por qué lo tienen tan difícil para escribir.

Eh, yo no voy a juzgar a nadie. En muchos sentidos, lo tengo más fácil que otras personas. Y muchas de esas “excusas” que damos son excusas reales, razones de imposibilidad, de peso muy pesado.

excusas para no escribirAlgunas excusas son perfectamente válidas. "Mi pelo ha tomado conciencia de sí mismo y me he levantado que parezco el tipo ese de Hellraiser" es una de mis favoritas.

Muchas otras veces no lo son. Y la falta de sinceridad que tenemos para con nosotros mismos (sí, claro que me incluyo) nunca deja de sorprenderme.

He enumerado las once excusas que creo que son más comunes, las que más escucho, y ofrezco algunas sugerencias para analizar si son excusas reales o falsas, para intentar demolerlas de una vez por todas.

Empezamos con aquella que inspiró este artículo: la falta de un espacio adecuado.

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14 lecciones que he aprendido en 1095 días de escritura

diciembre 1, 2015 — by Gabriella38

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Hoy es 1 de diciembre de 2015 y hace exactamente 1095 días que empecé a escribir.

En realidad miento un poco. Escribía desde mucho antes. Lo preciso sería decir que hace 1095 días que empecé a escribir a diario. A tomarme en serio esto de juntar letras. Tres años de hábito.

El otro día leí un esquema que hizo James Altucher basado en todas las personas que había entrevistado en su podcast. Según Altucher, estas personas, todas ellas muy destacadas en sus campos, tenían un camino en común, un camino entregado a un enfoque, a una meta, en el que solía darse este proceso (que he adaptado aquí para nosotros los escritores):

  • Año 1: El primer año. Es tiempo de leer mucho sobre tu oficio y de experimentar con plataformas, de escribir y aprender.
  • Año 2: Practicas a diario, sacas tiempo de donde no lo hay para escribir, leer y comunicarte con otros. Empiezas a reconocer qué personas son influyentes en las esferas que te interesan y a cuáles admiras. Empiezas a hacer contactos y a entender cómo funciona realmente el negocio (para bien o para mal, y es importante aceptar la parte mala).
  • Año 3: Empiezas a ser bueno en lo tuyo. Si has sido persistente y tienes metas claras en mente, aquí ya tienes un seguimiento bola de nieve y tienes ya algún libro o publicación en el mercado. Probablemente es malo y vende poco. No importa.
  • Año 4: Ya obtienes ingresos de aquello que estás haciendo o de actividades relacionadas. Sigues escribiendo, publicando y relacionándote con personas de todas las esferas (insistamos aquí en la importancia de los sistemas abiertos).
  • Año 5: Aquí ya tendrías que haber alcanzado alguna de tus metas importantes.

Obviamente este esquema no es universal y varía mucho según el sector. Pero creo que es interesante para hacernos una idea de cómo aquellos a los que admiramos o aquellos que tienen éxito en su sector pueden llegar a coincidir en mapas de este tipo. Y que es raro que algo de verdadera importancia se consiga en menos de cinco años.

Creo que estoy en ese segundo año, intentando poner un pie en el tercero. Llevo tres años sin parar de escribir, pero solo dos con una obcecación malsana, con la vista puesta en el premio, saliendo constantemente de mi comodidad personal, de mi área de conocimiento y tolerancia, para intentar meter la patita en el siguiente nivel de este gran juego que podríamos llamar The Writing Life: Special Edition.

¿Pero por qué empecé este desafío?

El primer par de años escribía un mínimo de 200 palabras de ficción. Luego fui subiendo las cantidades y me encontré con un efecto embudo: muchas palabras escritas y sin tiempo para corregirlas. Así que reduje esas 200. Ya no hay mínimo, siempre que escriba. Mi condición, simplemente, es escribir antes de que empiece el nuevo día. El miedo a romper la racha es grande.

Empecé porque quería demostrarme a mí misma que podía hacerlo. No hacía más que empezar proyectos, desafíos y dejarlos a medias. Sabía que si podía con esto, podría con otras cosas. Escribir 200 palabras de ficción al día suena fácil, pero cuando llegan las once de la noche y acabas de terminar de trabajar, lo último que te apetece es ponerte a largar cuento, novela o poesía.

Empecé porque quería enfocar, concentrarme, dejar de dar saltos de un lado a otro y seguir con algo durante el suficiente tiempo como para ver si era lo mío.

Las condiciones cambian. Durante dos años fueron 200 palabras de ficción. Luego fueron menos palabras, para intentar compatibilizarlas con todas las que escribía para el blog, pero seguían siendo de ficción. Ahora que estaré metida en un proyecto de ensayo un par de meses más, sospecho que tendré que concentrarme en palabras de no ficción. Pero seguiré escribiendo todos los días. No me imagino cómo sería no hacerlo.

Lo cual me lleva a la primera lección aprendida, la primera en esta lista que os presento.

Estas son las cosas que yo he aprendido del acto de escribir todos los días durante tres años, sin faltar una sola vez a la cita. Probablemente vosotros no necesitéis enfocar vuestra escritura de esa manera, y seguramente vuestras experiencias serán muy diferentes, pero tal vez esto puede empezar a expresar por qué una acción tan sencilla ha cambiado mi vida entera.

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Cosas inesperadas que los escritores podemos aprender de Steve Jobs (y otros recortes literarios)

septiembre 11, 2015 — by Gabriella22

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Antes de nada, el disclaimer necesario. No soy una fangirl de Jobs, ni me gusta Apple.

De hecho, en mi familia, Apple es una palabra prohibida. Mi padre trabajó con los primeros ordenadores en Londres, con macrosistemas que ahora nos harían llorar, con lenguajes de programación que han enloquecido a más personas que los primigenios de Lovecraft. Mi hermano es un obseso del hardware, y para trabajar con hardware y modding y con personalización absoluta, el PC es el rey.

Ya. Igual se quedaron todos un poco decepcionados cuando a mí me dio por la literatura.

Hay mucho que se discute sobre la figura de Jobs. Que si fábricas de Apple en países asiáticos con empleados a nivel esclavo, que si tenía un mal genio alucinante, que si traicionó a más de uno… Etc. Sobre eso hemos leído todos. También sabemos que de joven tenía un parecido asombroso con Ashton Kutcher.

Todo esto no quita que personas como Jobs nos fascinen, tanto por su carisma como por su obvia genialidad. ¿Pero qué es realmente lo que convirtió a Jobs en un rey de multitudes, en un referente en la industria? Bastardos (si es que era tan malvadísimo como lo pintan algunos) hay por todas partes. ¿Hay algún punto en común, alguna habilidad especial que se observe no solo en él, sino en otros emprendedores del mismo alcance, personas como Richard Branson, Elon Musk, Jeff Bezos y similares?

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8 atajos para recuperar la motivación (y otros recortes literarios)

septiembre 4, 2015 — by Gabriella6

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Aburrimiento. Indecisión. Sin metas fijas, sin ilusiones. Sin saber hacia dónde tirar. Sin motivación.

¿Te suena de algo?

La motivación no es determinante para conseguir algo: lo determinante es el trabajo diario y para eso nunca hay motivación suficiente. Aun así la perseguimos, a la busca de la nueva emoción, de ese subidón que nos da comenzar un nuevo proyecto o leer un libro que nos restaura la fe en nosotros mismos.

Hay detonantes, trucos que nos permiten volver a ponernos en el camino adecuado o, por lo menos, en el camino menos nefasto (ese que conduce a la abulia y a la desesperanza). Atajos para recuperar la ilusión.

De eso quiero hablaros hoy.

A riesgo de pisarme con mi artículo sobre cómo volver a enamorarte de la escritura, creo que merece la pena comentar los hacks para recuperar la motivación que propone Steve Pavlina. Más que nada porque no solo sirven para darle un acelerón a tu escritura, sino también a tu vida en general.

Pavlina es un ser polémico y yo misma desconfío de mucho de lo que escribe. En el último par de años se ha vuelto un poco demagógico para mi gusto y tiene salidas new age que a veces huelen a pseudociencia y a espiritualismo exacerbado. Pero eso no quita que, cuando no está hablando de talleres de crecimiento personal, de subjetivismo extremo y de su comunión con el mundo, siga proporcionando contenidos realmente buenos. Recomiendo su blog también por sus experimentos variados, desde el sueño polifásico hasta el poliamor y el BDSM. No se corta un pelo y personalmente admiro mucho su valentía a la hora de enfrentarse a supuestos fundamentos de nuestra vida diaria.

Pero vamos a lo que vamos. Hace poco publicó en su blog un artículo con atajos para volver a encender la chispa de la motivación. Aquí los traigo, calentitos:

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6 formas de acabar con la procrastinación (que realmente funcionan)

julio 14, 2015 — by Gabriella57

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Oh, la procrastinación. “Vuelva usted mañana“. Enemiga de musas, premios, resultados. Triste nombre (bueno, triste no, como palabra me parece megabonica) para definir esa sensación de inevitable aplazamiento, ese bucle infinito de “ya lo haré luego”.

A menudo la procrastinación se convierte en una entidad casi superior, en un ataque directo a nuestro poder de decisión, al igual que esa vocecilla de “eh, tienes que terminarte esa bolsa de patatas fritas, no vas a dejarlas ahí, ¿verdad?”. Es una pérdida de control, una patada al lóbulo frontal del cerebro. Uno se rinde a su destino y su destino es no terminar nunca nada (ni dejarse sin vaciar una bolsa de patatas).

Lo gracioso es que esa especie de divinidad malévola ni siquiera existe. Claro que podemos dejar sin terminar la bolsa de patatas (¿y dejarlas ahí? ¡Qué desperdicio!). Claro que podemos hacer esa tarea ahora mismo (¡pero por qué, si mañana también puedo!).

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¿Por qué es tan difícil sentarse a escribir? (y otros recortes literarios)

junio 26, 2015 — by Gabriella18

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“Lo que me cuesta es ponerme”, me dicen, leo y oigo, esté donde esté. Sobre todo me lo dicen autores que llevan poco escribiendo (o los que escriben poco).

Lo difícil, dicen, es el acto de sentarse a escribir.

Los que sí llevan años escribiendo, soltando palabras como si fuera lo más importante del día (y del mes y del año), no suelen decir frases como esa, porque escribir es un hábito tan integrado que decir que te cuesta ponerte es un poco como decir que te cuesta almorzar o tumbarte en la cama por la noche. Aun así, creo que incluso estos maestros de la obligación sienten lo que podríamos llamar resistencia.

Esta mañana fui a nadar, como suelo hacer un par de veces a la semana. No tenía ganas. En el agua ya, sentí esa misma resistencia.

Noto también esa resistencia en otros sitios. Cuando hago yoga. Loca, loca, loca. ¡Con lo bien que estarías en casa sentada leyendo, viendo series, charlando por Facebook!

Es la misma resistencia que gruñe y se retuerce, que me ataca justo antes de sentarme a meditar. No hago más que romper con esa costumbre. Cómo cuesta ponerse a meditar. Es tal vez la resistencia más poderosa de todas.

¿Qué tienen en común todas estas actividades? No se trata de hacer algo que no me apetece. Muchas cosas no me apetecen, pero las hago sin más (bueno, tal vez con unas cuantas quejas y lamentos). Hoy leí un artículo llamado A New Theory of Distraction (Una nueva teoría de la distracción), y fue entonces cuando lo comprendí.

Lo que tienen en común todas estas actividades (escribir, nadar, hacer yoga, meditar) es que me obligan a estar conmigo misma.

Nada de distracciones: solo el teclado (o el bolígrafo), el agua, mi cuerpo y yo. Y en el caso de la meditación, lo más terrible de todo: conmigo misma y mis pensamientos. No pensar a secas, no. Eso lo hago mucho. Observarlos. Ver qué pienso, sin juzgar (y cómo me gusta juzgar). La resistencia de la que hablaba no es más que mi propia mente, acostumbrada al sobreestímulo constante de internet, de mi teléfono, de mi entorno tanto real como virtual, que chilla en busca de sus distracciones habituales. Porque no le gusta quedarse sola. Creo que no se gusta demasiado. Se considera un tanto aburrida.

Rothman y una nueva teoría de la distracción

Joshua Rothman habla en el New Yorker de una nueva integración de las dos teorías principales de la distracción. Para esto, nos explica estas dos teorías principales: la primera es que dichas distracciones vienen de los avances tecnológicos, demasiado rápidos para ser asimilados por completo por nuestro cerebro. Esta teoría es optimista, porque si la culpa de todo la tiene la tecnología, con modificar la tecnología lo solucionamos todo, ¿cierto?

El problema está en la segunda, cuyo arreglo no es tan evidente:

Joshua Rothman

Esta segunda gran teoría es espiritual: es que estamos distraídos porque nuestras almas están afligidas. Puede que el cómico Louis C. K. sea el mayor exponente contemporáneo de esta forma de pensar. Hace un par de años, en Late Night con Conan O’Brien, argumentó que la gente es adicta a sus teléfonos móviles porque “no quieren estar solos ni por un segundo, porque eso es muy difícil” (David Foster Wallace también veía así la distracción). La teoría espritual es aún más antigua que la materialista: en 1874, Nietzsche escribió que “la prisa es universal porque todo el mundo está huyendo de sí mismo“; en el siglo XVII, Pascal dijo que “todas las miserias del hombre derivan de no ser capaces de sentarnos en una habitación a solas, en silencio“.

A mi juicio (y al de Rothman), el problema está en que ambas teorías son compatibles. Unimos a nuestras tendencias evasivas una mayor proporción de distracciones fáciles. Rothman propone una nueva teoría de la distracción, una en la que en vez de evitar dichos estímulos, en vez de ofrecer esa resistencia, abandonemos las distracciones fáciles y repetitivas y nos concentremos en otras más intensas, más reales. Creo que Rothman está hablando, aun sin saberlo, del mindfulness, ese estar en el momento y realmente vivir cada experiencia, por banal que sea.

La resistencia está ahí, pero poco a poco aprendemos. A nadar, a meditar, a correr… a cualquier encuentro con nosotros mismos. Aprendemos a hacernos esa taza de té, sentarnos frente al teclado y a dejar que la musa baje (o no) y nos susurre (o nos chille), disfrutando de cada palabra escrita, bailando con cada frase como si a nosotros también nos fueran a cortar la cabeza a la mañana siguiente, pobres sherezades que somos.

No sé qué opináis: pocas formas de mindfulness encuentro, pocas formas de perderse (y encontrarse) en el momento tan poderosas como sentarse a colocar una palabra tras otra. Si determinadas actividades físicas podrían ser la unión de mente y cuerpo, la recuperación de nuestro espacio físico y mental, escribir podría ser un reencuentro entre nuestros miedos, emociones y subconsciente. Como soñar en vivo y en directo.

Insuperable, sospecho.

Thorpe y el desencuentro con los lectores

Rufi Thorpe, que hace poco publicó su primera novela, The Girls from Corona del Mar, escribió un artículo realmente fantástico llamado The Frightening and Wondrous Things That Will Happen to You When You Publish Your First Novel  (Las cosas aterradoras y maravillosas que te ocurrirán cuando publiques tu primera novela). Hay demasiado ahí que me hizo emocionarme, sobre todo cuando cuenta cómo reaccionan ciertas personas cercanas, personas no escritoras que se creen con todo el derecho del mundo a explicarle a ella, a la autora, todo lo que está mal en su libro. Y es que una cosa es leer una reseña en Goodreads de alguien a quien no conoces y otra muy distinta es que alguien con quien mantienes una conversación en vivo y en directo se empeñe en insistir, como si no lo hubieras oído nunca, todo aquello en lo que te equivocaste, convencido/a de que, mediante esta repetición de tópicos que ya has oído una y otra vez, te está haciendo un favor inconmensurable.

Y no hablemos ya de otro tipo de crítica…

rufi thorpe

Al principio esto hace que te sientas enfadada y luego arrepentida. Miras sus otras reseñas. Miras los libros a los que les dieron cinco estrellas. Una mujer, que te odió tanto que su reseña se convirtió en un sinsentido más o menos a la mitad, le dio cinco estrellas a un libro llamado: Teñido con nudos: Un misterio en el arte de hacer una colcha. Y entonces lo entiendes. Esta pobre mujer compró tu libro por error y acabó horrorizada. Te gustaría poder disculparte con ella personalmente y devolverle su dinero. Te encoges al pensar en cada joder que acosó a sus pobres oídos. Después de eso, ya no te tomarás las reseñas malas de forma tan personal, pero también te resultará más sencillo dejar de leerlas.

A veces tenemos que aceptar que nuestro libro no es para todos los públicos, que no está destinado a ser un libro para la mayoría, hecho para todos. Y creo que eso es bueno, que no lo sea. Siempre hacen falta libros a los que no se les haya recortado su personalidad hasta que solo queda lo de siempre, aquello que ni ofende ni entusiasma, porque lo hemos leído mil veces.

Y los comentarios también pueden venir de alguien muy diferente a la señora de las colchas, alguien que te recuerda a ti misma, hace mucho tiempo. Y es ahí donde piensas que tal vez todo eso de las reseñas y las críticas pueden servirte a ti también, no solo a los lectores, y no solo para mejorar lo que haces, sino para redescubrirte a ti misma:

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Te habrás olvidado de ti misma. Habrás olvidado la belleza y la pureza y el dolor de ser tan joven. Estarás tan agradecida por haber recibido el regalo de que te lo recordasen. Estarás tan agradecida de que alguien haya leído tu libro y sentido esas sensaciones contigo y de que se haya hecho amiga del fantasma de tu mente.

Muchos escribimos con esa secreta esperanza. De que alguien se haga amigo/a del fantasma de nuestra mente.

Amis y romper la cuarta pared

Sí, sí, Martin Amis tiene mucho en su contra y no le faltan detractores. Pero cuando lo leo me maravillo ante su habilidad para crear música. Puedes coger cualquiera de sus párrafos al azar y analizarlo: una frase larga. Dos cortas, contundentes. Otra larga. Dos cortas más, afiladas. Otra larga, muy larga, recargada y aliterativa. Y al final, tres palabras, y la última tiene un contraste fonético absoluto con los sonidos de las anteriores. Solo entonces te das cuenta de las vocales predominantes en el resto del párrafo. Y las frases están sonando en tu cabeza, escuchas la voz del narrador como si escucharas la melódica seducción de un cantante experto (algo ronco, pero experto). Además, Amis abusa de los adjetivos con alegría y desenfado, pero los coloca con tal precisión que ni siquiera te das cuenta. Lo cual demuestra, una vez más, que no se trata de seguir “las reglas” a rajatabla. Se trata mucho más de entender el lenguaje y su ritmo, de entender cómo funciona y aplicar esos conocimientos. Para que luego digan que la sintaxis no sirve para nada.

Otro de los recursos habituales en esta sinfonía “amisiana” es la conversación directa con el lector, esa ruptura de la cuarta pared que puede ser tan magistral cuando se hace bien. Este extracto en concreto es de Dinero, en algunos de los momentos puntuales en los que el narrador no solo se dirige al lector, sino que le proporciona instrucciones de lectura:

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—Sí —dije y empecé a fumarme otro cigarrillo. A no ser que te informe de ello específicamente, siempre estoy fumando otro cigarrillo.

Las peripecias formales de Amis me impresionan, como me resultan impresionantes las de tantos otros escritores maestros. Es inevitable querer parecerse a tus héroes, querer convertirte tú también en algo brillante.

Porque lo peor que podemos hacer es contentarnos con ser mediocres, ¿verdad?

Manson y el atractivo de la mediocridad

El problema de la grandeza, como he comentado muchas veces, es que solo vemos los resultados. No vemos las horas de trabajo, el sudor y el esfuerzo, las peleas con el editor, los viajes personales, físicos y espirituales. Internet nos bombardea de imágenes y vídeos de personas que hacen cosas extraordinarias. No nos enseña el camino, el proceso. Como dice Mark Manson:

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Hay una especie de tiranía psicológica en nuestra cultura actual, una sensación de que siempre tenemos que andar probando que somos especiales, excepcionales siempre, pase lo que pase, solo para que ese momento de ser excepcionales desaparezca, arrastrado por la corriente de toda la demás grandeza humana que está ocurriendo de manera constante.

Todo esto va muy unido a las reflexiones de Manson sobre la cultura de la atención, en la que ya no importa tanto el dinero o poder que tengamos, sino el caso que nos hagan (un valor en gran demanda en una sociedad de distracción extrema).

Tal vez sea más útil aceptar que nos ignoran, aceptar que no podemos ser excepcionales siempre, como bien apunta Isaac Belmar:

Si hay un drama, no es el de que todo el mundo nos esté mirando y señalando con el dedo, es el de que somos insignificantes, en lo bueno y en lo malo. Y esos instantes en que no lo somos tampoco importan mucho, pues enseguida nos olvidan. Aquella vez que hiciste el ridículo ante quien te gustaba, aquel fracaso y aquel éxito… En realidad nadie miraba y nadie se acuerda.

Pero dice Manson que esa aceptación de la mediocridad, la aceptación de que, por simple estadística, todo está en contra de que alcancemos la cima, lo excepcional, es también una forma de liberación. Si no podemos ser excepcionales en todo, por qué no concentrarnos en una sola cosa. No necesariamente para ser genios ni sorprendentes, sino porque queremos:

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Tras esto, esa presión constante de tener que ser algo asombroso, ser el próximo éxito de moda, desaparecerá. El estrés y la ansiedad por sentirte inadecuado se disiparán. Y el conocimiento y aceptación de tu propia existencia mundana te liberará, te permitirá conseguir lo que realmente quieres conseguir, sin juicios ni pesadas expectativas.

Apunto otra perspectiva interesante. Aunque se nos bombardee con lo excepcional, esa no es más que otra indicación de lo fácil que es conseguir algo digno de admiración. En una cultura donde se habla mucho del esfuerzo, pero en realidad se practica poco, no hace falta llegar a la cima. No son necesarias las 10000 horas. No tienes que ser Hemingway, ni Amis, ni Franzen ni Cortázar. Con 1000 horas estarás muy por delante de todos los demás. Y tal vez no salgas en los periódicos, ni hagan un vídeo con tus méritos en Youtube con millones de visitas, pero podrás hacerte un hueco en tu nicho, en aquello que amas.

Como escribir, por ejemplo.

Al final supongo que se trata simplemente de liberarse de las expectativas. De las comparaciones, la frustración y la envidia.

Y seguir tu propio camino.



el cielo rotoBajo el segador había otro cruzado. Las espinas del monstruo lo habían perforado, pero su cabeza estaba intacta: serviría. Adra se acuclilló junto al cuerpo y se quitó el guante izquierdo. La mano que quedó a la vista estaba despellejada, recubierta de sangre seca; podía intuirse el entramado venoso entre los músculos y tendones. Arrancó la cota de mallas al cadáver y le desgarró la túnica para después colocar la palma de su mano sobre el corazón.

Este volvió a latir al instante.

(Engánchate ya a El cielo roto, de Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina).

 

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¿Cuándo estuviste a punto de abandonar? (Y contestan 15 escritores)

junio 23, 2015 — by Gabriella38

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No, no estamos picando en una mina en Marte bajo el látigo implacable de un supervisor apestoso. No estamos ayudando a un granjero de Iowa a inseminar a todas sus vacas. No somos policías en un pueblo perdido de la mano de Zeus donde de repente el 99% de la población se ha despertado con un apetito insaciable de carne humana. No es tan terrible esta afición/oficio/como-quieras-llamarlo que es escribir.

Aun así, creo que pocas cosas hay tan duras para el ego, la confianza y la creencia en un futuro (cualquier futuro) que esta manía de juntar letras y esperar que tengan sentido y queden bonicas.

(Bueno, tal vez cualquier otra profesión artística. Y muchas cosas más. Pero es parte del oficio de escritor ponerse melodramático).

Da igual que hablemos de autores aficionados, escritores ocasionales. De cuentistas habituales, redactores profesionales o creadores de contenido pornográfico para hombres de 27,5 años, de más de 1,80 de altura, que vivan en la parte norte de Cáceres (¡nicho de mercado!). Yo diría que casi todos hemos pasado por ese momento. O por muchos de esos momentos. El momento del “casi”. Del adiós, muy buenas. De asomarse a la ventana, ver si pasa alguien que nos cae mal y tirarle el ordenador que contiene nuestro último libro a la cabeza (¿no? ¿Solo yo? ¿En serio?).

El primer rechazo (y el decimosexto). El(los) libro(s) que no vende(n). Una crítica atroz. Cualquiera de esos instantes en que deseamos dejarlo todo. Esos instantes en los que lo de la mina marciana no suena tan mal (mmmm, látigo). En que estamos a punto de abandonar.

Y, sin embargo, por alguna razón extraña que todavía no entendemos, no lo hacimos. Seguimos adelante. Seguimos escribiendo.

No os voy a hablar de mis momentos de abandono; eso mejor me lo guardo para el día en que me quede en blanco y aporree la pantalla con la cabeza, sin saber qué más contaros. Voy a hablaros de los de quince escritores que han tenido la amabilidad de compartir conmigo sus experiencias. Vienen a contarnos ese instante terrible y también vienen a contarnos qué los hizo salir del agujero. A todos les pedí que me enviaran además una imagen que representara para ellos el optimismo, ese cambio desde el momento de desánimo y la actualidad.

Aquí os dejo con ellos. Pensé que todos seguirían patrones similares de desamparo, pero cada historia es única, diferente. Espero que os resulten tan fascinantes como a mí:

Juande Garduño

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Juande aparece en esta foto con Matthew Fox, actor protagonista de la adaptación al cine de su novela Y pese a todo.

La verdad es que tu pregunta me ha hecho recordar que una vez sí que estuve a punto de dejarlo. Fue con poco menos de treinta años, antes del éxito de Y pese a todo. Estaba asqueado de que todas las editoriales me rechazaran manuscritos y pensaba que nunca publicaría, así que me dediqué durante un año y medio a leer, sin escribir ni una sola palabra. No me torturé demasiado, pero un día tenía mucho mono de escribir y me puse. Y así hasta hoy.

Álex Portero

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Álex me manda una foto de su zona actual de trabajo, y me dice que la imagen fue tomada a mediodía, algo que antes, durante más de diez años, habría sido imposible:

Estuve muy cerca de abandonar hace un par de años, algo menos. Mi trabajo diario, por entonces seguía trabajando en la librería, hacía que tuviese que ponerme a escribir alrededor de las 11 de la noche, cada día. La propia frustración devenida por desempeñar una labor diaria que me tenía 12 horas fuera de casa, el cansancio, y la desconfianza, hacían que fuese incapaz de terminar la mayoría de las cosas que comenzaba, si lo conseguía, el resultado siempre me parecía mediocre, condicionado por la situación de cansancio. Por no hablar de la paradoja del librero: la falta de tiempo para leer, y si no lees, es una irresponsabilidad ponerse a escribir. Leía, siempre lo he hecho, pero menos de lo que debe hacerse si te dedicas a escribir libros.

La desconfianza en mi obra, unos resultados mediocres y mucho cansancio, estuvieron a punto de hacerme abandonar. No sólo la literatura, casi todo lo que me importaba.

En el presente, estoy en condiciones de dedicarme exclusivamente a la literatura, por un tiempo, veremos si todo lo expuesto antes era cierto y no una excusa. Dejarlo sigue siendo una opción si los resultados no cumplen mis expectativas.

Daniel Pérez Navarro

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Daniel me manda una foto suya, reciente y feliz. Me explica qué ha cambiado para él:

Una difícil situación personal me llevó a romper con casi toda la actividad literaria: dejé de escribir artículos musicales, abandoné los foros de música y libros y las listas de correo y me di de baja de las pocas asociaciones a las que pertenecía. En 2011 publiqué 2 libros. Uno en AJEC cuando estaba claudicando, que no tuvo distribución, y otro en Viaje a Bizancio, en la que también fui de los últimos libros en salir y apenas se leyó. Me pregunté, ¿para qué ese esfuerzo? La salida de la crisis no fue el abandono. Volví a escribir con dos condiciones. La primera, que no me daría de codazos en el mundo editorial. Nada de más concursos. Ya tengo un buen trabajo, pasaría del modelo liberal de la economía aplicado a las letras, escribiría sólo si no había un objetivo a la vista y se lo ofrecería a quien mostrara interés. También reduciría el número de apariciones: no tenemos tantas cosas que contar y repetirse me parece una mala opción. La segunda, debía olvidarme de mí, los libros tenían que hablar de otros. El fruto de esa salida de la crisis fue 14 maneras de describir la lluvia, que cumplía los dos requisitos.

Jaume Vicent

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Jaume, al que seguramente conoceréis por el blog Excentrya, me manda como imagen un manuscrito que anda ahora corrigiendo. Es el mismo manuscrito del periplo editorial que nos cuenta aquí:

Estuve a punte de dejarlo después de los enormes problemas que tuve con la editorial que debía haber publicado mi primera novela. Me sentía engañado, me sentía muy defraudado y me sentaron muy mal ciertos comentarios personales que me hizo uno de los directores de la editorial, fueron comentarios horribles; una rabieta por haber rescindido mi contrato, un contrato que ellos no estaban cumpliendo.

Me sentí solo, estafado y engañado. Sentí que todo el trabajo que había estado haciendo no valía la pena, que mi trabajo nunca sería lo bastante bueno, que yo no era lo bastante bueno para estar aquí, que nada de todo esto valía la pena, en ese momento, lo único que podía pensar era que en este mundillo sólo hay buitres y ratas.

Por suerte, me sobrepuse, en ese momento estaba trabajando con otras personas y ellas me dieron fuerzas y el empuje necesario para continuar, me ayudaron a confiar en lo que escribo. Desde ese momento dejo que mis historias hablen por mí. La mejor decisión que tomé fue seguir haciendo esto.

Juan Carlos Vicente

Juan carlos vicente

Juan Carlos me envía una foto del documento en que está trabajando ahora. Dice: “Creo que no hay nada que refleje mejor que uno escribe que la propia escritura”. Y me cuenta esta experiencia:

Cuando publiqué el año pasado mi novela Opus, trabajaba como copywriter en régimen de autónomo. Puede parecer algo idílico, trabajar escribiendo, pero, en mi caso, no ha sido así.

La novela Opus está inspirada en mis experiencias trabajando para el Opus Dei (no soy del Opus, ni siquiera afín a la institución de la Iglesia). La mandé a alguna editorial, y recibí alguna carta de rechazo, por lo que decidí optar por la autopublicación en Amazon (Kindle y Createspace).

Al poco, recibí algunos correos poco amables (no amenazas, aclaro) de miembros del Opus y alguna llamada de gente relacionada con mi antiguo trabajo (querían saber qué había salido a la luz), varias llamadas con número oculto a horas intempestivas, y se me cayeron tres clientes que, tras investigar más tarde, descubrí estaban relacionados con la secta.

Entré en una crisis creativa, me agobié por el tema de las facturas, y mi trabajo de copy (teniendo en cuenta que no me entusiasmaba) se resintió en cuanto a productividad.

¿Realmente merecía la pena seguir escribiendo, tener un feedback casi exclusivo (y negativo) de gente relacionada con lo que se contaba en la novela, habiendo vendido apenas 200 libros? ¿No sería mejor escribir de forma privada, sin publicar nada, o esto en realidad es algo contra natura en alguien que lo que pretende es contar historias? ¿Tiene sentido el esfuerzo cuando la recompensa, a veces, es tan pequeña?

Fueron dos meses complicados, sin escribir. Pero “estar liberado” no me hizo más feliz, al contrario.

Es lo malo de la escritura, si te atrapa, ya no hay salida.

Enara López de la Peña

enara lópez de la peña

Enara me manda una foto actual suya, escribiendo. Me gusta su historia, porque estoy convencida de que no hay nada como leer un libro malo para dejar de lado las dudas y los miedos:

Yo soy periodista. Me licencié en el año 2010. Nací en San Sebastián, estudié en Pamplona, estaba de becaria en la Eitb (televisión pública vasca) y cuando acabé me vine a vivir a Jaén con mi pareja, con una beca para el periódico local. Todo parecía que iba a ir como la seda, pero en el último momento rechazaron mi propuesta y terminé trabajando en una tienda de ropa para niños. Algo era, había que sobrevivir, lo sé, y aun así al principio me resultó tremendamente duro. Más que nada porque yo ya tenía una novela en mente, una historia que había empezado a escribir con mucha ilusión. Sin embargo, con este golpe la dejé por completo. Me sentía infravalorada, desechada. Si no servía ni para trabajar de lo mío, escribiendo en un medio de comunicación, ¿quién leería cualquiera de mis textos? Más aún, textos de fantasía o paranormal. ¿A quién le iba a importar lo que podía contar? A nadie, por supuesto.

Estuve un año sin escribir. Ni siquiera lo hacía en las redes sociales, ¿acaso a alguien le interesaría mi vida? ¿Mis palabras? Iba a rendirme, hasta que ocurrió: leí Vampire Academy, de Richelle Mead. Fue una novela que me impactó porque me pareció terrible. Horrible. Mal redactada, mal narrada, mal argumentada, con personajes arquetípicos sin sabor ni atractivo. Y pensé: “Qué demonios, yo puedo escribir algo mejor”. Así que retorné al texto de Word, acabé mi novela Mak, amapola de sangre (en busca de editorial) y ya no pude parar. Hoy día sigo publicando semanalmente textos en mi blog.

Ana Nieto Morillo

ana nieto

Ana me envía una foto con la antología Conjuras, en la que participó hace poco con el relato Los caminos alternativos de la magia. Cualquiera lo diría, sabiendo que estuvo muy cerca de abandonar, y todo por una crítica muy destructiva. Nos cuenta aquí el momento en que casi abandonó:

Cuando terminé mi primera novela. Sí, sé que suena contradictorio. Un profesor insistió en leer aquel tocho y yo (ingenua) se lo presté con gusto. No esperaba alabanzas, sino una crítica dura, pero constructiva. Ansiaba que me leyeran para así conocer mis debilidades y fortalezas… porque algo habría hecho bien, ¿no?

Recibí algo distinto. Una crítica destructiva, la más hiriente de todas las que he ido acumulando en años posteriores… Según él no había nada que mereciese la pena. Trató de convencerme para dejarlo de inmediato, aseguró que estaba desperdiciando mi vida, que como mucho esas cosas se hacían en la vejez. Hizo cuanto estuvo en su mano para que yo creyera que no valía.

Que nunca valdría.

Volví a casa destrozada, escribir era lo que más me gustaba desde que podía recordar. Durante aquella tortuosa tarde me planteé si valdría la pena, pero algo en mi interior —quizá algo que navegaba en mi sangre—, me gritó que no podía hacer eso, pues estaría traicionándome a mí misma.

Ese día curioseando en Youtube me topé con una charla de Jordi Sierra i Fabra en un colegio de Medellín. Jordi les hablaba a los chicos de sus inicios, de cómo fue maltratado en un colegio franquista. Nadie creía en él. Hasta que se dio cuenta de que había alguien que sí lo hacía. ¿Adivináis de quién se trataba? En efecto, ÉL mismo.

Para mí aquello fue una suerte de epifanía.

Ese ha sido mi momento más oscuro, pero me hizo fuerte.

Ignacio J. Borraz

ignacio j. borraz

Creo que Ignacio da en el clavo al proponer un cambio de formato para reiniciarse, para volver a cogerle gusto a la escritura. Me envía una foto suya firmando una antología de varios autores en Sant Jordi, y me cuenta:

Debe de hacer ahora aproximadamente un año. Llevaba más de nueve meses trabajando en la idea de una antología de relatos propios y me di cuenta de que no estaba satisfecho con los que había escrito, idea que compartían mis compañeros y compañeras en la Escuela de Fantasía. De repente, esa realidad me cayó como un mazazo y estuve varias semanas planteándome si valía la pena seguir.

Al final, abandoné la idea de esa antología pero conseguí no abandonar la escritura. Me reinventé, probando con los microrrelatos y poco a poco aparecieron ideas más extensas y he regresado a la senda del relato en estos últimos meses sin abandonar los microrrelatos, formato al que he cogido bastante cariño.

Lola Robles

lola robles

Lola me manda una foto suya reciente, cómo no, escribiendo. Su caso es diferente a los demás que hemos visto. ¿Qué ocurre cuando uno no puede escribir, no por desesperación, sino por algún impedimento físico?

El momento de mi vida en que pensé que no podría seguir escribiendo fue a partir de 2006, cuando empecé a tener problemas visuales severos. Desde niña era muy miope, porque me tocó la bola negra en la herencia genética, pero en 2006 mi degeneración macular avanzó mucho.

Desde entonces he tenido que adaptarme a mis limitaciones. Por fortuna conseguí afiliarme a la ONCE, y gracias a su magnífica biblioteca sonora puedo seguir leyendo. Escucho sus audiolibros y también otros que yo me hago con un programa casero. Gracias a la ONCE también he aprendido a manejar otro programa con el que puedo escribir en el ordenador sin mirar la pantalla, pues la luz me cansa mucho. Asimismo uso un IPhone, en el que hay una aplicación con la que se puede dictar y que lee mensajes y libros digitales.

Para escribir, generalmente redacto la primera versión en una mini grabadora de un texto, luego la escucho y la “paso a limpio” grabándola en otro aparatito. Una vez consigo una versión suficientemente válida la transcribo en el ordenador, y este tiene un programa que me lee los textos, para corregirlos.

En fin, escribo muy despacio, pero la literatura y la escritura son mis pasiones y mientras me sea posible no prescindiré de ellas.

Últimamente paso mucho tiempo sentada con los brazos cruzados y cara de pocas amigas esperando que algunos de mis más recientes artículos y manuscritos míos que andan rodando por ahí sean publicados.

Victor Selles

victor selles

Victor, a quien seguramente conoceréis por el blog Moral de frontera, me envía una foto de su escritorio actual y me habla de escribir y de fumar:

El momento en el que casi dejé de escribir fue el mismo momento en el que dejé de fumar. Cuando abandoné el vicio, me entró el mayor bloqueo de escritor que he tenido nunca. Se supone que para poder vencer la tentación de volver a fumar, debes dejar de hacer todas las actividades que asociabas al tabaco. Y para mí, escribir y fumar eran la misma cosa. Así que tuve que dejar de escribir, y cuando quise volver, era como si se me hubiera olvidado.

Me pasé un año entero sin escribir nada.

Nunca podría haberme imaginado que el humo estaría tan relacionado con la inspiración y con la concentración.

Creo que de verdad estuve a punto de dejarlo del todo. Sin embargo, con bastante esfuerzo y disciplina conseguí superarlo, y ahora escribo con mucha más frecuencia que antes. Por eso sé que nunca volveré a fumar. Para mí, escribir es demasiado necesario.

 C R Villanueva

c r villanueva

Y aquí tenemos otra imagen de una mesa de trabajo, una imagen que representa el trabajo actual de esta autora y bloguera que casi lo dejó por una experiencia muy poco satisfactoria con una agencia:

Fue el momento en el que recibí la respuesta al informe de lectura. Debería haber sido un momento feliz, y lo fue, pero yo me había estado haciendo ilusiones de que a la agencia donde se lo había enviado me lo iba a publicar. En realidad lo único que hicieron fue cobrarme por leer la novela y enviarme un informe donde me decían que todo estaba bien y que el libro tenía un tema interesante. Yo me quedé con cara de: “¿Y qué más?”. Fue todo un poco decepcionante, además se me juntó que comenzaba un nuevo trabajo en un nuevo lugar y las tentaciones de dejarlo fueron más fuertes. Estuve meses sin escribir casi nada, hasta que me di cuenta de que era eso a lo que quería dedicarme, a lo que iba a dedicar mis mayores esfuerzos.

Juan José Hidalgo Díaz

juan jose hidalgo díaz

Fotos como las de Juan José me hacen especial ilusión porque me envía una imagen en el entorno de su trabajo “de día”. Fotos así son un recuerdo de lo que significa escribir incluso cuando tienes una profesión primaria exigente. Me cuenta:

Sé que no es lo que buscas, pero es que nunca he tenido esa sensación. He tenido la sensación de que estaba “dormido”, muchas veces, sobre todo estos últimos seis años (y en particular este año), por falta de tiempo.

Pero es parte de mi ADN el ser escritor, no puedo dejarlo, como no puedo dejar de respirar.

Aun si mi yo del futuro llegara para decirme que jamás escribiré nada que merezca la pena, aun así seguiría escribiendo.

No puedo evitarlo, me han dibujado así.

Desiree Bressend

desiree bressend

Desiree, guionista y escritora transmedia, nos explica así su momento más bajo. La composición que me envía intenta también reflejar en imagen lo que significa sentirse así:

Antes dibujaba, en realidad llenaba un folio con detalles narrativos de lo que iba a contar.  Escribía en privado y mostraba la imagen. No había texto, no había nada que juzgar. En el fondo no tenía nada que ver con lo que quería.

Atravesé un purgatorio, un bloqueo, el no tener textos era no tener rumbo. La gente se movía a mi alrededor por intereses, me sentía desconcertada y me liberé, me fui del mundo como un ermitaño sin rumbo. Era mi guerra y entendí que ya estaba muerta, así que a partir de ahí lo reconstruí todo.

La escritura me ayudó a hacerlo, no sólo la narrativa, también el guion, los videojuegos. La palabra es mi fuente de luz, una manera de comunicarme con un actor, con un lector, incluso con las personas que quiero a través de notas, de evocar sentimientos que de otra manera no podría expresar.

Nuria C. Botey

nuria c. botey

Nuria me envía una imagen del 2013, de la entrega del Premio Nocte 2013 por parte de Juan Ángel Laguna y a David Jasso (Presidente y Presidente Honorífico de la Asociación, respectivamente) por su antología Vosotros justificáis mi existencia. Nuria es madre trabajadora, lo que, inevitablemente, influye en gran medida en su vida creativa:

El momento en que casi dejé de escribir es fácil de identificar, porque coincide con los nacimientos y primeros años de crianza de mis hijos.
Siempre digo que un escritor podrá dejar de publicar, pero nunca de escribir, porque crear historias forma parte de su naturaleza como observador e intérprete de la realidad, y lo mantengo. Sin embargo, reconozco que la maternidad y todas las obligaciones que conlleva (sumadas a otras que no se interrumpen, como el trabajo asalariado con el que pago la hipoteca) me han mantenido alejada de la escritura durante larguísimos periodos. Como cualquier adicción, al principio lo echas de menos, pero poco a poco te acostumbras a no hacerlo. Hasta que un buen día surge esa historia que te exige que le dediques su tiempo y vuelves a robarle horas al sueño (aunque tampoco te sobraban), porque el vicio es así.

Gloria T. Dauden

Gloria T Dauden

A veces para escribir no es necesario sentarse a poner las palabras en el papel. A veces es más importante vivir ciertas experiencias, para saber contarlas luego, como nos dice Gloria:

Durante mi Erasmus en Irlanda no escribí ni una línea de ficción. Es verdad que redacté artículos para el periódico de la universidad, pero nada de relatos ni capítulos de novelas. Fue la única época “vacía” de mi vida desde que, siendo una niña, aprendí a poner por escrito lo que imaginaba.

¿Por qué no escribí en mi Erasmus? Muy fácil. Sabía que iban a ser solo cinco meses y que tenía que exprimirlos, cada día, cada hora. Decidí vivir, viajar, conocer Irlanda a fondo. Conocerme a mí.

Durante todo ese tiempo atesoré vivencias, anécdotas, imágenes, colores, emociones y paisajes. Y luego, a la vuelta, pasada una corta etapa de duelo, de trauma posErasmus, regresé a la escritura con más ganas que nunca.

Toda mi ficción hablaba de Irlanda en esos tiempos y sigue haciéndolo, aunque sea bajo unos disfraces u otros. Irlanda ya nunca me abandonará. Mi escritura estará siempre marcada por esos meses en los que no escribí ni una sola línea.

Javier Trescuadras

javier trescuadras

Para terminar, Javier me envía una foto de la presentación en la librería Gigamesh de Barcelona de su antología Fenómenos extraños (Kelonia Editorial). Aquí está su historia:

Una serie de desafortunadas desdichas, parafraseando la película, casi me hace abandonar la escritura hace un año. La primera fue una novela compleja, que aún permanece inacabada en un cajón, la que me llevó al dique seco de repente. Había escrito otra tiempo atrás (¡conocía el camino!), y buscaba editorial para ella desde hacía doce meses. También tenía una antología de relatos dando tumbos. Total: mil publicaciones colectivas y ninguna propia. Ah, y un cheque de derechos de autor por cincuenta euros, impuestos aparte, en cinco años.

Si algo puede pasar, pasará, decía Murphy; y pasó, me bajaron el sueldo y todo se volvió difícil en casa. Las facturas no entienden de inspiración, ni mis hijos tampoco: “Siempre estás escribiendo”, me reprochaban. Sentí que caminaba por un precipicio. Ofuscado y perdido dejé de escribir por un tiempo (no sé cuánto), ni quiero acordarme. Solo recuerdo que todo seguía igual; por más que lo intentes, a veces nada cambia. Nada menos yo, que fui tremendamente infeliz mientras duró aquel casi.

Sigue escribiendo —me dijo mi mujer un día—, los problemas no desaparecen, pero al menos tendrás otra cara”.

Gracias a ella fue solo un casi.

¿Y tú? ¿Cuál fue el momento en que casi abandonaste?

Puedes contármelo aquí, en los comentarios.


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Cómo saber si tu libro está listo para publicarse (y otros recortes literarios)

junio 19, 2015 — by Gabriella11

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Por un lado, creemos que somos buenos. Somos mejores que la media, por lo menos (¿verdad? ¡Dime que sí!). A veces escribimos frases de esas que queremos enmarcar y colgar en la entrada de nuestra casa para que cualquier visita tenga que verlas, quiera o no (¿un café? ¿un vino? ¿un poema enmarcado, ilustrado y dedicado para llevarle a tu familia?).

Por otro, estamos profundamente convencidos de que lo que hacemos es caca. Caca muy clarita, apestosa, blanda. Y queremos ocultar lo que escribimos, matarlo y enterrarlo bajo el manzano al fondo del jardín. Sí, ahí, en el mismo sitio donde enterraste a tus ocho exnovios y a ese señor de la pescadería que una vez te miró mal.

Y en algún sitio intermedio está el mundo real, ese mundo supuestamente objetivo que va a considerar si lo que hemos escrito tiene algún valor o no. Y muchos esperamos, nerviosos, arrancándonos el pelo poco a poco, queriendo que un extraño nos diga la verdad; que nos diga si esto merece la pena. Si estaba o no estaba listo para publicarse.

Todo nuestro trabajo en manos de alguien a quien ni conocemos. ¿No os parece alucinante? Ridículo, también. Pero alucinante.

Hay escritores que no viven con esta batalla, o que no dependen, en absoluto, de una validación exterior. Para ellos el lector definitivo es uno mismo. Yo envidio un poco a esos escritores. Otros muchos fingen ser como esos escritores, diciendo que las opiniones sobre su trabajo no les importan. Pero creo que hasta cierto punto las opiniones de los lectores, de los intermediarios y de los críticos sí deben importar, porque nos sirven (repito: hasta cierto punto) de veleta, para ver hacia dónde sopla el viento de nuestro trabajo y determinación.

Por todo esto, el miedo a publicar, a liberar nuestra obra, es grande. ¿Y si no está lista? ¿Y si hago el más espantoso ridículo? Yo creo que está bien, pero… ¿hay alguna forma objetiva de saberlo? Si uno se autoedita, por ejemplo, no pasa por el filtro de una editorial. No ha habido ningún portero de discoteca que te haya mirado de arriba abajo y haya considerado que sí, que tus pintas están lo bastante bien como para entrar en este club exclusivo (por suerte, en Fuengirola, meca del turismo más lucido, de eso tenemos poco. Llevar camiseta ya te hace merecedor del aprecio de todo el local).

Para intentar responder a alguna de estas preguntas, recurro a una entrevista que leí hace poco, en la que la escritora y especialista en autoedición Joanna Penn hablaba con Jen Blood, su correctora de estilo y también autora de éxito.

Blood y cómo saber si tu libro está listo

jen blood

Con el nuevo modelo, en el que tenemos que escogernos a nosotros mismos, ¿cómo sabe la gente si su libro es lo bastante bueno como para publicarlo?

Jen: Esa es una pregunta difícil. Definitivamente, es difícil. Ahí es donde vienen muy bien los lectores cero, porque hablamos de gente que está empezando. Una vez tienes ya un libro o dos ya publicados, obviamente tienes un poco más de experiencia y sabes que puedes hacerlo. Al principio se trata de tener uno o dos lectores cero, y un editor/corrector en quien puedas confiar, a quien no le dé miedo decirte: “¿Sabes qué? Creo que no estás preparado todavía para lanzar esto”. Realmente es un acto de fe.

Se trata de decidir: “Vale, pues esto es lo que quiero, y lo quiero con tanta fuerza que estoy dispuesto/a a asumir el riesgo. Porque todo escritor, da igual lo bueno que sea, si es un autor autoeditado, va a tener esas dudas. Es cuestión de dar ese salto y ver qué pasa desde ahí, pero antes de dar el salto: lectores cero, un editor/corrector en quien confíes y ya avanzas a partir de ahí.

Creo que ya he hablado alguna vez de lo útiles que son los lectores cero, pero también es importante (sobre todo al principio, y sobre todo si te autoeditas) tener alguna figura profesional, ya sea un editor, asesor, lector editorial o corrector de estilo, que pueda guiarte. Necesitas a alguien que pueda señalar tus errores más frecuentes de estilo, que pueda decirte dónde fallan tus estructuras, qué debes mejorar y, lo más importante, si tu libro está en condiciones de publicarse.

Blood habla de editor, pero lo he traducido como editor/corrector, para daros una idea más práctica de aquello a lo que se refiere. Blood hace line editing, corrección de estilo, y también es editora en el sentido antiguo: edita, es correctora de contenidos; busca todo lo que puede mejorarse en la estructura y los contenidos de una obra. Con un mercado de autoedición cada vez mayor en EEUU, cada vez se recurre más a profesionales como Blood, que ocupan el espacio que tienen editor y corrector de estilo en las editoriales tradicionales.

Muchos ya sabéis que durante un tiempo realicé informes de lectura, tanto para editoriales como para particulares, que eran una suerte de recopilatorios de edición y sugerencias de corrección, todo condensado en unas 5-10 páginas. Realizaba también una valoración comercial dentro del informe, y más de una vez he comentado con algún cliente que sería recomendable subsanar determinados errores y carencias antes de plantearse el envío a editoriales (sobre todo trabajaba con personas que buscaban publicación en el mercado tradicional, aunque también he trabajado con algún autoeditado). Creo que un informe es ideal para tener una idea en conjunto, como mínimo. Obviamente, en un mundo perfecto todos los autores invertirían también en una buena edición estructural y en una corrección de estilo, pero no estamos en un mundo perfecto y las correcciones suponen una inversión importante. Así que, si tenéis la suerte de contar con buenos lectores cero, aprovechadlos, y si podéis invertir un poco de dinero en informes y/o correcciones, realmente lo recomiendo. (Como es evidente, este consejo podría parecer algo interesado, pero podréis ver que internet está lleno de lectores profesionales con muy buenos precios. Obviamente no recomiendo ir al más barato, pero podéis obtener buenos informes a precios más que razonables). Creo que esos dos filtros son importantes para:

  • Saber si vuestra obra ya puede compartirse con el mundo y, en caso negativo, qué podéis hacer para que lo esté, y
  • Solucionar todos los errores objetivos de trama y estilo para ofrecer un producto lo más perfecto posible a vuestros lectores.

Una última nota respecto a los informes de lectura: recordad que un informe es un texto objetivo, donde no debería entrar en gran medida la valoración subjetiva del lector. Desconfiad de lectores supuestamente profesionales que os digan que vuestra obra es lo mejor que se ha escrito desde el Ulises. Cada vez veo más casos donde editoriales de coedición y similares interesadas en vender sus servicios utilizan los informes de lectura como cebo. Lo cual no tiene nada de malo si producen informes útiles, pero recordad que el que alaben vuestro texto es muy satisfactorio, pero poco útil.

Parks y la unión de autor y texto

tim parks

Recuerdo haber conocido a Coetzee, después de haber leído sus libros durante muchos años, y sentirme asombrado por la sensación de reconocimiento; la atmósfera inducida en su conversación, la extraña conciencia de tanto austeridad como calidez por su parte, alejamiento y apertura, era exactamente la misma sensación que uno tiene al leer sus novelas. Fue después de esa reunión que se me ocurrió que el genio literario es la capacidad de integrar a los lectores en el mundo de sensaciones de uno mismo, con todos sus matices y complejidad, y forzarlos a posicionarse en relación a ti.

En un artículo brillante para The New York Review of Books, llamado The Writer’s Shadow (La sombra del escritor), Tim Parks habla del acercamiento a los autores mediante sus textos. De las distancias cortas entre escritor y lector, y de los parecidos entre textos y autores.

Creo que alguna vez os hablé de cómo me gustaba buscar al autor en los textos. Sus emociones, reflexiones, personalidad, sus traumas. No hablo de lo evidente, esa presencia vulgar de la filosofía y opinión (incluso moralidad) de un mal escritor en su libro. No, hablo de la voz. Esa voz que escuchas, que resulta que sí, que es su voz cuando conoces al escritor o escritora en cuestión. Y no solo la voz: los movimientos (mentales, casi físicos), los miedos, lo que perturba a un escritor. Si un autor es valiente, si es bueno, mostrará todas sus carnes abiertas para ti. No me extraña, en cierta manera, que algunos autores huyan del contacto con sus lectores. A mí me recorre un escalofrío cuando alguien pone el dedo en la llaga, cuando alguien dice: “Pero aquí, esta lucha de este personajes, este momento de…”. Temo ese momento, temo ser descubierta. Es mucho más que desnudarse. Es desnudarse haciendo algo terriblemente vergonzoso y que luego, vestida, con la cabeza bien levantada y digna, llegue alguien y te diga: “Te he visto cuando hacías eso”. E igual esa persona sonríe, o está muy seria, y tú solo quieres que se abra la tierra y disolverte en magma.

Filipacchi y la diferencia entre las fotos de autor y de autora

El mundo de las fotos de autor es fascinante. Esas poses que se repiten, esas miradas al vacío, ese ceño fruncido de chico malo, esos labios coquetos y seductores… Nunca me lo había planteado, pero cuanto más lo pienso, más empiezo a verlo: las fotos de hombres y mujeres son muy diferentes cuando son para las solapas de un libro. Ya de por sí nuestro lenguaje gestual es distinto, pero hay todo un conjunto de baremos y reglas para cómo debe ser una foto de autor y cómo debe ser una de autora. Al fin y al cabo, ¿qué estamos vendiendo? Si eres un escritor de poesía oscura y maldita, no te pega una foto de piernas cruzadas y sonriente. Si eres escritora de romántica, tu foto te mostrará muy mona, muy maquillada y muy femenina. Y así todo, por lo menos para las editoriales lo bastante grandes como para que su departamento de marketing se llene la boca con palabras como branding y target y posicionamiento.

Algo así debió de pensar la escritora Amanda Filipacchi cuando decidió que se haría una foto de autor, de escritor. Es decir: iba a posar como un hombre.

En el New York Times explica por qué. Contó toda su experiencia, incluida la confusión de su fotógrafa, acostumbrada a tratar con clientes que tenían muy claro su rol: sobrio y serio para los hombres; leve flirteo y feminidad exaltada para las mujeres. Amanda razona aquí su decisión:

amanda filipacchi

En un pasaje de su novela El mundo deslumbante, Siri Hustvedt habla del Estudio Goldberg, un experimento real que se llevó a cabo por primera vez en 1968, que descubrió que las estudiantes valoraban un ensayo o un producto artístico con mayor severidad cuando se les adjudicaba un autor femenino. Los trabajos eran idénticos, pero a las estudiantes les gustaban más si los había creado un hombre. El experimento se repitió quince años más tarde, esta vez con estudiantes de ambos sexos, y produjo los mismos resultados.

Me pregunto cuál sería el resultado de ese experimento ahora, en el 2015. ¿Seguimos siendo más permisivos con las obras creadas por hombres? ¿Hay tal sesgo negativo hacia la mujer (en particular, la mujer creadora)? Para Filipacchi, había el suficiente como para plantearse de qué manera afectaría a sus lectores ver una fotografía donde la autora adoptara poses típicamente masculinas (rigidez, puño cerrado, semblante serio). Tal vez pensaba que así vendería más libros. Supongo que no hay manera realista de saber cómo influirá esto en sus lectores, pero desde luego es una propuesta interesante. Hablamos de cómo crear personajes femeninos y nos preguntamos si los nuestros serán más que bonitos objetos decorativos, pero puede que nos estemos olvidando de algo también importante: ¿estamos condicionando, separando, también a los autores por sexo? ¿Damos tanto por sentado lo que busca el público que nos empeñamos en presentar a las escritoras como sex-symbols, a los escritores como gamberros, misteriosos o intelectuales? Según varios estudios, los hombres se sienten más atraídos por mujeres que los miran de frente y sonríen, ¿es ese un impulso comercial suficiente como para que todas las que escribimos tengamos que mostrarnos así ante nuestros posibles lectores? ¿Y hasta qué punto influye la foto de autor, de todos modos?

Creando mundos nuevos con Pinker y Hofstede

Lecturonauta publicó un claro e instructivo artículo sobre el modelo de las cinco dimensiones de Gerard Hendrik Hofstede. Este tipo de psicología social es muy útil para aquellos que quieran trabajar con sociedades nuevas, ficticias:

El Modelo de las Cinco Dimensiones de Hofstede puede utilizarse para muchas cosas en la escritura: cimentar la esencia de una sociedad ficticia, caracterizar personajes según la cultura a la que pertenecen, comprender y reflejar la conducta de culturas ajenas, diferenciar la forma de vida de dos culturas distintas… Como todo escritor sabe, la información es poder.

Y sí, el modelo de las cinco dimensiones nos proporciona toda una suerte de contenidos útiles para determinar cómo se relacionan entre sí los habitantes de la sociedad que estamos creando, ya sea una sociedad basada en realidad histórica o una completamente nueva, fantástica, alienígena o lo que sea. Por otro lado, me gusta mucho este cuadro que encontré de Stephen Pinker, donde expone varios de los modelos relacionales más conocidos (podéis encontrar buenas explicaciones de cada modelo en su obra, que siempre recomiendo, Los ángeles que llevamos dentro). Entre la información de Hofstede y los modelos de estos grandes sociólogos y antropólogos, podemos elegir con ganas cómo será nuestra sociedad: la base de su relación social será lo que nos indicará todo lo demás. Podremos construir religiones, costumbres, motivaciones de personajes… Lo que ahora se llama worldbuilding, pero a lo bruto:

modelos relacionales

Si todo esto os parece mucho trabajo, siempre podéis tomar como base alguna sociedad existente. Momentos históricos como la Revolución Industrial, la Guerra Civil española o la caída del Imperio Romano pueden ser bases apasionantes para crear sociedades coherentes, verosímiles y, ante todo, interesantes (es lo que tiene estar al borde del caos). El límite, después de todo, es nuestra imaginación, pero es crucial entender cómo suelen operar las relaciones sociales para crear grupos funcionales y creíbles.

Cain y las terribles obligaciones de la libertad

Una de las cosas curiosas de ser escritora es que adquieres una obsesión extraordinaria con el lenguaje, sobre todo con tu lenguaje, el que sale de tu boca y el que hace bailoteos obscenos en tu cerebro. Hace ya un par de años decidí modificar mi forma de hablar, hacerlo cómplice de mi forma de pensar. Ya bastaba de pensamientos que no llevaban a ninguna parte. Ya bastaba de emitir quejas y hablar por hablar (lo de hablar por hablar lo sigo haciendo mucho; me gustaría pensar que voy mejorando). Uno de los cambios más importantes que he realizado es el de procurar modificar el “no puedo” por el “no quiero”. Sí, hay veces que realmente no puedes hacer algo (no puedes salir de casa si ha caído un meteorito que bloquea la puerta). Otras, te engañas. No quiero salir de casa. No hay ningún meteorito. No quiero escribir hoy todo lo que tengo que escribir. Ah, mierda, no, esa nunca me sirve. Hoy siempre hay que escribir.

En un artículo de David Cain, muy bien llamado You Are Free, Like it or Not (Eres libre, te guste o no) leí sobre el concepto de mala fe (bad faith). La mala fe es el encogimiento de hombros, esa confianza absoluta en algo que, simplemente, no es verdad:

david cain

Esto es mala fe: cuando nos convencemos de que somos menos libres de lo que realmente somos, para no tener que sentirnos responsables de aquello en lo que nos vamos convirtiendo. Realmente parece que tienes que levantarte a las 7 cada lunes, porque hay constricciones como tu trabajo, el horario de tu familia, y tus necesidades físicas no te ofrecen más posibilidades. Pero no es verdad: puedes poner el despertador para la hora que quieras, y eres libre de explorar qué es lo que cambia en tu vida cuando lo haces. No tienes que hacer las cosas de la manera en las que las has hecho siempre, y eso es verdad en cada momento en que estés con vida. Y sin embargo tenemos la sensación de que casi siempre avanzamos por una vía bastante rígida.

Las decisiones conllevan una terrible responsabilidad, y tantas veces es más fácil echarle la culpa a condicionantes externos para no hacer aquello que en realidad queremos hacer. O nos desligamos de las decisiones que hemos tomado, quejándonos de nuestra vida como si fuera fruto solo de la suerte y de las acciones de otros. No queremos (ni sabemos) ser responsables de nuestra existencia.

Con escribir pasa algo parecido. Hay tantos escritores que quieren ser, que quieren conseguir, que se quejan y lamentan y se rasgan las vestiduras por el terrible estado del sector editorial y de un público injusto que prefiere comprar los libros de Dan Brown en vez de los suyos. Sería muy fácil para mí decir “es que no puedo llegar a nada en este mercado”. Pero lo cierto es que no quiero: no quiero llenar los muros y timelines de todos mis amigos con grito tras grito para que compren mi libro, no quiero escribir sobre aquello que le gusta a la mayoría, no quiero ser todo eso que se supone que debe ser un superventas. Y a la vez no quiero, no, no quiero invertir más horas de esfuerzo en escribir, aprender, leer (¡más!) para mejorar a pasos agigantados. Voy a mi ritmo, pasito a pasito. “Poco a poco” es mi mantra, mi consuelo cuando no obtengo las ventas, el éxito, las reacciones que quiero.

Poco a poco.

Paso a paso.

Pero cada paso es mío, de nadie más:

david cain

En esencia, todas las situaciones de mala fe son actuaciones de algún tipo, en las que actuamos como si nuestras manos estuvieran atadas. Intentamos convencernos (a menudo a través de nuestro intento de persuasión para otros) de que realmente no podemos hacer lo correcto, cuando en realidad simplemente no queremos.

¿Y si dejásemos de actuar?

 



el cielo roto"—¿Quieres que hable con él? ¿Es eso? ¿Quieres que lo resucite? 

El galgo batió la cola con más fuerza y se tumbó ante el chico, entre los cadáveres de una anciana y un niño de seis o siete años con ojos de tiburón. 

Winston esperaba un nuevo truco de magia".

(Engánchate ya a El cielo roto, de Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina).

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9 cosas que le diría a la niña que empezó a escribir

abril 28, 2015 — by Gabriella44

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Cuando tenía unos seis años, justo antes de venir a España, escribí mi primer cuento.

Bueno, no sé si fue el primero, pero es el primero que recuerdo, igual que recuerdo el primero que escribió mi hermano (vagamente). Creo que el suyo iba de una patineta asesina. O una patineta valiente. No sé.

El mío iba sobre un águila marrón o algo así. Hice un dibujo en el cuento y recuerdo ese garabato marrón que parecía un pájaro, si lo mirabas de lejos con los ojos entrecerrados.

A día de hoy mi hermano se dedica a los ordenadores y yo escribo. Pero tengo que reconocer que la idea de la patineta asesina molaba más. Tal vez el mundo se está perdiendo a un genio de la narrativa. Desde luego lo de inventarse historias se le da genial, sobre todo cuando llega tarde.

No es que me arrepienta de las decisiones que tomé y del camino recorrido. Si tuviera la oportunidad de volver atrás en el tiempo y de decirle algo a esa niña de seis años que empezó a escribir, probablemente no serviría de mucho. Tal vez sería más útil hablar con la chica de diecisiete, antes de que fuera a la universidad.

En las firmas de libros me encuentro con lectores que están en ese momento. Lectores que quieren ser escritores. Es una de las cosas que más me gusta de haber publicado juvenil. Tratas con personas que están en un momento clave de sus vidas. Que saben que quieren escribir pero no saben cómo hacerlo, en qué dirección marchar. También me lo preguntan de vez en cuando por correo.

No sé si mis consejos sirven de mucho. He estado exactamente donde están ellos ahora y a veces creo que sé cuáles serían las mejores opciones. Cada uno tiene que tomar sus propias decisiones y aprender de los resultados. Pero tal vez estas reflexiones puedan ser de alguna utilidad:

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El método de Bradbury para lidiar con el rechazo editorial (y otros recortes de la semana)

abril 24, 2015 — by Gabriella14

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Creo que para mí el mejor momento de la semana es el viernes a mediodía, cuando compongo el artículo de recortes para el blog y me tomo la primera cerveza del finde.

Es como hacer un repaso sesudo de lo más interesante que has leído en los últimos siete días, mientras te aseguras de ir mermando poco a poco tus capacidades intelectuales. Es un poco como rendirse y decir “ya está, ya lo he dado todo. Ahí tenéis todo lo que he pensado desde el lunes. Ahora ya no tengo que pensar más“.

Como todas, ha sido una semana intensa, de trabajar mucho y de realizar una serie de enfrentamientos físicos y emocionales que me han dejado exhausta. Se suponía que esto de enfrentarte a tus temores te hacía más fuerte, ¿no? A mí siempre me deja temblando. Desde hace un tiempo tengo la idea de que si algo es difícil, razón de más para hacerlo. Ya sabéis, lo que dicen en todos los libros de autoayuda. Hay otra cosa que no te dicen los libros de autoayuda: el 90% de las veces te vas a llevar la hostia. Las razones por las que tenemos miedos muchas veces son lógicas. Las cosas son difíciles porque son difíciles, si no, las haríamos sin pensar.

Pero creo que el 10% de veces que no te llevas la hostia ocurren hechos sorprendentes. Y así no me quedo nunca sin ideas para relatos y siempre tengo algo que contarle a la gente en reuniones de esas incómodas en las que pasa un ángel y nadie tiene nada interesante que decir.