Oh, la procrastinación. “Vuelva usted mañana“. Enemiga de musas, premios, resultados. Triste nombre (bueno, triste no, como palabra me parece megabonica) para definir esa sensación de inevitable aplazamiento, ese bucle infinito de “ya lo haré luego”.

A menudo la procrastinación se convierte en una entidad casi superior, en un ataque directo a nuestro poder de decisión, al igual que esa vocecilla de “eh, tienes que terminarte esa bolsa de patatas fritas, no vas a dejarlas ahí, ¿verdad?”. Es una pérdida de control, una patada al lóbulo frontal del cerebro. Uno se rinde a su destino y su destino es no terminar nunca nada (ni dejarse sin vaciar una bolsa de patatas).

Lo gracioso es que esa especie de divinidad malévola ni siquiera existe. Claro que podemos dejar sin terminar la bolsa de patatas (¿y dejarlas ahí? ¡Qué desperdicio!). Claro que podemos hacer esa tarea ahora mismo (¡pero por qué, si mañana también puedo!).

El peligro suele partir de una distancia insalvable entre las decisiones que tomamos en caliente y las experiencias reales, en frío. Esta distancia empática produce un problema de cognición por el que no visualizamos, realmente, cómo será llevar a cabo las partes más difíciles o tediosas de un proceso. Es por esto por lo que tantas personas empiezan proyectos que luego nunca acaban: tienen una visión feliz y abstracta de su meta, pero no realizan una apreciación realista de lo que significará realizar todo el trabajo, día a día. Seguro que os suena: uno va por primera vez al gimnasio, todo es nuevo y entusiasta, se lía a hacer pesas como un loco, le salen las endorfinas por las orejas y piensa que eso podrá hacerlo todos los días, siempre, pase lo que pase (y ocho clases de zumba también). La realidad es que a la segunda semana, perdido el entusiasmo, se levanta un día cansado, mira el despertador y dice: “no, hoy no”. Y al día siguiente, tampoco. Etc.

Hay excusas muy válidas para procrastinar. Por ejemplo: bañarse en bolingas en la playa de noche. Mucho mejor que acabar ese informe sobre la tala de alcornoques en Canadá, dónde va a parar.

Por supuesto hay tareas horribles que simplemente no queremos hacer y que vamos retrasando, aunque sabemos que tarde o temprano tendremos que enfrentarnos a ellas. Pero la realidad es que, por lo general, las tareas en las que tendemos a procrastinar son más bien las que surgen como resultado de lo explicado en el párrafo anterior: lo que en un principio parecía posible y hasta atractivo ahora se ha convertido en aburrido, difícil y en apariencia inútil. Además, dejar algo para mañana mitiga nuestra sensación de culpabilidad: al fin y al cabo no has dejado de hacer algo, no lo has abandonado, simplemente lo has movido a ese tiempo esperanzado y optimista que es el futuro. Por desgracia, tendemos a olvidar que mañana es simplemente hoy con otra fecha.

La procrastinación ha sido siempre uno de mis mayores vicios. Sí, yo era de las que estudiaba para el examen la última noche. Siempre he tenido buena memoria, así que así pude, poco a poco, ir superando los primeros baches académicos. Incluso en la universidad, nunca llegué a alcanzar la mentalidad de “proyecto” que muchas asignaturas exigían, de saber repartirse el tiempo. Vivía bastante estresada, como os podéis imaginar. También es cierto que había muchos otros factores que contribuían a esta actitud, pero con el paso de los años me di cuenta de que no podía seguir echándole la culpa a esos factores. Era hora de tomar acción. No mañana, no. Ahora.

Tardé, como buena procrastinadora. No fue hasta hace cinco años o así que me puse en serio a leer a todo tipo de autores y especialistas en este curioso problema que parece afectarnos a casi todos. Lo cierto es que hay mil trucos y consejos ahí fuera, pero yo me he propuesto traeros hoy lo mejor de lo mejor; o por lo menos lo que me ha funcionado a mí y lo que veo que ha funcionado a otros autores. Aquello que da resultados reales para aquellos que tenemos la disciplina de un boniato (aunque, no sé, lo de estarse quietos y naranjas por dentro se les da muy bien).

Para los que escribimos, estas consideraciones son fundamentales: estamos acostumbrados a trabajar con proyectos grandes, que no obtienen resultados inmediatos, con metas que de entrada parecen inalcanzables y que por sí solas no son nada motivadoras. Así que ahí va el primero (y tal vez el más importante):

1. Crea un hábito

¿Cuál es la mejor forma de engañar a esa voz en tu cabeza? Eliminándola por completo. Y la única forma de eliminarla es hacer que deje de existir, que no sea una opción.

Los hábitos funcionan muy bien para tareas en las que procrastinamos constantemente. Si te toca ir al dentista, difícil será crearte el hábito de ir al dentista (aunque gente hay pa tó). Pero si lo que te cuesta es ponerte a escribir, por ejemplo, vas a necesitar convertirlo en una costumbre, para que te sea tan natural como desayunar por la mañana, cepillarte los dientes antes de dormir o darle de comer al panda gigante a la hora del aperitivo.

¿Cómo se crea un hábito? Pongo como ejemplo el de escribir, que es de lo que siempre hablamos por aquí, pero podéis sustituirlo por cualquier otra cosa. En este blog he tratado bastante todo este tema, pero los fundamentos básicos son los siguientes:

  1. Debes empezar con un mínimo diminuto, tan ridículamente fácil que no haya excusa posible para no llevarlo a cabo. Yo empecé con 200 palabras, pero pueden ser incluso menos. 100, si quieres. 50. 10. Lo importante es sentarse a escribir, acostumbrar a tu cuerpo y mente a realizar esa acción. Y por esa memoria mecánica, es importante también…
  2. Realizar el hábito todos los días a la misma hora, en las mismas circunstancias. Es evidente que algunos días esto no será posible (tendrás que cambiar de entorno o puede surgir algo urgente que te haga cambiar de hora), pero intenta hacerlo así siempre que puedas, para que tu mente asocie ese ambiente y horario con el hábito de escribir.
  3. Solo trabajar en un hábito a la vez. En todos los casos que he visto (míos incluidos) en los que intentaban desarrollarse varios hábitos a la vez, esto ha resultado en fracaso. Recuerda: caliente-frío; tenemos que salvar esa distancia. Ahora crees que puedes hacer muchas cosas, dentro de dos semanas lo verás de otro modo.
  4. Intenta hacerlo durante, por lo menos, 30 días. Hay mucha discusión sobre cuánto se tarda en formar un hábito. Algunos dicen que 21 días, otros que 30, pero estudios más recientes apuntan a que puede ser incluso 90, según la actividad realizada. Yo descubrí que 30 fueron más que suficientes para que no pudiera ya perderme ni un día de escritura, pero otro tipo de acciones (como, por ejemplo, hacer ejercicio), necesitan de mucho más tiempo.
  5. ¡No rompas la cadena! Hay una anécdota muy conocida sobre el cómico estadounidense Jerry Seinfeld, que contó cuando le preguntaron cómo podía generar tantísimo material nuevo. Dijo que tenía el compromiso de escribir por lo menos un chiste nuevo al día, y para ello marcaba en el calendario cada día que lo conseguía. Al cabo de un tiempo, le daba tanta rabia romper esa cadena de días tachados que no tenía más remedio que seguir adelante. Yo no marco los días en el calendario, pero llevo escribiendo a diario desde diciembre de 2013. Romper ese récord me parece ahora inconcebible.
  6. Una vez has implementado bien el hábito, prueba a ampliar un poco tu mínimo y a sumarle otros hábitos asociados. Por ejemplo, si tienes la costumbre de escribir un mínimo de quince minutos diarios, puedes encadenarlo con otros quince minutos de corrección, de documentación o de lectura.
  7. Y si fallas, no desesperes. Estas cosas pasan. Lo importante es que nunca falles dos días seguidos. No te desanimes y al día siguiente sigue adelante como si aquello no hubiera ocurrido.

Hay una teoría de que la disciplina se agota conforme avanza el día. Es algo que se está debatiendo, pero conviene hacerle algo de caso. Aunque no seáis madrugadoresprocurad llevar a cabo el hábito (sobre todo los primeros meses) a primera hora de la mañana, antes de que las exigencias del día os dejen agotados. Llegará el momento en que la costumbre sea tan fuerte que ni os plantearéis si hacer una tarea o no: no hay procrastinación posible cuando uno tiene un hábito bien implementado. Además, la sensación agradable de haber conseguido hacer ya lo más importante y difícil tan temprano os dará satisfacción y confianza en vosotros mismos para el resto del día.

2. Empieza

Sí, ya sé que parece que opto por la respuesta tradicional ante la procrastinación: simplemente hazlo. Pero no es eso, exactamente. Muchas veces nuestra resistencia a hacer algo no se limita a la pereza, sino a toda una serie de emociones negativas que se pelean en nuestra cabeza (como un club de la lucha de sentimientos muy encontrados y muy cachas) o a una gran falta de concentración. Puede mitigarse este bloqueo haciendo una especie de “trato” con uno mismo: vale, voy a ponerme, pero solo durante cinco minutos. Luego podré ir a beber cerveza, destripar zombis y asesinar a un tirano interespacial (lo de todos los viernes por la noche, vamos).

Lo curioso es que, una vez superado ese bloqueo, entramos pronto en un estado de concentración y esos cinco minutos suelen acabar en media hora. Lo importante, ante todo, es el enfoque. Una de las maneras más comunes de procrastinar (y ni siquiera nos damos cuenta de ello), es la distracción. Si estamos ante tareas que nos resultan difíciles o aburridas, es fácil darle a la pestañita de Facebook o mirar el móvil. De nuevo, haz ese trato: voy a hacer cinco minutos, pero voy a apagar el wifi y desactivar las notificaciones del teléfono. La buena noticia, además, es que cuanto más ignores tu instinto de procrastinación, cuantas más veces ejercites el músculo de empezar, más fácil te irá resultando y más difícil resultará que dejes tareas para luego. Una buena costumbre en este sentido es, si das con una tarea que puedes hacer en menos de dos minutos, simplemente hacerla, sobre la marcha. Nos ahorramos así gasto de energía mental en tomar decisiones (hacer, no hacer y cuándo) y entrenamos a nuestro cerebro para que reaccione de manera activa a este tipo de necesidades (siempre que sean tareas y necesidades, y no el impulso de abrir, otra vez, la pestañita de Facebook).

Es frecuente ver comentarios de gente del tipo: “no lo entiendo, llevo ocho horas trabajando sin parar y apenas he hecho nada”. Con concentración absoluta (¡y una buena planificación!), podrían haber hecho el doble de trabajo en la mitad de tiempo. Como siempre, recomiendo para ello programas de bloqueo como Freedom (el enlace lleva al producto Mac; también está disponible para PC) o plugins gratuitos como Leechblock para Firefox o StayFocusd para Chrome. También es recomendable recurrir a tiempos cortos pero intensivos, como los 25 minutos del pomodoro. Lo cual me lleva al siguiente punto:

3. Divide la tarea en partes pequeñas

Muchos trabajan muy bien en esas secuencias pomodoro de 25 minutos (hay temporizadores para ello, como KeepFocused), con descansos de cinco minutos; otros prefieren secuencias más largas con descansos más largos. Todo depende de lo que suelas tardar en entrar en tu momento máximo de concentración (ese maravilloso flow): algunos escritores necesitan por lo menos 90 minutos para alcanzar un estado mental adecuado (y otros tardan toda la vida, jajaja. Perdón). Aunque es cierto que una sesión de trabajo larga puede producir resultados muy distintos a una sesión corta (cualquiera que haya hecho una sesión de varias horas de escritura sabe de lo que hablo), de nada sirve si no conseguimos sentarnos a escribir. Y la escritura es una tarea muy ingrata; como he dicho antes, es difícil medir los beneficios, objetivos y resultados cuando estás trabajando en una novela de 200000 palabras. Yo puedo largar 4000 palabras del tirón al hacer un artículo, temerosa de levantarme siquiera para no perder ideas y el hilo de pensamiento, y luego dedicar como mínimo una hora a editar, buscar imágenes y corregir, pero sé que tendré una recompensa casi inmediata: lo compartiré y recibirá, con suerte, algún tipo de interacción con mis lectores. Pero la idea de sentarme a escribir 4000 palabras a diario de mi novela me da ganas de tirarla por la ventana (no sé si empezáis a ver un patrón aquí conmigo: expreso mi frustración tirando cosas por la ventana. Por lo menos en mi imaginación. Sí, solo en mi imaginación. Risa maquiavélica).

Las tareas largas y abstractas son aquellas en las que más procrastinamos, porque no obtenemos una recompensa, no entendemos de forma inmediata su valor. Si ponemos en una balanza lo malo (pereza, miedo, aburrimiento, frustración) y lo bueno (posible publicación, satisfacción de terminar un proyecto grande), va a ganar lo malo. ¿Cómo lidiar entonces con ello?

Sencillo: no lo veas como una tarea grande y abstracta. Conviértela en un montón de tareas pequeñas y muy concretas. Crea una lista de objetivos para tu proyecto; un número de palabras que tienes que conseguir al día; cualquier objetivo para cada pequeña sesión. Así, la sensación de victoria, de haber conseguido algo, actuará como heroína de la mala para tu cerebro y este decidirá que eso de ponerse a escribir no estaba tan mal, después de todo, ni daba tanta pereza.

Puedes empezar con sesiones muy cortitas y luego ir ampliando. Experimenta. Puedes ser como Anthony Trollope, que escribió más de 40 libros a lo largo de su vida, usando sesiones de solo quince minutos. Trollope se proponía escribir 250 palabras en cada sesión de 15 minutos. Trabajaba con estos intervalos durante tres horas diarias, produciendo una cantidad ingente de palabras. Recordad que los primeros borradores no suelen producirse mirando al techo intentando componer la palabra perfecta: se producen escribiendo, escribiendo muchísimo.

4. Inevitabilidad del entorno

Otro de mis favoritos. Si realmente no tienes voluntad ninguna, haz que tu entorno haga todo el trabajo por ti. Haz que tus amigos (o una página web) te cobren cuando no cumplas con la tarea prometida. Que tus zapatillas estén junto a la cama para salir a correr. Que la comida que más engorda esté en la balda más alta de la despensa, en la parte más escondida de la nevera. Que alguien te pegue cuando te distraigas. Que todo lo que te rodee esté programado para obligarte a realizar la tarea que no te apetece. Es evidente que si tienes una familia grande con ocho niños y dos tigres albinos esto va a ser complicado (sobre todo por lo de andar protegiendo a los tigres del sol, que todos sabemos lo cansino que es eso), pero si tienes la suerte de tener algún control sobre tu entorno, aprovéchalo. Ten una habitación que solo usas para dormir, para que solo sentarte en la cama, aunque no quieras dormir, ya te dé sueño. Ten un ordenador para trabajar desconectado/a siempre de internet. Hay mil trucos y formas para que no tengas más remedio que hacer aquello que no te apetece en absoluto hacer.

(Más sobre la adecuación del entorno en mi artículo sobre cómo trabajar cuando no tienes fuerza de voluntad).

5. Entender por qué procrastinas

Después de todo lo dicho, es importante insistir en algo fundamental: todo esto no sirve de nada si estás trabajando en una tarea en la que realmente no quieres trabajar. Puedes obligarte y forzarte todo lo que quieras: esa tarea se irá postergando.

¿Por qué procrastinamos? Hay todo tipo de teorías. Miedo a no estar a la altura de la tarea. Frustración de tener que realizar tareas repetitivas cuya función no terminas de comprender. O la sospecha de que, en el fondo, esta tarea la has aceptado por complacer a alguien, no porque quisieras hacerla.

Entender qué emociones hay detrás de cada acto de procrastinación es media batalla, porque significa que pueden tomarse medidas. Aprender a decir que no, por ejemplo, es esencial. Si me dieran un euro por cada vez que he procrastinado porque consideraba que tenía que hacer algo por no quedar mal con alguien, no porque me apeteciera, podría compraros a todos un chalé en Miami. Bueno, igual un chalé no, pero sí un perrito caliente. En Torremolinos. Sabéis lo que quiero decir.

Y luego a veces simplemente tenemos esa visión idealizada de nosotros mismos cuando planificamos tareas, esa visión de que somos superpersonas hiperproductivas y que podremos con todo, que se viene abajo en cuanto toca realmente llevarlas a cabo. Merece la pena analizar hasta qué punto son necesarias dichas tareas, hasta qué punto se corresponden con nuestras prioridades y objetivos. Una cantidad asombrosa de tareas en las que procrastinamos pueden, sencillamente, eliminarse.

Y hablando de visiones acerca de nosotros mismos, llegamos a un punto que creo que es bastante original y que da bastante que pensar:

6. Aplicar la Ley de Manson

No hablo del asesino en serie ni del cantante andrógino, no. Hablo de Mark Manson, el bloguero, que en su artículo sobre procrastinación enuncia una ley que me parece de lo más ingeniosa:

The more something threatens your identity, the more you will avoid doing it.

Cuanto más amenace una tarea tu identidad, más evitarás hacerla.

¿Qué significa esto? Manson parte de la base de que el problema con la procrastinación es que la hemos entendido siempre al revés: nos convencemos de que tenemos que creernos más fuertes/disciplinados/inteligentes para tener la confianza que necesitamos para llevar a cabo esa tarea que tanto nos está haciendo dudar. Sin embargo, al realizar tareas poderosamente asociadas al concepto que tenemos de nosotros mismos (nuestra identidad), el miedo es inevitable. Precisamente porque somos fuertes, tememos comprobar si podemos levantar más peso, porque ¿y si no podemos? ¡Significaría que no somos fuertes!

Las amenazas a la identidad no son algo que podamos tomarnos a la ligera. Como bien sabréis, las veces que alguien nos ha dicho algo que nos hacía dudar de la percepción que teníamos sobre nosotros mismos son aquellas que más nos han perturbado. Por ejemplo, si sabes que no eres muy flexible y alguien te dice que no eres muy flexible, te encoges de hombros y vale, muy bien, dónde hay que apuntarse a yoga o a gimnasia rítmica o a un saloncito de striptease molón. Pero si toda la vida te han dicho que eres inteligente, has demostrado repetidas veces tu inteligencia de múltiples maneras y llega alguien y te dice que eres estúpido/a, eso podría crear un rato de auténtica crisis emocional.

Por tanto, son las tareas que nos desafían en nuestro sentido del ser, en nuestra propia existencia, las que más nos cuesta ponernos a hacer. Postergamos ir al médico no solo por miedo a un mal diagnóstico o una prueba dolorosa, sino porque nos hace enfrentarnos a la posibilidad de que no somos tan invulnerables como creemos. Postergamos hablar con alguien que nos cae mal, no solo porque puede ser una experiencia desagradable, sino porque esa persona nos hace sacar partes de nosotros que no nos gustan (ira, envidia, rencor) y a las que tememos enfrentarnos. Manson menciona aquí el budismo y el abandono del yo. No sé si llegaría yo hasta ese extremo, pero sí que recomendaría liberarnos un poco de nuestro asentado sentido de nosotros mismos, cuestionarnos lo que creemos que somos con frecuencia, salir de esa zona de comodidad de lo conocido. Tal vez por eso las tareas con las que más cuesta ponerse son las que luego ofrecen los mayores resultados.

Siempre me cuesta ponerme a escribir los artículos del blog. ¿Y si a nadie le gusta y no lo comparte nadie y no está al nivel de los anteriores? ¿Qué diría eso de mí, de la imagen que tengo de mí misma?

Pero aquí está, escrito para vosotros, con todo mi amor.


*Para más información sobre hábitos y métodos para acabar con la procrastinación, recomiendo tanto el artículo completo de Manson como este libro de S. J. Scott. Ninguno de los dos están en español (que yo sepa), pero en el caso de Scott, utiliza un lenguaje sencillo y muy fácil de entender, por si queréis atreveros con el inglés (además, apenas son 3 € si lo compráis en eBook).


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