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¿Es posible escribir con niños?

octubre 10, 2019 — by Gabriella10

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¿Qué haré cuando tenga al bebé? —me preguntan, ansiosas, mujeres embarazadas en mi bandeja de correo. Como si yo tuviera la más remota idea de lo que es eso—. ¿Podré seguir escribiendo?“.

¡Sí, bienvenidos a una nueva entrega de Gabriella Responde a Cosas que le Preguntan por Email!

Hola, Gabriella, vengo a contarte mi vida en más de dos mil palabras y a hacerte preguntas de gran impacto vital, aunque no tengas formación alguna como terapeuta. ¿Qué podría salir mal?

Como buena especialista en responder a cuestiones que no me atañen, suelo decir que conozco a varias escritoras con familia que escriben y escriben mucho, ¡y que hasta viven de lo que escriben! Así que sé que en teoría es posible lo de escribir con niños, bebés y/o adolescentes.

En teoría.

Preguntando por las mazmorras

Yo no tengo progenie ni intención de tenerla, así que juego con ventaja al adjudicar tiempo a la escritura. Pero ya sabéis cómo va esto: escribir, reescribir, corregir, editar, publicar, diseñar, promocionarse… Ya me cuesta a mí encontrar horas en el día para todo: ¿cómo lo harán mis compañeras que son madres? Y ahora que hay, por suerte, un reparto un poco más equitativo en esto de criar niños, cada vez me escriben más autores masculinos que se enfrentan a la misma situación.

Así que decidí hacer lo único que se puede hacer en estos casos: batallar contra monstruos incontables en una mazmorra de cien niveles a cada cual más terrible, en busca del olvidado Talismán de la Sabiduría Infinita.

Y luego decidí que qué pereza, que aún tengo que llevar el hacha al afilador y las botas a abrillantar y buscar un peto mínimo de esos con sujetador metálico en punta como Madonna.

Opté por otra opción válida ante la ignorancia: preguntar.

Hice mi habitual crowdsourcing en redes sociales, hablé en persona con amigos y me encontré con muchísimas respuestas, algunas muy ingeniosas. Estaba claro que había muchos progenitores ahí fuera, locos por que alguien les preguntara, por fin, eso de: ¿cómo diantres has hecho lo de tener un bebé y publicar un libro (o tres)?

No todos los padres escriben

Antes de nada me gustaría dejar claro, una vez más, que escribir no es obligatorio y que nadie nos amenaza por teléfono con despedazar a nuestra amada secuestrada si no escribimos mil palabras diarias (espero).

Cuando se te olvida hacer la entrega semanal de 7000 palabras y llega esto a tu casa.

Hubo padres con los que hablé que me contaron que durante los primeros años de infancia de sus hijos dejaron de escribir por completo. No solo por falta de tiempo, sino porque querían dedicar ese tiempo a sus hijos en su totalidad.

Creo que esto es muy respetable (y posible). Estar dos o tres años sin escribir no te va a matar. Te costará recuperar las buenas costumbres y el nivel que habías alcanzado, pero no es imposible.

Pero también es totalmente respetable seguir escribiendo. Los hijos son importantes, sí, pero reservar un tiempo mínimo para algo que es importante para nosotros como individuos, como personas además de padres, podría ser muy beneficioso para nuestra salud mental.

Y de eso es de lo que vamos a tratar en este artículo.

Cómo criar y escribir, sin matar a nadie por el camino

Los rituales y las rutinas son cruciales para el escritor de a pie, el escritor que no tiene que levantarse cinco veces por noche a consolar a un bebé irritable. La práctica regular y periódica es fundamental para implementar un hábito saludable de escritura, pero “práctica regular y periódica” es algo que no está al alcance de muchos padres. Todos los padres con los que hablé parecen estar de acuerdo en que la adaptabilidad es crucial: sacan ratos de donde sea y simplifican lo más posible los procesos de escritura.

Adáptate o muere (de sueño)

Como dice Laura L. Cochard:

(…) los horarios con los bebés son muy fluctuantes, porque entre los estirones, la dentada, las regresiones de sueño y las enfermedades, toda la rutina cambia. La clave para mí está en mantenerse flexible. Y si uno es de esos escritores excéntricos que tienen que tener todo de determinada manera para escribir, pues nunca puedes con un bebé.

Para cada persona, flexibilidad puede significar algo distinto. Me ha resultado divertido ver hasta qué punto se adaptaban algunos padres a las necesidades de sus criaturas para poder escribir, como en esto que cuenta Marta de Myr:

Si tiene un día difícil, he descubierto que puedo dormirla metida en el fular y yo encima de una pelota de yoga.

Escribir dando botecitos no es muy fácil, así que a veces uso la grabadora o el dictado por voz.

Esas cosas nunca te las cuentan en los libros esos gordos con bebés mofletudos en la portada, ¿verdad?

Aprovecha los resquicios de tiempo

Cualquier momento es bueno para escribir:

  • Mientras los niños están en clases extraescolares, guardería o colegio.
  • En los ratos de viaje: trenes, autobuses, metro… Las idas y regreso del trabajo o del cole son momentos que se pueden aprovechar para la escritura.
  • En las horas más tempranas y las más tardías: entre las respuestas era común encontrar a escritores que se levantaban a las seis de la mañana o antes, o autores que escribían a medianoche. También escribían justo después de comer, mientras el resto de la familia se echaba siesta. Estos eran los únicos momentos tranquilos de los que podían disponer.
  • Cualquier hueco sirve: si se agarran cinco minutos, se agarran; las rachas de varias horas seguidas se aprovechan para realizar maratones.
  • Dicho esto, los fines de semana suelen ser la salvación de muchos padres, que entre niños y trabajo “nutricional” no encuentran un minuto para la escritura de lunes a viernes.

Cualquier herramienta vale: si hay que usar el móvil para escribir de forma disimulada delante de otros padres que esperan a recoger a sus hijos, pues se usa el móvil. Además, tienes el orgullo muy orgulloso de saber que mientras ellos tontean por Whatsapp o Instagram, tú estás salvando el mundo con tu escritura.

Sí, sí, vosotros seguid con vuestra cháchara superficial y vuestro trabajo inútil de médicos intensivistas, abogados medioambientales y científicos que investigan el cáncer… ¡yo sí que estoy haciendo algo importante!

También puedes aprovechar las ventajas del dictado para soltar ideas en cualquier parte o incluso para escribir: prueba la grabadora de tu móvil con complementos como Dictate de Microsoft, programas completos y avanzados como Dragon, o aplicaciones sencillas de transcripción instantánea como esta de Google.

Planifica donde y cuando puedas

Muchos escritores aprovechan ratos muertos para planificar. Estructuras y personajes se pueden diseñar en el móvil (o en la cabeza) en cualquier sitio: en una sala de espera, realizando tareas domésticas, paseando al perro… A veces hay que hacer encaje de bolillos para conseguirlo, pero no es imposible. Como cuenta Leonor Basallote:

En estos siete años he hecho malabares para compaginar la maternidad con la escritura: cascos y música para evitar a Bob Esponja y a Peppa Pig, grabar notas de voz en descansos en el parque, publicar en redes sociales mientras hago la cena, aprovechar cada siesta, actividad extraescolar o juego con amigos para planificar y escribir… Pero, aun así, he conseguido escribir una novela cada año y medio, más o menos, y contestar día sí, día no, la pregunta de: “¿cómo lo haces?”. Con mis ojeras pisándome los talones. 

Comunica y negocia tus prioridades

Si algo me ha quedado claro de toda esta debacle, es que es muy importante pactar tus ratos de escritura con la(s) persona(s) con las que compartas tus obligaciones de crianza. Muchos escritores hablaban de cómo se turnaban con su pareja para que cada uno tuviera tiempos periódicos que pudieran dedicar a ellos mismos, aunque solo fuesen unas horas un par de veces a la semana.

No todo el mundo tiene la inmensa suerte (o el gran infortunio) de convivir con otro escritor, así que a veces olvidamos que debemos explicar a nuestra pareja por qué la escritura es una prioridad para nosotros, y tampoco se nos ocurre que podamos negociar un intercambio de tiempo para que nuestra otra mitad pueda, también, tener un espacio para realizar todas esas actividades que son solo suyas.

Porque tú crees que tu escritura es importante, pero también tiene tu pareja derecho a su rato de fútbol con los colegas, a sus cursos de ganchillo irlandés y degustación de cervezas bielorrusas. No sé, creo que eso es todo lo que hacen las parejas que no son escritoras, tengo escasa experiencia en ese ámbito.

Guillermo, por ejemplo, tenía la extraña afición de ir a zonas desérticas y bailar haciendo el robot junto a señales de tráfico. ¿Quién era yo para juzgarlo?

Comparte tu escritura con tus hijos

También pueden encontrarse modos de seguir desarrollando la creatividad en familia. Dei Gaztelurrutia organiza actividades especiales con ese fin:

(…) he organizado con mis hijas la hora del TEC (taller de escritura creativa) y una tarde por semana nos juntamos las tres e inventamos cuentos.

Hacer partícipes a los hijos de tu escritura puede funcionar. Silvia Santipolo dice:

Ahora son grandes, pero en su momento los ponía arriba de la mesa en un bebesit e iba hablando en voz alta lo que escribía, mirándolo y “consultando” cualquier duda, siempre en voz alta, en una especie de diálogo… eso podía durar unos veinte minutos o mucho más si se dormían.

Parece que es bastante productivo aunar tus hábitos con los de tus hijos. Algunos escritores aprovechan para trabajar mientras sus niños hacen los deberes o mientras se quedan dormidos. Me encanta esto que cuenta Pilar G. Cortés:

(…) hasta hace dos años no era capaz de dormirse sola, teníamos que quedarnos con ella en la habitación hasta que se durmiera. Lo que al principio me pareció un fastidio (tener que estar ahí sin hacer nada hasta que se durmiera, una niña que considera que dormir es una pérdida de tiempo), lo convertí en mi ventaja. Me busqué un hueco junto a su cama, y con el portátil en las rodillas, o si tenía suerte encima de la cama, comencé a escribir todos los días. Casi siempre llegaba al objetivo de palabras, aunque había días que costaban más que otros.

Lo que funciona hoy podría no funcionar mañana

Las rutinas se modifican también con el crecimiento del bebé. Al contrario de lo que uno podría pensar, para muchos padres resulta más fácil escribir cuando los niños son muy pequeños. A partir de cierta edad, se acaban las siestas y el niño demanda una atención más constante. Quien escribe y es madre/padre está dispuesto a aceptar que algunas épocas son más difíciles que otras. Como dice Abel Amutxategi:

Combinar escritura, paternidad, pareja (que habrá que hacerle caso alguna vez, digo yo) y un trabajo nutricional a jornada completa es… divertido. Yo básicamente le robo el tiempo de escritura al sueño hasta que hago catacroquer y me veo obligado a cambiar de prioridades.

Tu capacidad de concentración podría ser determinante. Como explica Chiki Fabregat:

Siempre digo que los que venimos de familias numerosas, los que hacíamos los deberes en el salón, con la tele, con alguien al lado jugando al Scalextric… tenemos ventaja, porque podemos escribir y concentrarnos con los Teletubbies de fondo y preparar la merienda mientras trazamos arcos de personajes.

Los hábitos y la disciplina valen más que nunca

Pese a las dificultades evidentes que presentan los niños si quieres escribir, y dentro de la flexibilidad ya mencionada y tan necesaria, muchos padres desarrollan hábitos férreos que les permiten tener una disciplina admirable. Es el caso de Silvana Lameiro, que habla también de usar retos para conseguir resultados sorprendentes. Menciona algo determinante: prioridades.

Creo que el secreto está en la constancia y en si de verdad escribir es tu vida. Yo tengo un objetivo mínimo de 550 palabras diarias y lo cumplo siempre, desde hace dos años, seis días a la semana (…). Me voy marcando retos también: el año pasado, después de leer un artículo de tu blog, me propuse escribir un borrador de novela corta en sesenta días, escribiendo mil palabras diarias. Lo conseguí en treinta y cuatro.

Aprovecho cada rato que puedo, en el parque, en las actividades de mi peque escribo, básicamente el cuerpo me pide escribir. Cada ratito libre es para la lectura y la escritura, a veces es estresante, pero me compensa. Me encanta, es mi sueño.

Las metas son determinantes

Tener metas claras y muy bajas expectativas con tu primer borrador puede ayudar muchísimo a superar bloqueos, y los inconvenientes y obstáculos de cada día, como demuestra Caroline Corpas-Neale:

(…) lo que me funciona es olvidarme de que la prosa salga fluidamente. Si tengo que escribir a tramos de cinco minutos, pues bueno, eso es lo que hay, pero para eso tuve que convencerme de que el primer borrador siempre iba a ser una caca. Tener una meta es clave también. Me propuse escribir el borrador en tres meses, con un máximo de 150000 palabras. Dividiendo 150000 entre noventa días, tuve la meta de escritura diaria. (…) al final alcancé mi meta y el primer borrador tenia 120000 palabras. Cuando hay impedimentos (acabo de levantarme a limpiarle laca de uñas de las manos a la niña) ser sistemática funciona.

Hoja de cálculo donde Carolina apuntaba su progreso.

Tu ritmo no es el de los demás… y eso está bien

A la vez, debes aceptar que tu ritmo de trabajo es solo tuyo y que no tiene ningún sentido caer en la comparacionitis. Y que un párrafo o dos al día es mejor que nada. Cada experiencia es diferente, como muestra Nuria C. Botey:

Combinar escritura y maternidad, cuando uno de los niños tiene también diversidad funcional:

-Planificar la estructura y diseño de personajes a golpe de teléfono móvil (Evernote, Keep o similares) en cualquier sitio (sala de espera del médico, parque, etc.)
-Escribir de madrugada, robando horas al sueño.
-Imaginar la historia mientras planchas, friegas, etc.
-Aceptar que lo que otros hacen en 6 meses tú tardarás años en terminarlo.

Recuerda: cien palabras al día es mucho mejor que cero palabras al día, y poco a poco se van acumulando. Ya os he contado lo mucho que da de sí escribir 200 palabras diarias.

Los hijos también deben respetar tu tiempo

Es complicado que un bebé de seis meses entienda lo importante que es para ti la escritura. Pero conforme van creciendo, es posible (y hasta recomendable) conseguir que los hijos acepten que los ratos de escritura son algo serio y que no se deben interrumpir. Una buena amiga escritora, autora de romántica muy prolífica, me explicó que en su hogar sus hijos (¡y su marido!) sabían perfectamente que el tiempo de escritura era el “tiempo de mamá” y que era importante respetarlo.

Ya sabes que te quiero mucho, pequeña, pero si vuelves a interrumpirme en mi tiempo de escritura te cocinaré, te envasaré al vacío y usaré tu carne para alimentar a los niños pobres de África*.

Esto es algo que parecen tener en común muchas de las escritoras con hijos que conozco. Y sí, esto sí parece ser algo más propio de las mujeres: la necesidad de reivindicar un espacio temporal y físico propio. No es necesario citar a Virginia Woolf para entender la relevancia de esto: culturalmente todavía tenemos el lastre de pensar (y dar a entender) que nuestro tiempo y espacio siempre se comparten, que no son solo nuestros.

¿Y qué pasa con… ?

Sería muy largo entrar aquí en consideraciones específicas de sexo, de enfrentar maternidad con paternidad, pero sí que me habría gustado tener una mayor representación masculina en los ejemplos de este artículo, ya que no son solo mujeres las que me escriben hablándome de las dificultades de compaginar escritura con tareas familiares. También me habría gustado incluir ejemplos de casos de madres o padres solteros/divorciados, que lidian solos con las cargas y responsabilidades de tener hijos.

Por todo esto, me encantaría que contarais vuestras experiencias en los comentarios. Si escribís y tenéis hijos, ¿cómo ha sido para vosotros? ¿Habéis tenido que aparcar la escritura un tiempo? ¿O habéis encontrado modos de seguir adelante?

Contadme, que insisto en que yo, de todo esto, no puedo opinar nada.

Bastante es que tengo que cuidar a un gato. No os imagináis lo complicado que es levantarse a escribir cuando Ebony está acurrucado, calentito, contra mí en las mañanas de invierno.


*IMPORTANTE: Gabriella Literaria en ningún momento aprueba el cocinado, envasado al vacío y envío de niños a países en vías de desarrollo.


NOTAS PERSONALES:

Cómo sobrevivir a la escritura: Lo mejor de Gabriella Literaria sobre escribir, publicar y promocionar tus libros.

Cómo sobrevivir a la escritura

CRÉDITOS:

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Enfoque disperso: usa el poder de la atención creativa

mayo 23, 2019 — by Gabriella3

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“Me siento delante del ordenador, pero el texto no fluye como antes —me decía un amigo escritor— . No sé qué me pasa“.

Nunca ha tenido problemas para encontrar ideas, pero en el último par de años le cuesta escribir con fluidez. La calidad no ha disminuido, pero el proceso es cada vez más tortuoso y menos satisfactorio. Revisamos las razones habituales: las cuestiones psicológicas que hay detrás de los bloqueos. Damos con algunos puntos importantes, pero nos sigue faltando una pieza crucial del puzle. Tras muchas vueltas, comenta que antes daba largos paseos donde rumiaba aspectos de su escritura: tramas, personajes, estructuras. En el último par de años sigue con los paseos, pero está más pendiente del móvil que de otra cosa.

Cuando tú lo que quieres es escribir pero hay pikachus en tu zona.

Le pido que pruebe a dejar el móvil en casa. Ambos nos reímos del chiste, pero consigo convencerlo de que por lo menos se lo deje en el bolsillo, que lo saque solo al final del paseo, ya de camino a casa.

Al día siguiente ya me está hablando de cómo ha arreglado varios nudos de trama. Está lleno de ideas y motivación. “Ahora recuerdo por qué daba esos paseos —me dice—. Es que era así como escribía“.

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Aplica el hiperenfoque para revolucionar tu escritura

mayo 8, 2019 — by Gabriella9

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¿Quién gana en el peligroso y espeluznante Juego de Escritores?

Los mismos que ganan en cualquier sector.

¿Los que tienen más cara y menos ética personal? Tal vez. Pocos grandes escritores son conocidos por su afabilidad y moral, aunque también es cierto que no oímos hablar de la afabilidad y moral de grandes escritores, porque es mucho más divertido leer sobre su depravación y corruptela.

En realidad soy majo y dono parte de mis regalías a Médicos sin Fronteras, pero esto me lo exige la editorial por contrato.

Si hablamos de escribir mejor, de producir textos que emocionan e impactan, ya sea a nivel personal o comercial, creo que podemos estar de acuerdo en que es necesario dominar tres habilidades cruciales para destacar:

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Guía avanzada del enfoque (o cómo las distracciones se están cargando tu escritura)

abril 23, 2019 — by Gabriella9

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Estás escribiendo.

Estás en ese momento inspirado de flow en el que las musas te han besado con lengua y lo que estás creando tú aquí no lo iguala ni el zombi de Quevedo puesto de mezcal y coca.

Y entonces… ¡plin! Suena una notificación en tu móvil.

Te enfadas, porque te ha distraído. Te ha distraído y sabes que volverás a tardar en pillar ese estado de absoluta euforia zen inspirada. Y te sientes mal por ello.

Miras de soslayo el móvil.

¿Y si es algo importante? Pulsas en la pantalla y es un mensaje de tu primo. Te envía un enlace que demuestra, ¡sin lugar para la duda!, que lo de la catedral de París fue una conspiración de inmigrantes musulmanes terraesferistas que viven en España sin pagar impuestos.

Una hora más tarde, estás viendo un vídeo en el que un gato boxea con un periquito y no tienes muy claro cómo has llegado hasta allí.

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12 razones por las que nunca serás productivo

abril 18, 2018 — by Gabriella18

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La productividad tiene mala fama.

En una reunión de vecinos, la productividad sería ese señor desagradable al que se le seca la saliva en la comisura de la boca y que siempre se queja de las cagadas de tu perro. Tú recoges esas cagadas religiosamente, pero todo el mundo respeta y soporta a ese señor porque es el único que se atreve a llevar las tareas de tesorería y lidiar con los técnicos del ascensor.

Suena mal, es cierto. No tengas vida, sé productivo. Olvida a los demás seres humanos, olvídate de ti mismo y céntrate en la tarea obsesiva y agotadora de formar parte del engranaje de un producto.

En cierto modo, esta fama es merecida. Ese vecino nos cae fatal. Es fácil asociar productividad a un sistema donde trabajar es lo único importante; un sistema donde, además, encontramos casos frecuentes de abuso, remuneración insuficiente (o nula) y exceso materialista. Si este concepto de la producción vacía y cruel lo vinculamos a lo artístico, tenemos una bomba entre nuestras hermosas manos escritoras (y quien dice nuestras dice tuyas, que yo tengo las uñas sin hacer).

Pero hoy no vengo a hablar de la glorificación del trabajo y de todo lo que eso conlleva, sino de algo mucho más sencillo: el problema de no llegar. El problema de la pereza. El problema de la distracción. En suma: el problema que aqueja a los que saben que tienen que llevar a cabo una serie de tareas para alcanzar sus objetivos personales, pero no lo consiguen.

No hablo de personas que físicamente no pueden. Personas con enfermedades crónicas o con ocho niños asalvajados a los que cuidar. Habrá quien te diga que puedes con todo y que lo que te pasa es que te inunda la vaguería, pero sabemos que eso no es así (y ya verás cuando lleguemos al punto 13 y hablemos sobre el tema). No, no, no, no, no. Si estás en ese grupo, tienes preguntas más importantes que hacerte antes de lidiar con este artículo, como: ¿cuál era el número de urgencias para cuando Rodrigo Jaime se abre la cabeza? o ¿conseguiré hoy salir de la cama y llegar hasta la ducha? O, tal vez, tú también eres víctima de la terrible obligación de actualizar tu cuenta de Instagram, esa cuenta donde te esperan 321581 seguidores:

Uf, ¿que eso era hoy?

Pero yo te estoy hablando a ti, sí, tú: persona que abre Facebook y descubre, cinco horas después, que hoy no ha hecho nada. Te estoy hablando a ti: persona que trabaja de sol a sol para descubrir, con desaliento, que no ha conseguido terminar nada de importancia. Ambos escribís, ¿no? O, por lo menos, queréis escribir. Y no entendéis dónde se os ha ido el tiempo, el día, la semana. La vida.

Quiero hablar de las razones por las que esto ocurre. La razón por la que pasa un año y te preguntas qué fue de todo aquello que querías alcanzar. Trabajes en oficina, en casa o en el pico de un monte nevado, probablemente te encante pensar que todo es una cuestión de disciplina y de saber organizarse.

Creo que mientras sigamos pensando que todo es disciplina y organización, seguiremos perdiendo el tiempo.

Estas son mis razones. Y digo mis, porque he caído (y sigo cayendo, aunque menos) en cada una de ellas. Sé que no soy la única.

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Cómo escribir 10000 palabras al día

septiembre 13, 2017 — by Gabriella28

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Voy a escribir dos frases casi iguales:

  • Cómo escribir 10000 palabras al día.
  • Cómo escribir 10000 palabras en un día.

Si eres escritor de cualquier tipo (novelista, poeta, copywriter, bloguero, redactor de esquelas o columnista de cotilleo interdimensional), sabrás que esas dos frases no significan lo mismo.

Si buscas en Google, verás que hay una cantidad asombrosa de personas que aparecen hablando de esto de las 10000 palabras; me pregunto por qué esa cantidad nos obsesiona tanto. La mayoría de esas personas hablan de casos puntuales (maratones) o de rachas de trabajo intenso.

Por ejemplo: la escritora Kameron Hurley abandonó su costumbre de escribir en ratos cortos a diario, para dedicar un día a la semana a conseguir esas ansiadas 10000 palabras. Sabéis que yo hago apología de la implementación del hábito de escribir mediante una escritura diaria progresiva, pero las maratones pueden ser necesarias para los que intentan compaginar una vida familiar y laboral (no literaria) con la búsqueda de una carrera como autor, sobre todo si no tienen problemas de disciplina o bloqueo (o si ya tienen el hábito de la escritura bien formado).

10000 palabrasEspera, cariño, que dicte mis doscientas palabras de hoy al teléfono mientras olvido convenientemente ponerle el cinturón de seguridad a nuestros hijos.

10000 palabras en un solo día (pero no todos los días)

Escribir 10000 palabras en un solo día es posible. Complicado, pero posible. Solo necesitas muchas horas, cafeína (y posiblemente algún otro tipo de sustancia adictiva), alguna herramienta de escritura y un sitio donde sentarte (o quedarte de pie, si tienes un atril o escritorio alto de esos).

Eso es lo que yo llamo una maratón.

Algunas personas escriben mejor en maratones. Otras escriben mejor en sprints cortos. En mi experiencia, ambos tipos de escritura son válidos y producen resultados diferentes. Yo siempre he sido más de sprints, por muchas razones, pero últimamente he estado experimentando de nuevo con fases un poco más largas de escritura ininterrumpida. Ambos procesos tienen sus ventajas y desventajas. Creo que lo más que escribí del tirón, hace ya un par de años, fueron 8000 y pico palabras.

He reflexionado ya en este blog sobre cómo escribir más y más rápido. Más adelante hablaré más sobre eso. De cómo escribir 10000 palabras, por ejemplo, en un día*. Pero vayamos ahora a la segunda frase de marras.

10000 palabras al día (sí, todos los días)

Hace poco encontré por casualidad un artículo de Nicolas Cole donde explicaba cómo escribe 10000 palabras al día. No en una maratón puntual, no. Al día. Como rutina, como trabajo.

Me iba a explotar la cabeza. Quiero decir: yo escribo bastante al día. No cuento las palabras, pero creo que rondará las 3000 palabras entre ficción y no ficción, en una jornada buena de trabajo. Todos sabemos que esto no es tan fácil como decir un número de palabras: hay documentación, planificación, corrección, etc. Hay interrupciones inesperadas, como la afición de mi gato de andar por el teclado. Yo prefiero contar la escritura en tiempo invertido (y aprovechado).

Entre sus libros y artículos (para su blog, Quora y para clientes), Nicolas Cole asegura que produce 10000 palabras.

Repito: cabeza reventada solo de pensarlo. Una vez limpié los restos de sesos y sangre del suelo y las paredes, me puse a buscar si había más gente por ahí que lo consiguiera, que llegara a escribir cantidades obscenas de palabras a diario. Cuando digo a diario, me refiero de manera diaria durante la semana, como en cualquier actividad laboral de oficina. Asumo que Cole sí descansa los fines de semana. Lo asumo, porque si no en realidad no es un ser humano, sino algún tipo de robot consciente y avanzadísimo, y tengo un amigo que se dedica a eso y dice que ese tipo de inteligencia artificial todavía nos pilla un poco lejos.

(Aunque luego pensé: ¿y si mi amigo en realidad es un robot? ¡Claro que diría eso!)

10000 palabrasPor ahora no desvelaré su secreto: alguien tiene que defendernos de Cthulhu cuando venga.

En mi búsqueda, encontré varios ejemplos de escritores que producían 10000 palabras al día (¡o más!) en épocas de creación de borrador, durante semanas o incluso meses. Pensad en un NaNoWriMo con esteroides.

¿Qué es lo que hace que Cole sea diferente? ¿Cómo se ha convertido esto para él en un estilo de vida?

Tenemos que diferenciar, para todo este debate, entre escritura de ficción y de no ficción. Cole apenas escribe ficción: produce ensayo (y, de vez en cuando, poesía). No por ello son menos válidas sus palabras, pero considero que esta producción es más inmediata. Un artículo de 800 palabras puede escupirse, revisarse y publicarse/enviarse sobre la marcha (en teoría; si eres como yo, necesitarás más tiempo de reposo y edición). Un relato necesita respirar, estar en barbecho. Necesita de una reescritura y de cuatro o cinco correcciones, por lo general. Y no hablemos de la revisión, modificación y planificación necesarias para una novela.

Los que creamos ficción siempre necesitamos parte de nuestro tiempo de escritura para el trabajo que no es estrictamente producción de palabras. Cuando me reservo bloques de escritura, suelo poner por un lado los bloques de escritura propiamente dicha, por otro lado los bloques de reescritura y revisión. Aparte quedan los bloques de blogging, marketing y correo electrónico. Todos esos cubos en los que vamos almacenando y soltando. Como mis artículos son tan largos,tienen su tiempo de planificación, reescritura, edición y revisión, igual que me ocurre con la ficción.

(Por no hablar del tiempo dedicado a buscar imágenes absurdas con las que [intentar] deleitaros. ¡Horas, os digo, horas!),

En el próximo artículo, si queréis, me centraré en las maneras diversas que tienen otros escritores de escribir ficción en maratones o rachas de 10000. Ahora voy a centrarme en el caso de Cole. Aunque esté alejado de nuestra experiencia por muchas razones, creo que podemos extraer conclusiones, enseñanzas y bastante motivación.

O no. A mí es que me motiva un montón leer sobre gente que escribe a destajo. Es pornográfico. Porno de la motivación, sí. Ya os dije que tenía una personalidad adictiva.

¿Preparados?

señores que escriben 10000 palabras al día: la película

Si esto fuera una película, comenzaría como tantas películas y como tantos libros: suena el despertador y nuestro protagonista se levanta.

No sé a qué hora se levanta, pero debe de ser temprano, porque empieza a trabajar en serio a las 7. Siempre a la misma hora, más o menos. Esto es porque Nicolas sabe muy bien cuáles son sus mejores horas de trabajo.

Nicolas especifica algo que me parece crucial: sus horas ideales para escribir son entre las 7 y las 11 de la mañana, y entre las 7 y las 11 de la tarde.

Pequeño irse por las ramas acerca de la importancia de conocer tus horarios

¿Por qué es crucial que Nicolas sepa esto? Porque es muy, muy efectivo. Entender cuáles son tus momentos más creativos (y cuáles son los más productivos) puede llevar tiempo. Merece la pena hacer pruebas: intentar escribir a diferentes horas y ver cuáles ofrecen mejores resultados: ver cuáles producen más (cantidad) y mejor (calidad). Cuidado, porque no tienen por qué corresponderse exactamente unas con otras.

En este momento muchos asentís con cara sabia y me decís: que sí, que sí, Gabriella. Yo ya sé qué horas se me dan mejor para escribir.

No lo deis tan por sentado.

Durante años yo me resistía a escribir nada más levantarme, porque soy un zombi hasta mediodía. Leí no sé qué artículo sobre cómo el cansancio nos hace más creativos. Descubrí que, para primeros borradores, la mañana imposible (esas horas en las que todavía están poniendo las calles) es mi mejor momento del día: el sueño me hace más creativa, al cargarse los típicos filtros del perfeccionismo. Y escribir es una actividad que hace que mi cerebro espabile: es más eficiente que otras actividades como leer, corregir o saludar al mundo con un polvo mañanero.

10000 horas¡Quitar el polvo! ¡Quería decir quitar el polvo! Y es que se cuela por todas partes, hasta por las rendijas del sofá.

Tras años de ensayo y error, he descubierto que mis mejores horas para escribir ficción están entre las 6 y las 10 de la mañana (medio dormida, pero creativa), y que mis mejores horas para escribir artículos están entre las 5 y 8 de la tarde (muy despierta, menos creativa pero más productiva).

Como veis, no son horas que de entrada me parecerían lógicas, yo que siempre he sido una de esas personas búho que creen que hacen las cosas mejor a las tres de la mañana. Lo aprendí tras mucho experimentar.

ReGreso al quid de la cuestión

Nicolas insiste en dos cosas, una y otra vez: primero, necesitas descansos entre bloque y bloque de trabajo.

Últimamente he estado leyendo mucho sobre lo que Miyazaki llama el ma, o respiro narrativo. Es ese momento en que la acción se detiene y podemos descansar un poco. Estos reposos entre la acción desenfrenada son los que nos permiten entender bien el sentido de lo ocurrido hasta ahora: son lo que nos permite asimilar lo importante.

Otro día hablaremos más de eso, si queréis, porque como escritores tenemos que aprender a utilizarlo. Pero creo que es una buena metáfora también para nuestras rutinas de trabajo diario. Para que el trabajo se aposente bien, también necesitamos nuestro ma, nuestro momento de reflexión callada, de meditación y reinicio.

Lo segundo en que insiste Cole (y creo que esto es fundamental): él puede crear contenidos de calidad aceptable y editarlos en tiempo récord porque lleva más de diez años trabajando en ello. Esta experiencia le permite, por ejemplo, crear tres artículos profesionales de unas 800 palabras en menos de dos horas.

Evidentemente, si tú acabas de empezar a escribir, no vas a obtener los mismos resultados. Pero es una manera interesante de ver que conforme desarrollamos una habilidad, cada vez realizamos las tareas asociadas con mayor rapidez y eficiencia.

Hablemos ahora del horario habitual de Nicolas.

Mañana: 3500 palabras

¿Qué?

Sí, suelta 3500 palabras del ala en ese horario óptimo (de 7 a 11 AM). Nicolas se levanta, se lava los dientes, se ducha, se prepara el desayuno y apaga el teléfono. Al final de este artículo os preguntaréis si tiene vida: he de decir que antes de apagar el teléfono le manda un mensaje a su novia. No sé si el mensaje es amoroso o si va más en la línea de “adiós, querida, parto raudo, una mañana más, a derrotar a los dragones de la resistencia, pereza y la ignorancia”.

Ese es el tipo de cosa que me dice a mí mi partenaire por Whatsapp. Y a mí me gusta imaginarme a Nicolas así, dispuesto a su odisea, a su guerra, espada en ristre. Mientras piensa en su novia.

Lo de apagar el teléfono es importante. Para hacerte 3500 palabras del tirón necesitas concentración. ¡Más que concentración! Necesitas flow***. Y el flow no se consigue si Facebook te está interrumpiendo cada cinco minutos. Me cabrea eso de que a mi cerebro le lleve un buen rato volver a enfocar toda su atención después de una distracción, por leve que sea.

10000 palabrasYa te lo advirtieron tus padres: las notificaciones matan.

Para Cole, el estado de flow es sagrado y lo mantiene mediante descansos muy específicos, casi meditativos: espacios de tiempo en los que no interviene información externa que afecte a su caudal de pensamiento. Nada de redes sociales, nada de teléfono, nada de tontear por Internet. Tras una sesión larga de escritura, hace todo lo posible para mantener su cabeza “limpia”.

Un ejemplo de este estado sería el acto de prepararse la comida, con el enfoque puesto en ese proceso y nada más. Cole come, lava los platos y se sienta para la siguiente ronda.

Tras el almuerzo: 2500 palabras.

Este es el momento más difícil y ahí estoy con Cole, ay. A mí me ayuda una siesta de media hora para reiniciar un poco el día, pero este señor todoterreno se pone inmediatamente después de comer, para no perder el ritmo. No es su mejor momento (ni el mío) pero son horas que pueden aprovecharse. Como dice él: por mucho que me gustaría descansar y decir “ahora mismo no me apetece escribir”, sabemos que no es una opción.

Pequeño irse por las ramas sobre las siestas

Sobre el tema de las siestas podríamos hablar largo y tendido. Solo he empezado a dominarlas recientemente, gracias a una higiene de sueño muy estricta (mis amigos deben de pensar que ahora soy la persona más aburrida del mundo) y el uso de la aplicación Sleep as Android, que me ha ayudado a no despertarme en un estado tan zombi como el ya mencionado más arriba.

No estoy afiliada con esa app ni nada por el estilo. No sé qué ciencia (o seudociencia) hay detrás, pero por ahora me funciona muy bien.

Y volvemos a(l) Cole

A nuestro héroe las tardes le cuestan, le cuestan mucho. Dice que es aquí donde agradece sus años de competición profesional como jugador de World of Warcraft (¿veis como era un héroe?) y sus años de ir al gimnasio. Cosas así dan disciplina y determinación. Yo al WoW he jugado mucho, pero no de esa manera, y soy alérgica a los gimnasios.

10000 palabrasPERO POR QUÉ SONRÍEN.

Aun así, estos años recientes de escritura me han espabilado mucho. Descubrí que, como no tengo disciplina, tengo que recurrir a otros métodos. Hay días en los que no quieres escribir. Pero no se trata de lo que te apetece en el momento: se trata de una acumulación de acciones diarias que te llevan hasta tu objetivo.

Toca teclear, queramos o no, en esta etapa de posalmuerzo adormilado. Para media tarde, Cole ya está agotado y toca un nuevo descanso.

Descanso mental, claro. Es aquí donde se marcha a levantar pesas o a nadar. Asegura que el ejercicio físico es lo mejor que puedes hacer después de tantas horas de concentración. Tened en cuenta que a estas alturas de la película llevamos ya 5000 palabras.

5000 palabras es una barbaridad, hasta para escritores aguerridos.

De vuelta del gimnasio o de la piscina, Cole se prepara algo de comer, responde a mensajes urgentes y se dedica a la lectura.

Pequeño irse por las ramas sobre la lectura

Todos los que escribimos necesitamos leer. Cole también escribe poesía, y entre eso y los artículos que escribe para otros, y lo que escribe para su propio blog y libros de no ficción, necesita poder cambiar de “voz” (forma de narrar, perspectiva) para cada bloque de trabajo. Una forma de conseguir esto es leer antes algo en el estilo en que te interesa escribir.

Creo que es importante recurrir en esta instancia a lecturas muy muy buenas. Siempre está el riesgo de sentirte malo y decidir que no sirves para la escritura y tirar tu portátil por la ventana, pero creo que es un riesgo que un escritor bien protegido, amante de sí mismo y constante cruzado contra el síndrome del impostor, puede conseguir sin pestañear.

Además, yo no tengo mucho dinero y no me puedo permitir tirar mi portátil por ningún lado.

Tras la cena: 4000+ palabras

Terminada la cena y la lectura, toca repetir la rutina de la mañana.

Cole apaga el teléfono de nuevo y se pone a currar. Ya está en otro periodo de creatividad, productivo, y la sesión bien puede durar cuatro horas o más. Incluye artículos, edición, emails y otras tareas asociadas.

Ya ha llegado a las 10000 palabras, y todavía le queda un encargo que terminar.

Por supuesto, Cole describe en su artículo su día ideal. Él mismo asegura que no todos los días salen así de perfectos. Habrá eventos inesperados, viajes, sorpresas, interrupciones que escapan a su control. Conforme avanza el día perdemos voluntad y enfoque, y es más fácil que nos distraigan tareas inoportunas, llamadas, correos, etc. Por eso, Cole produce menos por la tarde. Por la noche, de nuevo puede apagar el universo y entregarse plenamente a su trabajo.

Argumentos a favor y en contra de la superproducción

Ya sé lo que estáis pensando.

Más de 10000 palabras. Todas esas horas de trabajo, completamente enfocadas en la escritura. ¡Eso es una barbaridad!

¿Pero lo es? No estoy muy segura.

¿A cuántas personas conocéis que trabajan en hostelería, seis días a la semana, diez horas al día? A lo mejor es porque vivo en una zona turística, pero yo sé de más de una (y de diez).

¿Y cuántas personas conocéis que trabajan, supuestamente, cinco días a la semana, ocho horas al día, pero que entre horas extra, trabajo no solicitado y “deberes” y problemas para casa acaban currando mucho más?

¿Qué decimos de aquellos cuyas supuestas ocho horas diarias de trabajo se dividen en tres horas de trabajo real y cinco horas de petardeo por Facebook?

10000 palabrasTras varias horas de esfuerzo ininterrumpido, he ganado el debate "tortilla: ¿con o sin cebolla?". Trescientos niños en Uganda se quedaron sin sus envíos de alimento y medicamentos, y probablemente han muerto, pero este día quedará marcado para la posteridad.

Sí, es una barbaridad, porque es un trabajo de concentración absoluta durante largos periodos de tiempo. Creo que también nos parece una barbaridad porque es escribir, y seguimos asociando el escribir a algo que se hace con un fundido en negro o mucho bourbon o tiempo acelerado en las películas de Hollywood. Es algo que se hace solo un par de días, en los que te tiras 48 horas sin dormir para escribir una novela (creo que eso lo vi en Californication, posiblemente la peor representación que he visto de la vida de alguien que se dedica a la escritura).

No lo concebimos como un trabajo absoluto, completo.

El problema del trabajo artístico

Cualquiera podría argumentar que los ejemplos que yo he puesto no son válidos: son ejemplos de personas que trabajan para subsistir, y que quien busca vivir de la escritura lo hace porque es su pasión. Como si tu pasión no tuviera trabajico. La escritura (sobre todo la escritura creativa) es un sector donde la oferta supera ampliamente a la demanda, por lo que la remuneración, de haberla, es muy baja. Solo la veo rentable en casos de a) producción a lo bestia o b) producción especializada en nichos de demanda alta. Pero incluso una producción especializada exige de experiencia y habilidad, que se consigue… ah, sí, practicando mucho.

Puede haber excepciones, pero, no sé por qué, cada aspirante a escritor que conozco considera que es esa excepción mencionada. Que encerrado en su guarida escribirá una primera obra perfecta que revolucionará el mundo. Matemáticamente, todos no podemos ser esa excepción, ¿no?

También olvidamos que hay formas de escritura más rentables que otras. ¿Qué hacen los copywriters, los redactores profesionales, los “negros”, los creadores de contenido? ¿Dibujar y bailar, largarse a retiros de yoga mientras piensan en conceptos publicitarios avanzados a lo Mad Men? Escribir no es solo ficción. No es solo esa idea romántica que tenemos de ser el próximo superventas y vivir en una mansión rodeados de señores y señoras con poca ropa y un mayordomo de acento británico que se parece sospechosamente a Stephen Fry.

conclusiones

He hablado de este tema con otros escritores y sospecho que, al igual que ellos, mis lectores tendrán dos reacciones principales. Una será de rechazo (¡ese tío está loco! ¡Eso es imposible!) y otra será de admiración (¡si él puede, yo también puedo! Mañana mismo, a escribir 10000 palabras. Pero ahora no, que estoy viendo Netflix).

Me gustaría decir que son reacciones extremas, en mi opinión. Creo que podríamos quedarnos con cierta dosis conveniente de realismo: de un día a otro no vamos a pasar de 500 a 10000 palabras diarias, incluyan o no incluyan reescritura, revisión, planificación y todo lo demás. Y menos si no podemos permitirnos el lujo de dedicar todas las horas del día a escribir como ocupación principal. También hay que contraponer el mercado angloparlante para el que escribe Cole con el nuestro.

10000 palabrasUn día cualquiera en la vida del escritor estadounidense.

Pero también debemos tener en cuenta que Cole no empezó escribiendo todo el día. Esa es una situación a la que ha llegado gracias a años de trabajo constante, haciéndose un nombre en el sector de la creación de contenidos. Sí hay redactores, copywriters, creadores de contenido en nuestro mercado que viven de lo que escriben. También hay escritores de ficción con una producción brutal que hacen su dinero. Todos han llegado a ese punto tras mucho tiempo de optimización de su trabajo: no solo se trata de escribir mucho, sino de escribir bien y de conocer a tu público.

Y creo que es fácil decir que vivir de la escritura es imposible cuando producimos doscientas palabras al día (o cuando nos quedamos atrapados en un sector o forma de publicación que no es rentable). Hablo aquí de dinero, solo de sucio dinero, por la sencilla razón de que dicho dinero es lo que permite que alguien pueda pasarse diez horas diarias dándole a la tecla.

Conclusión de las conclusiones

Así que propongo que dejemos de lado nuestras diferencias, opiniones, críticas y recelo y nos quedemos con el mensaje que a mí me gusta de todo esto:

Escribir 10000 palabras al día es posible. Pero no tenemos que escribir 10000 palabras al día.

Lo que podemos hacer es aprender de lo que Cole hace bien (una rutina efectiva, respeto por su propia concentración y descanso, entrega y disciplina para conseguir sus objetivos).

Ya están los bares llenos del tipo de autor desalentado que solo hablará de lo que Cole hace mal.

Como si a Cole eso le importase.

Y si estás en ese bar, quejándote, te recuerdo que no estás en casa, escribiendo.

 


*Si os interesa que mi próximo artículo sea sobre este tema, por favor decidlo en los comentarios. En caso de demanda, lo haré; si no, me centraré en alguno de los demás 1553 temas que tengo pendientes.

**Sé que existe una palabra en español para esto. Pero tendréis que perdonarme. Cada vez que escribo flujo me río como la niñata idiota que sigo siendo a veces.


¡ATENCIÓN!

He podido crear este artículo y publicarlo gracias a la amable generosidad y belleza espléndida de mis mecenas. Entre ellos, va un gracias especial a Jorge del Oro, Carlos S. BaosAna González Duque, May Quilez, Eduardo Norte y Carla Campos por sus contribuciones. Si tú también quieres ayudarme a seguir creando publicaciones como esta, por favor considera pinchar aquí y echarle un vistazo a mi Patreon. Puedes ser mecenas por menos de un euro, apoyar mi proyecto y además recibir recompensas divertidas 😉

O también puedes cotillear mis libros. Después de todo, los escribí para ti.


Créditos de imágenes:

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Piensa, planifica, escribe, edita. Repite hasta morir. (Y otros recortes literarios)

julio 31, 2015 — by Gabriella12

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En inglés hay una expresión que me encanta. No sé si hay una traducción directa a nuestro idioma.

Control freak.

Una friki del control. Alguien que necesita controlarlo todo, una micromanager.

Yo soy eso.

Ser una friki del control tiene su lado bueno y su lado malo. Es estresante. Es imposible hacerlo todo. No delegas. Es, también, señal de que no confías en nadie.

Os voy a confesar un terrible secreto: cuando delego, las cosas no se hacen como quiero que se hagan.

Horrible, ¿verdad?

Por eso me gusta tanto esto de autoeditarse. Vale, no tienes tu libro en todas las estanterías del país, por lo que probablemente vas a vender menos. Tienes que ocuparte de asuntos de los que normalmente se ocupa una editorial. Pero cada venta que ves sabes de dónde proviene, sabes a qué esfuerzos responde. Sabes qué está funcionando y qué no.

Eso es lo bueno. Lo malo, repito, es que te obsesionas. Te preocupas demasiado. Me gusta tener dos libros en movimiento: uno autoeditado y otro publicado por una editorial competente. De uno me despreocupo, más o menos. Hasta ahora mi experiencia con la editorial ha sido muy positiva (¿y cuántos autores pueden decir eso?). Con el otro me desespero: es virtualmente imposible hacer todo lo que se supone que tengo que hacer para conseguir más ventas.

Y se supone que estamos aquí para escribir. Esa era la idea.

Chuck Wendig nos lo explica muy mascadito:

Wendig y el ciclo del escritor

Con tanta promoción, interacción con lectores, blogging, networking y todas las palabras inglesas absurdas que se te ocurran, a veces se nos olvida respirar un poco y recordar para qué hemos venido a este valle de lágrimas, cocodrilos y dinosaurios que es la escritura.

Wendig lo resume bien:

chuck wendig

Piensa, planifica, escribe, edita, repite. Cada etapa lleva el tiempo que lleva. No hay reloj, no hay una pistola en tu cabeza*. Es cosa tuya decidir cuánto tiempo necesitas. Pero tómate ese tiempo. Róbale ese tiempo a otras actividades. Esfuérzate. Sé activo. Empuja, urge, gruñe, lucha, folla, escupe, consigue hacer las cosas. No te detengas. No languidezcas. No cedas a la inercia o al tedio. No caigas ante la duda o el miedo. No te pases demasiado tiempo analizando la industria. Sé un artífice, un creador, un narrador, un hacedor.

Demasiadas veces veo a escritores tirándose de los pelos porque las editoriales no responden a sus manuscritos, porque su libro no está vendiendo o porque se han atascado en una novela. No. No pares. Escribe, escribe, escribe. Para cuando esa editorial te conteste a ti ya debería darte igual porque tienes ocho manuscritos en manos de otras. Si nos quedamos en una esquina sentados y llorando a la espera de milagros, respuestas, superventas, nos estamos atascando en una parte imprescindible del proceso. Venderán los libros que menos te esperes, los relatos que escribas entre otros relatos serán los que ganen los premios. El cabrón de Murphy es así.

Varios lectores me han confesado que le roban tiempo a su trabajo para escribir. Casi parecen sentirse culpables por ello.

Todos tus compañeros están robándole tiempo a su trabajo. Para jugar al Candy Crush, para mirar Facebook, para cotillear sobre quién se está acostando con quién en la oficina, sobre quién ha matado más pterodáctilos en la salida semanal de caza. Por lo menos tu robo podría culminar en algo positivo para la humanidad (aunque eliminar pterodáctilos cuenta, creo).

Recuerda el mantra:

wendig2

Piensa.

Planifica.

Escribe.

Edita.

Repite.

Infinitas veces, hasta morir.

Todo esto encaja muy bien con la filosofía de Austin Kleon.

Kleon y cómo ser verbo en lugar de sustantivo

kleonNos cuesta mucho decir aquello de “soy escritor”. Para muchos, ni es una profesión ni es nada. Pero es taaanto más fácil decir que hacer. Decir “algún día escribiré una novela”. “Cuando termine este relato lo mandaré a un concurso”. “Mañana me pongo, seguro”.

Mejor, tal vez, simplemente callarnos y escribir.

austin kleon

Mucha gente quiere ser el sustantivo sin hacer el verbo. Quieren el título de su oficio sin hacer el trabajo.

“Olvídate de ser un Escritor —dice la novelista Ann Packer—. Haz caso al impulso de escribir”.

Libérate de aquello que intentas ser (el sustantivo) y concéntrate en el trabajo que necesitas hacer (el verbo).

Hacer el verbo te llevará a un lugar más lejano y mucho más interesante que si simplemente quieres el sustantivo.

Yo lo veo como un puente entre querer y hacer, entre potencia y acción. Ese puente puede ser intransitable, con aquello de la procrastinación, la falta de voluntad y las dudas. Pero se construye mediante la acción constante.

Decir que eres escritor tiene su importancia. Es una forma de gritarle al mundo que ahora tu prioridad es otra. Lo veo un paso decisivo. Pero más importante es hacer el trabajo, sufrir ese camino aburrido, rutinario y a veces desesperante de la entrega diaria, de la rutina amada, para alcanzar metas mucho más interesantes y lejanas, como dice Kleon.

¿Eres verbo? ¿O eres sustantivo?

Si nos concentramos en el ser por encima del hacer, a veces nos quedamos atrapados en nuestro propio ego, en nuestra propia luz. Y para eso os traigo a Aldous Huxley.

Huxley y cómo quitarte de tu propia luz

A Huxley me lo ha traído esta semana mi adorada Maria Popova, que parece que siempre sabe qué decirme, qué contarme en momentos de duda, pereza y desaliento.

aldous huxley

Tenemos que aprender, digamos, a quitarnos de en medio de nuestra propia luz, porque con nuestro ser personal (este ser que adoramos de manera idólatra) estamos siempre de pie en la luz de este ser más amplio (este no ser, si preferís), que se asocia con nosotros y al que impedimos pasar al permanecer de pie en la luz. Eclipsamos la iluminación que viene de dentro. Y en todas las actividades de la vida, desde las actividades físicas más simples hasta las actividades intelectuales y espirituales más elevadas, todo nuestro esfuerzo debería estar digirido a salirnos de nuestra propia luz.

Ya seas externalista o internalista** con esto de la conciencia y el ser, me gusta leer a Huxley desde la perspectiva de quien busca producir arte. Cualquiera que haya creado, cualquier escritor o artista, reconoce la importancia del subconsciente, de aquello que asoma bajo nuestro rígido control. Muchos hemos escrito textos derivados de nuestros sueños, de nuestras fantasías (¿acaso no es toda ficción una gran fantasía?). Todos hablamos de apagar al editor interno para escribir, no solo para poder avanzar sin que la duda nos paralice, sino porque queremos acceder a la musa, a aquello que se esconde dentro de nosotros, para poder comunicarnos que aquello que se esconde dentro de los demás. De poco nos sirve esa vocecilla repelente diciéndonos: “Gabriella, ya está bien de meter personajes LGTB en todos tus relatos, vas a aburrir a los lectores hetero” o “Gabriella, qué asco, no, no, esa cosa de sangre y tripas no la puedes poner” o “Gabriella, no, no puedes hablar de ESO. ¿Y si se dan cuenta? ¿Y si alguien se cosca de que ESO eres tú, es una parte de ti?”. Quien dice diciéndonos dice diciéndome. Qué pesadez de vocecilla, en serio. Qué ganas a veces de sacarla al patio de atrás y meterle un balazo entre ceja y… (“Gabriella, no, no puedes decir eso que van a pensar que eres una persona violenta, tú, que llorabas cuando se te moría de hambre el Tamagochi, tú que odias a las cucarachas pero no puedes matarlas porque te dan pena”).

Salgamos de nuestra propia luz. A la mierda la vocecilla, a la mierda el ego. Mente en blanco. Nada, no hay nada. Solo el tú que nadie más sabe que existe. Solo tú y la hoja en blanco.

El raciocinio dejémoslo para la planificación, la edición y los juegos a los que nos gusta jugar con nuestras tramas y personajes.

Hablando de personajes…

McGann y la técnica del parche

Hace poco di con este artículo de Kellie McGann sobre caracterización de personajes que me encantó. Siempre he dicho que me gustan los personajes que tienen algo que los defina, algo diferente. Aunque muchos de los gestos acabamos eliminándolos por concisión, en El fin de los sueños les asignamos ciertos rasgos y gestos a nuestros personajes. Anna, por ejemplo, siempre se está tocando las manos. Lleva un anillo y juega con él. El anillo es importante porque es de madera, un bien escaso en el mundo en el que vive: el anillo representa su estatus social y, a la vez, la diferencia entre ella y nuestro mundo, el que conocemos, un mundo donde un anillo de madera cuesta dos euros. Anna se coge de las manos, estira los dedos, le da vueltas al anillo. También podríamos haber usado ese anillo como parte de un misterio: ¿de dónde viene, quién se lo regaló? En el caso de Anna, sabemos que es algo heredado de su abuela (de nuevo, no recuerdo si eso lo dejamos en el libro o recortamos: madre mía la de cosas que recortamos para no convertir aquello en un tratado arquitectónico-deontológico-social de un mundo posapocalíptico), pero lo podríamos haber usado para realizar la técnica del parche. McGann nos lo explica así:

kellie mcgann

El misterio es vital en cualquier historia. Podemos empezar un libro que tenga una premisa o trama interesante, pero cuando la historia falla porque le falta misterio, lo más probable es que lo dejemos.

Darle a tu personaje un secreto o un rasgo misterioso hará que el lector siga pasando las páginas.

Un parche en el ojo no es solo algo que te haga mirar dos veces, es algo que hace que te preguntes por el trasfondo del personaje.

Trabajamos duro para intentar que esos pasados sean interesantes, pero las historias no importarán si los lectores no tienen curiosidad por ello desde el principio.

Cuando era una niña, tenía un tío que tenía un ojo de cristal. Cada vez que le preguntaba me contaba una historia diferente. A día de hoy todavía no conozco la historia real, pero sigo preguntando.

Es algo que me gusta del Joker dirigido por Nolan: siempre cuenta una historia diferente acerca de cómo obtuvo esa dantesca y espeluznante sonrisa. Es algo en lo que estoy trabajando ahora mismo con un personaje: cuenta varias historias diferentes acerca de un hecho misterioso que interesa al lector. Siempre me han gustado los narradores mentirosos (pena que ahora se hayan puesto tan de moda, ¡pierdo puntos de originalidad!). Pero no es necesario trabajar con un narrador poco fiable: solo con darle a tu personaje un detalle físico o psicológico que haga que el lector se pregunte, que quiera saber más, ya has conseguido mucho. Uno de mis ejemplos favoritos es el ojo de Ariadna en La canción secreta del mundo (ya, sí, nepotismo y enchufe, para eso tengo un blog): tiene un ojo completamente negro, nada de iris ni blanco ni nada: todo el globo ocular es oscuro. Ariadna intenta disimularlo de mil maneras, ni ella misma sabe por qué es así su ojo; el lector se muere de ganas de saber. Es una manera muy eficiente de crear intriga.

Por último, cierro con uno de mis temas favoritos. Creo que a vosotros también os gusta: productividad para escritores.

Con el maestro James Clear, cómo no.

Clear y el método Ivy Lee

Esto empieza con una anécdota. En 1918, el magnate Charles M. Schwab, presidente de una corporación bruta de productores de acero, tuvo una reunión con el respetado asesor de productividad (sí, eso existía en 1918) Ivy Lee, pionero sobre todo en el campo de las relaciones públicas. Dicen que Schwab le solicitó una manera de que su equipo “consiguiera hacer más cosas“. Lee le pidió quince minutos con cada uno de sus ejecutivos y le dijo que no le cobraría nada: que al cabo de tres meses Schwab podía pagarle lo que considerase justo.

No es una forma muy inteligente de hacer negocios, creo, y tal vez sea embellecimiento de la historia. Pero cuando tienes esta mirada sabes que nadie escapa de tus redes, nunca:

ive lee
Ivy Lee, acojonando a ejecutivos desde principios del siglo pasado.

A los tres meses, Schwab, bastante alucinado con los resultados, le pagó 20000 dólares de entonces, equivalentes a unos 365000 euros de ahora (según Clear, de mis matemáticas no os fiéis. Nunca).

Este fue el método que propuso Ivy Lee:

  1. Al final de cada día de trabajo, apunta las seis cosas más importantes que necesitas hacer al día siguiente. No escribas más de seis tareas.
  2. Ordena estas seis tareas por orden de importancia.
  3. Al llegar trabajo al día siguiente, concéntrate solo en la primera tarea. Termina la primera tarea antes de pasar a la segunda.
  4. Trata del mismo modo el resto de la lista. Al final del día, pon cualquier tarea no terminada en la lista de seis tareas para el día siguiente.
  5. Repite este proceso cada día laboral.

La eficiencia de este sistema se basa en su simplicidad, en su carácter limitador y en la importancia que le da a la monotarea y al enfoque. Al final, como veis, se trata de una cuestión de prioridades. Si quieres escribir, tendrás que convertirlo en una prioridad. Y te las vas a ver y desear para decidir qué eliminas de esa lista para que entre la escritura. Vas a tener que aprender a eliminar lo superficial, a decir que no, a dejar de preocuparte por lo que no te atañe.

Suena fácil, ¿verdad?

Todos sabemos que no lo es.

También insiste Ivy Lee en concentrarse en una sola tarea. Justo lo que no estoy haciendo yo, escribiéndoos y mirando Twitter y Facebook y el email y agobiándome por no saber a qué hora acabaré.

No hagáis como yo; haced lo que yo os digo. Una cosa a la vez. Solo las cosas importantes. Las que merecen la pena.

Pensar, planificar, escribir, editar.

Así, hasta la muerte.

 


*Aunque la hay, siempre la hay.

**No he encontrado buenos enlaces en español para explicar el tema del externalismo y el internalismo desde el punto de vista de la cognición. Si leéis en inglés, la Wikipedia tiene un resumen bastante más locuaz aquí.


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10 pasos productivos para hacer en un día el trabajo de una semana

enero 21, 2015 — by Gabriella11

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Todos queremos trabajar más en menos tiempo.

Bueno, todos no.

Si trabajas para una empresa desagradecida que se está alimentando de tu alma a pequeños y terribles mordiscos, probablemente quieras trabajar lo menos posible en las diez horas diarias, siete días a la semana, que esperan de ti tus superiores descerebrados.

En ese caso, este artículo no es para ti. Huye, vete. ¡Busca vídeos de gatitos!

Pero si eres, como yo, una persona con aspiraciones artísticas que intenta labrarse un camino en un mundo tan complejo como puede ser la literatura/pintura/música/tuneo de motos para perros, al mismo tiempo que intentas obtener algún ingreso para la vida “real” mediante un trabajo “real”, lo más seguro es que estés rezando a todos los dioses de Asgard para que te manden por Seur una máquina alargadora de penes* horas.

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Las 10 necesidades básicas del escritor

enero 19, 2015 — by Gabriella22

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A veces recibo mensajes de gente que empieza a escribir. Gente que a lo mejor ha ganado algún concurso de relatos local y se plantea, tal vez, tomarse esto un poco más en serio. O que disfruta mucho escribiendo y quiere saber si merece la pena profesionalizarse (si es que eso existe). Me piden recomendaciones de libros para mejorar, consejos sobre cómo empezar a publicar, cosas así. Así que decidí escribir un artículo que intentara responder a algunas de estas cuestiones, tal y como las veo en estos momentos.

(Puede que el año que viene haya cambiado de idea. Hablo desde mi experiencia presente, y como siempre espero que deis vuestro punto de vista en los comentarios).

Yo no sé demasiado, la verdad. No tengo Las Respuestas. Aunque siempre he escrito, solo llevo unos años tomándome esto de la escritura como algo primordial. Sí que he trabajado mucho tiempo en el sector editorial. Puedo deciros, dentro de lo que he aprendido, cuáles creo que son las diez necesidades básicas del escritor. Puedes comprarte todos los libros que quieras sobre cómo construir un argumento que enganche o cómo pasar tu documento .doc a .mobi, pero si te fallan estos diez principios es muy posible que tropieces por el camino.

No digo que no puedas prescindir de alguno de ellos (conozco a buenos escritores que no tienen un sitio propio para escribir, por ejemplo), pero yo diría que todo te será bastante más complicado.

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10 maneras de enfrentarse a proyectos imposibles

octubre 14, 2014 — by Gabriella6

descargaHoy iba a hacer mi actualización habitual de Beeminder, pero al final me he decidido a hablaros de otra cosa, aunque íntimamente relacionada. Y es que esta mañana me senté delante del ordenador a trabajar en mi novela, como todas las mañanas desde hace un par de años. Me cuesta ahora detenerme a cuidar de la forma, a preocuparme por las pequeñas cosas y los detalles de coherencia, cuando veo el final tan próximo.

El final del primer borrador, claro (si no contamos ese borrador inicial que deseché el año pasado, ups). Solo de pensar en lo que me queda por delante de corrección me dan ganas de abandonar la escritura. Y luego hay que buscar editorial, y ya sabéis lo fácil que está eso.

Luego está el miedo. Madre mía el miedo. Cuando conozco a escritores felices y orgullosos de su trabajo siempre los miro con sospecha, desconfianza y un poco de odio. Yo sufro del pánico a que nadie quiera publicarlo y se quede en el cajón el resto de mis días. ¡Tanto trabajo para nada! (Y sí, ya sé que en teoría sirve para algo, para aprender, pero ya me entendéis). O, mucho peor, ¿y si lo publican y es una mierda y a nadie le gusta y ya nadie confía en mí para publicarme nada nunca más? Es mi primera novela en solitario. Tiene sentido que sea deficiente, aún me queda muchísimo por aprender.

Por todo esto, he llegado a la conclusión de que mi novela es un proyecto imposible. Lo cual no quita que yo siga adelante. Quitemos lo de imposible y dejémoslo en suicida.

¿Cómo se enfrenta uno a un proyecto suicida? No tiene por qué ser una novela. Hay muchos tipos de proyectos imposibles. Pregunté a mis amigos de Facebook cuál era su proyecto infernal. Las respuestas fueron muchas y muy variadas. Algunas coincidían, claro. Tesis doctorales, sobre todo (mis contactos de Facebook son personas muy inteligentes). La UNED parece ser otro gran enemigo. Y novelas, cuántas novelas. Somos demasiados escritores. Más que lectores, sospecho.

Así que ahí va, para todos vosotros, mi lista de pequeños secretos que no son nada secretos. Pasos simples pero a la vez muy difíciles de seguir. Con este método he conseguido terminar dos novelas a cuatro manos y avanzar bastante con una propia; voy perfeccionando el proceso sobre la marcha, pero parece que funciona. No dejéis de compartir en comentarios vuestras opiniones, sugerencias y experiencias personales al respecto:

1. Hay que ir paso a paso: Esto parece de lógica, pero solemos pasarlo por alto. Cuando empezamos con un proyecto estamos motivados, con ganas, pero enseguida llega el aburrimiento. O puede que sea un proyecto que no nos apetece ni al comienzo;  pensamos y pensamos en la grandeza del proyecto, y es inevitable el agobio. Ya sea para escribir una novela o correr una maratón, el secreto está en estar pendiente solo en el trabajo de hoy, no en el de dentro de tres meses. Para ello solo hay que…

2. Empezar: Y con esto no me refiero a hacerlo todo, sino esa temida palabra: ponerse. Para ello es muy útil utilizar herramientas como el pomodoro (ya sabéis que soy devota). Si sabes que solo tienes que trabajar durante 25 minutos (eso sí, con concentración absoluta, nada de email ni redes sociales), todo cuesta bastante menos. Lo de ponerse exige disciplina, y hay dos cosas fundamentales que debemos saber sobre la disciplina: a) que es limitada, por lo que tenemos que buscar el mejor momento durante el día (preferiblemente por la mañana, que todavía tenemos un buen almacén de fuerza de voluntad) para hacer aquello que no nos apetece, y b) que es como un músculo. Cuanto más lo usamos menos nos cuesta (pero en cuanto dejamos de usarlo, se atrofia).

3. Fijar metas. Fundamental. Si nos fijamos pequeños objetivos, será mucho más sencillo tener una sensación de progreso, lo cual es indispensable para no perder la motivación. Pueden ser metas diminutas, como las correspondientes a cada pomodoro terminado, pero conviene además meter otras un poco más grandes (como el trabajo de una semana, o el capítulo de una novela). En este sentido es importante tener bien planificados los objetivos del proyecto. Lo realmente complicado de un proyecto largo es que no tenemos la satisfacción casi inmediata de terminar algo, ese premio mental que nos producen los proyectos pequeños. Así que tenemos que dividirlo en cachos pequeños para que el efecto sea el mismo.

4. Evitar distracciones. Otra que parece de cajón, pero que ignoramos a menudo. Hay aplicaciones para bloquear webs que no debemos visitar (agujeros de tiempo como Facebook, Tumblr, Pinterest y similares), o incluso podemos probar a desconectar internet. Parece inconcebible, pero no lo es. Aquí tenéis diez programitas que os ayudarán.

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Persona con perro

5. Modificar el entorno. No solo nos distrae internet, también nos distraen otras personas, el gato (o perro, que por lo visto es un animal que algunas personas tienen en sus casas), el ruido y mil cosas más. Hay artículos y libros interminables dentro de las ciencias del comportamiento sobre la modificación del entorno para alcanzar nuestros objetivos, pero el muy breve resumen es este: si dejas tus zapatillas al lado de la cama por la noche, por la mañana te dará menos pereza ponértelas y salir a correr; si la comida más alta en calorías está en la balda más alta, te dará más pereza cogerla cuando estás a dieta; si encerramos al gato en la cocina mientras estemos trabajando, no nos molestará. Bueno, la última es mentira, pero vais pillando el concepto.

6. Recompensas. Hay personas que funcionan mejor mediante recompensas, otras actúan de forma más efectiva si hay una amenaza o posible castigo. Prueba con las dos opciones. Cada vez que alcances una de las metas de tu proyecto, recompénsate con algo que te apetezca. Cómprate una falda, ve un capítulo de una serie de televisión, come chocolate, juega un rato al Candy Crush, fornica alegremente con la vecina. Lo que a ti te motive.

7. Castigos. Lo mismo, pero juega con tus propios miedos. Hay gente que esto lo lleva al extremo, y hay incluso quien come comida de gato si fracasa (tendréis que fiaros de mí, ya que no encuentro el enlace correspondiente). El bloguero financiero Maneesh Sethi contrató a una mujer para que le pegara cada vez que entraba en Facebook (true story). No tienes que ser tan exagerado, hay castigos pequeños que además pueden ser positivos a largo plazo, como tener que echar dinero en una hucha cada vez que falles, dinero que luego puedes donar a una ONG o utilizar para comprarle un regalo a alguien. La gracia está, claro, en que eso también sea un castigo, que esa ONG sea una que odies o de la que desconfíes, y que ese alguien sea tu peor enemigo. Beeminder funciona bien en este sentido; si fallas, tienes que pagar.

8. Comparte tus intenciones con los demás y tenlos al tanto de tu progreso. Esto es tremendamente útil. Prueba a decirle a todos tus contactos de Facebook y Twitter (no MIENTRAS trabajas;  volvamos al punto 4) que para tal día vas a tener hecho X, y pídeles que ese día te pregunten por ese X. Trabajarás como un loco solo para no quedar mal delante de todos tus conocidos. Cuanto más valor le des a la opinión de una persona sobre ti, mejor será esa persona para hablarle de tus metas. Y sí, esta es la razón por la que os doy a todos tanta tabarra en las redes sociales y en el blog. Os utilizo para vencer a la pereza, que en mí es grande y mandona.

9. Lee algo que te motive. Esto no es recomendable hacerlo siempre, o acaba por convertirse en una forma más de aplazar el trabajo de verdad, además de perder su impacto. Pero a mí me ha sacado de más de un atolladero. Para esos días de bajona, desidia y cansancio, nada como zamparme unos cuantos artículos sobre productividad para ponerme las pilas. Tengo en marcadores a unos cuantos blogs para esto, y recibo boletines semanales de otros tantos. No leo todo lo que me llega; lo pongo en Instapaper y lo guardo para días de necesidad. No todos son al 100% aprovechables, pero siempre hay buenas ideas.

10. Plantéate la importancia de tu proyecto. Sí, por supuesto que este tendría que haber sido el primer punto. Pero  permitidme un poco de maldad ocasional. Además, cuando empezamos un proyecto lo cogemos con unas ganas que nos impiden ver el esfuerzo que nos queda por delante. A veces hace falta estar a mitad de un proyecto, odiándolo con todas nuestras fuerzas, para preguntarnos si realmente es eso lo que queremos estar haciendo con nuestro tiempo.

Ayuda mucho si el trabajo relacionado con el proyecto se convierte en un hábito diario, ya que dicho trabajo acaba por automatizarse. Os recuerdo además que tengo un artículo muy largo con 69 trucos estupendos para mejorar la productividadY si todo lo demás falla, habladme de vuestro proyecto y me comprometo a mandaros un email diario preguntándoos con dulce insistencia por vuestro progreso. Y cuando digo dulce insistencia quiero decir pesadez con muchos emoticonos. Vais a acabar currando solo por no ver la bandeja de email llena de mierdecitas del Whatssap.

P.D.: Todo esto parte de la base de que tu proyecto es individual. Si es un trabajo en equipo, enhorabuena, acabas de desperdiciar diez minutos muy valiosos de tu tiempo leyendo este artículo.

P.P.D.: ¿Alguien sabe qué caracteres hay que utilizar para hacer el iconito de la mierdecilla del Whatssap? Gracias.